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domingo, 9 de marzo de 2014
"Comencemos por realizarnos nosotros mismos".
Pocas cosas hay más bellas que un atardecer, que un agua cristalina de una playa de cualquier parte, que unas dunas de arena como las de Tarifa, que un bosque espeso, que una delicada lluvia, o que cualquier construcción antigua que aún se sostiene. Sin embargo, si nos propusieran pedir un deseo, solo uno, pediríamos cualquier otra cosa excepto eso, ¿o me equivoco? Quizá no seamos capaces de ver la verdadera belleza, o quizá sí, y por ello no pedimos eso. Quizá necesitemos mirar otra vez lo ya visto para apreciarlo: no basta un leve vistazo, hay que penetrar en ello. Para entender una obra de arte no basta con saber cuál es: hay que detenerse, reflexionar. Sentir, y después de un exhaustivo análisis, extraer una conclusión siempre susceptible a mejorarse.
Cuando algunas personas se cuestionan el porqué de lo que estudio, de éste camino hacia ninguna parte en el que me hallo a veces, en el que cada respuesta conlleva una nueva pregunta, y a su vez otra, y otra, y cuya respuesta se posterga hacia un infinito que a veces frustra por no llegar, yo me pregunto: ¿y para qué poner límites al camino? El preguntar nos mantiene vivos, nos mantiene tras la eterna búsqueda, nos distrae de lo demás, es un placentero que-hacer éste de pretender racionalizar lo que se mide en suspiros, aun no siendo posible la mayor parte de las veces. Nada se ha construido o pensado sin pensar propiamente, pero cuán difícil es transmitir ésta idea a quienes no tienen pretensión de aprender al tiempo que explico, y, por el contrario, cuánta satisfacción encuentro allí donde alguien pregunta con la impaciencia propia de Fedro frente a Sócrates. Con cierta pretensión, con cierta predisposición, todo sería diferente.
Imagina caminar en vez de correr. Imagina entender que no hay que ir deprisa, sino lento, para que no se escape nada. ¿Eres capaz de pasear si no es hacia un lugar en concreto? Aprende a disfrutar de la fiesta en vez de preguntarte cuánto ha costado. A fin de cuentas, vamos a llegar todos al mismo lugar después cruzar una tras otra cientos de puertas que se cierran a la par que las cruzamos, impidiéndonos ver qué había en las demás, incapacitando y motivando nuestra incertidumbre. Aunque unos lo llamen cielo y otros no crean en ello: todo se acabará, y lo que nos quedará será lo aquí realizado. Es muy insatisfactorio quedarse con lo físico: con gente, con hechos y con alegría. Lo es también reducir nuestras decisiones a lo racional. Lo es para el que lo sabe y para el que se enfrenta a sí mismo. Vayamos un paso, dos, o tres más allá: quedémonos con personas, con recuerdos, con felicidad.
Por ello te propongo algo: comencemos por realizarnos nosotros mismos.
martes, 18 de febrero de 2014
"Filosofamos en mayor medida cuando nuestro mundo se hunde".
Parece ser cierto el hecho. Parece ser cierto que sólo nos lanzamos a filosofar cuando nuestro mundo se hunde, o al menos, así pasa la mayoría de las veces. Es más cómodo vivir en la ignorancia y ni tan siquiera preguntarse el por qué de lo que pasa a nuestro alrededor: por aquellas cosas que muy posiblemente jamás dejen de ser cuestiones incontestables.
Tendemos a preocuparnos por lo que hay tras la muerte cuando vemos ésta de cerca, en nuestra propia persona o en la de alguien cercano. Tendemos a apreciar nuestros sentidos cuando nos hacemos conscientes de que estamos perdiendo alguno de ellos. Queremos crecer, y nos sentimos tan pequeños que nos frustra; queremos decrecer una vez crecimos, pues el crecer gastó por completo las energías, y nos dejó doloridos en cualquier caso. Queremos lo que no tenemos, y lo que tenemos, por el simple hecho de tenerlo, casi lo hemos olvidado. Anhelamos despertar sólo si somos conscientes de que estamos dormidos. Pensamos en mayor medida cuando algo no encaja.
Dos piezas de un puzzle, aun encajando, no tienen por qué corresponder. Quien dice dos dice tres, cuatro, cinco. Situándonos en un puzzle de un paisaje natural, encontramos una pieza de cielo que bien puede unirse a la perfección con una de la montaña, no resultando demasiado desastrosa la anexión, sin levantar quizá sospechas. En cualquier caso errónea conjunción, pues sería clara la diferencia de color, aun no siéndolo la estructura que conforma la unión de las mismas, que encajan. ¿Y si la pieza de cielo que corresponde se halla perdida por alguna parte de la habitación en la que se encuentra el puzzle? Quizá ya no valga la pena remediar el hecho. Quizá la pieza perdida tuvo su momento: aspiró a encajar de manera exacta, pero al estar perdida, al no aparecer en escena cuando tocaba, no pudo tomar parte en el asunto que le correspondía. Aunque no queda tan bien como podría quedar, por azar, suerte, o quién sabe qué; queda conformado el todo de ésta manera: quedan unidas las piezas, zanjados los caminos, formando un paisaje, cuya contemplación posterior resulta del todo frustrante, inequívocamente hablando, pues no alcanza la perfección a la que potencialmente aspira. Somos conscientes de ello, y surge la cuestión reflexiva: ¿será que a cada uno nos corresponde un lugar concreto? Es ardua tarea la de buscarlo, y la de hacernos con él. Quizá un estudiante de ingeniería sea mejor filósofo que yo, como quizá yo sea mejor en otro ámbito, desconociendo dicho talento.
Quizá me iría mejor de tal forma, o de cual forma. Quizá sería más pleno al alcanzar dichos objetivos, o desistiendo los mismos. Pensando más o pensando menos, sobre ésto o aquello: arrojando las piezas del dichoso puzzle a la basura, pasando páginas, rompiendo otras, y escribiendo sobre otras cosas, dedicándoles a éstas mi tiempo. Tan ardua resulta la búsqueda del sentido, de lo que nos corresponde a cada uno exactamente y no aquello con lo que por suerte topamos, que, quizá la contemplación de las piezas equívocamente unidas no resulte demasiado molesta después de todo. Es una solución. Al menos para unos sentidos que sopesan una historia. Que no barajan opción alguna, pues no poco ha llovido desde entonces.
El puzzle queda así estructurado, enmarcado, y unos ojos soñadores lo observan con ansia de cambio. Con un ansia que va desvaneciéndose a la par que dichos ojos van cerrándose, cuando la luz de la habitación se apaga, y al tiempo que la puerta de la habitación vacía se cierra.
No es un yo aislado el que padece, el que disfruta, el que siente sea como sea el todo que sucumbe, el puzzle que observo, la dimensión que obtengo: es un yo acompañado de una multitud de sensaciones, y de una compañía. En ésta lotería de vida tenemos cuanto nos toca, carecemos de cuanto nos dejó de tocar; y aun sin ser libres en casi ningún aspecto, conformamos una personalidad que habituamos a nuestra forma de ser. Preguntarnos por lo que nos preguntamos, entender que nuestro mundo se hunde o permanece a flote; mundo del que estamos seguros, o del que estamos al borde; todo lo entendemos entendiendo nuestra circunstancia.
Porque, si supiera que estoy a salvo, no me cuestionaría ni la mitad de lo que ya me cuestiono.
Aprovecho ésta oportunidad y por ello les agradezco encarecidamente a mis compañeros de residencia el estar ahí, el apoyarme, el animarme a dar rienda suelta a mi propia filosofía a veces, y el mostrar un gran interés por la misma; cosa que, he de reconocer que me hace sentirme más a gusto. Gracias por esas noches (que no son pocas) en las que me pedís que siga contándoos sobre lo que sé, y en las que también acabo irremediablemente pidiendo disculpas por extenderme demasiado, recibiendo en consecuencia una riña por vuestra parte ante mis, a vuestro parecer, "innecesarias disculpas".
Agradezco la atención tan sincera que me prestáis, el cariño, y el ansia por seguir leyendo algunos de vosotros éstas líneas que no reparo en dedicaros siempre. No cabe duda de que, en cualquier caso, de una manera u otra, condicionáis y estructuráis mi circunstancia. Lo hacéis, y estoy satisfecho con ello.
Igualmente les agradezco a mi gente, a mi familia, el esfuerzo realizado, el interés que muestran, las ganas de leerme siempre pese a lo difícil de comprender que me muestro a veces, el apostar por mí y por mis estudios. Pues sin dicha apuesta, sin dicho esfuerzo, y sin dicho interés por vuestra parte, éste blog -al igual que yo- no sería lo mismo. Gracias.
martes, 4 de febrero de 2014
"Un cíclico vaivén, puro devenir".
Se acerca la noche, pero a nadie parece importarle, como si supieran que un nuevo día acontecerá ante dicha oscuridad. Azota el viento en las ventanas, el frío cala los huesos, tenemos que rebuscar de entre los armarios la ropa de invierno, y tampoco ésto despierta alarma alguna: somos, en cierta parte, conscientes de que ese estado tiene caducidad, y de que pronto tendrá lugar una época mejor: un cálido verano en éste caso.
Mientras unos caminan hacia la cúspide de la pirámide, del triángulo del que hablaba y describía Kandinsky, para comprender ciertos aspectos y otorgarles importancia, otros la bajan. De un salto, precipitándose, o deslizándose, pero caen hacia abajo. Con armonía, como una música que acaricia y con ello eriza nuestro vello. Ellos ya lo sabían al ascender: ya sabían que era cuestión de tiempo. De igual forma, confían en volver hacia arriba.
Llueve con fuerza, y nadie se lamenta por ello: todos parecen tener certeza de que después brillará el arco-iris, y de que, cuando así sea, de éste podrán sacar provecho, pues, ¿qué mejor forma de celebrar que dejó de llover que observando el mismo?.
Nadie parece alarmarse cuando el otro dice adiós, si esa despedida va precedida por una buena sensación: cuando ese otro que se marcha ha mostrado aprecio por ti con anterioridad. No irá demasiado lejos. Damos por hecho que volverá: su ausencia sólo es algo pasajero, momentáneo, transitorio. Parece que es ese el destino cíclico que, aunque nos conmueve, nada podemos hacer por él. Nos guste o no es así, puro devenir, y quien pretende hacerse con el presente se hace consciente en su intento de que éste apenas es perceptible.
Unos vienen, y otros van. Se aleja la desilusión, nos abraza la ilusión, y ésta vuelve a marcharse, sin dar explicación alguna. Dejando a algunos de manera más emotiva, y a otros más desconsolados. A la apatía la sucede la diversión, y a la tristeza la alegría, e igual pasa con la oportunidad, la decepción, las ganas, el deseo, el desencanto; y todo en un instante: un instante que se extiende con cierta melodía, que se posterga, que dura toda una vida.
Cada día es susceptible de ser diferente al anterior, abriéndose paso como una nueva oportunidad por descubrir, en la que aprender; por sorprendernos, por lograr sentir algo tan especial que nos haga olvidar todo lo anterior, todo aquello que nos atrapaba. O al menos, de no recordarlo de manera tan exacta.
Cierto es que éste rompecabezas de sensaciones, aun sintiendo que se repite de manera sucesiva y cíclica, no carece de significación. Tenemos una infinitud de posibilidades, inmensa variedad de posibles acordes, las cuales aun repitiéndose son impredecibles, y eso le da más sentido. No supone un vacío en ningún caso. Supone algo maravilloso, como ya dije en anteriores entradas. Supone una grandeza, que no siempre estamos dispuestos a observar cual niño su mayor y admirado juguete.
Una vez sopesamos las reglas, las condiciones, hemos de tomar parte en el asunto. Hacer lo que nos corresponde.
"Todo acorde, toda progresión musical es posible.
Pero presiento ya hoy que también aquí existen
determinadas condiciones
de las que depende si utilizo ésta o aquella disonancia".
- Arnold Schöberg.
lunes, 20 de enero de 2014
"El reflejo en el agua del lago".
Decía Tomás de Aquino aquello por lo que "nadie está a salvo de la locura". Hay gente dispuesta a aprender al tiempo que avanza, a la par que envejece. Hay gente que prefiere vivir para sí, a vivir por sí. Hay gente que además de gente, son personas. Hay personas que se realizan a su paso, u otras, que permanecen pasivas ante lo que acontece. Realizarse, aspirar a ser plenos, o rendirse ante la mera existencia y sucesión de hechos. ¿Hay orden en la variedad? De todo en todo, sin haber dos robles exactamente iguales, ni dos personas que constituyan lo mismo para una tercera.
A muchas personas ésto les da en qué pensar: hacen pensar de quien lo piensa que está loco, en este mundo de cuerdos y, en el que, ante una perspectiva argumentada y sustentada con argumentos, siendo no más que eso, ven imparcialidad y demagogia. Y así sucede. Como con miedo a elevarse, caminan muchos hacia no sé bien dónde, confundiendo el medio con el fin: aspirando a dinero como bien último, poniéndole un precio e invalidando la felicidad. Olvidando el sentido. Enterrando vivos sus deseos para así contenerse y seguir como hasta ahora, con la cabeza bien alta, en una dinámica que aunque no plena y felizmente positiva, proporciona seguridad. Seguridad ansiada por muchos, atesorada por los que temen el devenir.
No lo vemos todo cuando nos reflejamos en el agua de un lago. Nos engañaríamos si así lo creyéramos. Vemos nuestra apariencia, no nuestro yo. Vemos lo que nos representa de manera corpórea, pero no lo que sentimos. Vemos quién está a nuestra derecha, o a nuestra izquierda, pero en cualquier caso, no vemos quién está a nuestro lado. No puede verlo quien nos mira, ni quien nos ve. Muy posiblemente tampoco pueda verlo quien nos juzga. Quizá esté cerca de apreciarlo quien nos contempla con cautela, quien demuestra aprecio por ello, por mí. Muy posiblemente ese aspecto solo pertenezca al ámbito privado, al de la interioridad. Al del yo y mi sentir, que, aun siendo una sensación del todo consciente, con subsistencia propia, es tachada y arrojada al inconsciente, sin prestarle mayor atención al hecho. ¿Podemos engañar a nuestro sentir, a nosotros mismos? A viva voz grita la conciencia a veces, pero nadie la oye. Dicha voz merece ser oída, escuchada, interpretada. Pero no: la razón nos dicta otra dirección, y damos por hecho que la pasión se equivoca, que el sentido de la orientación lo tiene obsoleto. Como con miedo a ser en plenitud.
En ti está elegir la comodidad de lo hasta ahora conseguido, o el tender hacia lo mejor que está por ver. ¿Acaso es una locura pensarlo? ¿Es ésta la locura a la que se refería Tomás de Aquino?
La seguridad, el miedo a lo desconocido y a la incertidumbre, mutila la voluntad.
sábado, 11 de enero de 2014
"Hay cosas que uno sólo puede limitarse a señalar".
Mirar no es lo mismo que ver, ni que contemplar. Podemos ver algo sin mirarlo ni una sola vez, del mismo modo, podemos contemplar algo detenidamente y no llegar a ver nunca nada en ello. Sin embargo, cuando tenemos algo tan cerca y tan lejos al mismo tiempo, cuando no podemos dejar de buscar ese significado que nos hace seguir tras ello, cuando quizá comenzamos a ver algo pero de forma abstracta, lejana, indescifrable, que difícilmente podemos explicar a quien nos pregunta el porqué de nuestra cautela observadora que se reitera en el tiempo, es, en ese momento y no antes, cuando nos damos cuenta de que realmente aquello que intentamos comprender, además de entusiasmarnos, nos gusta.
Perderse no siempre resulta molesto. A veces nos perdemos, y no nos importa estarlo durante un tiempo indefinido, por largo o breve que éste sea. No nos preguntamos eso. Lo que rodea al objeto de atención en cuestión no nos interesa, pues, lo cierto es que éste bloquea lo demás. Esa parte nos detiene, impacta, y como el arco-iris tras la fuerte lluvia, o el amanecer de una larga noche, nos deja ensimismados. Reflexionando sobre cuán maravilloso es el paisaje observado. Disfrutando, nos damos cuenta de que no podemos racionalizarlo en absoluto, y es que, después de todo: es un sin-sentido pretender racionalizar aquello que se mide en suspiros.
Intentamos hacer acabar ésto que nos posterga, y nos hacemos conscientes de su infinitud. Cada vez es como la primera vez, y en cada instante descubrimos algo nuevo que nos fascina. A medida que lo descubrimos, descubrimos una parte de nosotros hasta el momento desconocida. Maravilloso, hermoso, espectacular. Tan pequeño pero tan inmenso a la vez. Asombroso. Una explosión de sensaciones vívidas que nos hacen cesar nuestra carrera vital para rendirnos por un instante ante ello, un instante que dura segundos, minutos, horas, pero que parecen largos años. Una eternidad resulta demasiado breve. Dicha reflexión no precisa meta alguna, por ello es que ésta tiene más valor: no perseguimos un fin en la contemplación, el objeto al que le dedicamos tal atención, que nos deleita, parece ser el fin en sí mismo.
Hablo de aquello que, de eliminarse, nos modificaría de algún modo, alterando el orden que hasta hoy hemos seguido. No sabemos cómo hemos llegado hasta aquí, "no sé cómo has llegado" nos decimos, pero no nos importa: queremos seguir en éste lugar, en ésta línea que dibujamos a nuestro paso, aun estando perdidos, aun desconociendo las consecuencias. Todo ésto, además de despertar nuestra atención y hacer que nos reconozcamos en él, nos hace conscientes de que lo inagotable está sumamente limitado por el tiempo. Y, si vivir es vencer el tiempo, más vale que procuremos agotar todas las posibilidades: la realidad y nuestra voluntad son infinitas, pero el tiempo es finito, efímero.
Hay cosas que uno sólo puede limitarse a señalar, a admirar, perdiéndonos en las múltiples descripciones que ello suscita, incapaces de decantarnos por sólo una, pero conscientes de que aquello de lo que hablamos nos encanta. Que no pase desapercibido: abre tus ojos.
lunes, 30 de diciembre de 2013
"Tan maravilloso como indescriptible".
Cada uno conoce dentro de su circunstancia, y eso le lleva a pensar en dicho terreno. A crear su propia idea mental sobre lo que acontece. Diferente será, por tanto, mi idea de tristeza de la de Eric Clapton, que lamentó la muerte de su hijo de tan sólo cuatro años. Diferente será, como vemos, mi idea de alegría de la tuya. De la de cualquier otro. ¿Cómo describirías la sensación que te transmite un paisaje? ¿Y un recuerdo en concreto? ¿Acaso puede ésto hacerse con el lenguaje?
Cuando vemos Titanic, tristeza, pena, lástima, horror, ... una serie de emociones recorren nuestra cabeza y pasan a tomar nuestros pies y nos los hielan metafóricamente cuando los protagonistas se ven, de forma literal, con el agua hasta el cuello. Es increíble cómo, pese a todo, pese a ver lo que vemos, a la penuria y al ambiente de estrés y agobio que se respira en La lista de Schindler, eso nos gusta de alguna forma. La tragedia tiene su encanto. No queremos un final triste, ... ¿o sí? Lo cierto es que no sabemos lo que queremos, y, lo más importante: lo que sentimos.
Muy difícilmente podremos expresar el porqué de todo cuanto pensamos realmente, pues seguirán habiendo cosas que ni nosotros mismos entendamos. Expresándonos, haciéndolo, precisamente notamos que lo estamos limitando, y que no es eso exactamente lo que queremos decir, solo que, de haberlas, no encontramos palabras más exactas. Dice Du Bos que no basta con que los versos sean bellos, pues éstos deben de poner en marcha el corazón. Dado el caso de que sintamos tal suscite, ¿hay forma alguna de describir esa sensación de forma tan precisa que haga al receptor partícipe de dicho deleite?
¿Razón o pasión? Muchos se plantean esta pregunta para encontrar un sentido a eso que sienten dentro de ellos mismos, para elegir mejor, para llevar a cabo un proyecto, etcétera. Sin ser conscientes -quizá- de que, de elegir la primera, la segunda, caprichosa y metomentodo, escurridiza, arrastrará a la primera hasta donde el pensar mismo prefiera, incapacitando su actividad. La pasión no puede describirse. Así, la mejor forma de vencer la tentación es dejándose caer en ella. De forma más suave, o más brusca. Y ésto, resulta asombroso. Tan maravilloso como indescriptible.
sábado, 21 de diciembre de 2013
"Cada momento es único. No hay instantes vacíos".
El hecho de que elijamos algo en algún momento nos limita, nos determina para el futuro. Quien eligió ser algo, ser alguien, una decisión más o menos importante; quizá más tarde algo le hizo saber que no debía de haberlo hecho, y ahora le hace arrepentirse, sin poder cambiar nada. Cosa que de nada le sirve, por supuesto. O no. Puede que abrace con fuerza el entredicho, afirmándose, dando por sentado que ojalá todas las decisiones fueran así de sencillas. ¿Hasta qué punto sabremos si nos hemos equivocado o no en nuestras elecciones? Eso nunca lo sabremos, y es quizá lo que le da a ésto algo de mágico. Lo que hace de cada día un día diferente: lo que hace que cada momento sea único, y que no exista ni tan siquiera un instante que esté vacío.
En un instante puedes hacer que cambie todo, y es cierto. Pasa como en una partida de ajedrez: mientras las vamos colocando sobre la mesa, nos hacemos uno con esas piezas. Algunas significan más, otras menos. No hay duda de que son una circunstancia: las sentimos nuestras. Más nos vale pensar bien la jugada que vamos a hacer antes de efectuarla, puesto que de no hacerlo bien, de fallar, perderemos parte de nuestro vital arsenal. Conforme jugamos, conocemos al adversario un poco más de cerca, cada vez mejor, y vemos por qué ámbitos se inclina: vemos de forma más clara cómo es. Vemos qué pierde, qué gana, cómo juega, o cómo jugamos nosotros contra él, y con él. Nos hacemos conscientes de la idea de que cada pieza es única. Se han hecho parte de nosotros a lo largo de la partida, y perder una supone un gran golpe: cuanto más tiempo pasamos con ellas, cuánto más le dedicamos, más aprecio les tenemos. Una suerte de circunstancia que merece la pena salvaguardar, dejando constancia de ella por escrito quizá, para que perdure, después de la "efímera" partida que puede postergarse durante horas, días, semanas, ... todo cuanto estemos dispuesto a jugar. Todo el tiempo que dure el pulso entre ambos.
Una suerte de instante ese en el que vencemos, o en contraposición, una desgracia de éste en el que perdemos. Sea como sea, al final, en el momento de relajarse y de hablar de otra cosa, cuando guardamos las fichas, miramos quizá con tristeza cómo algunas nos abandonaron demasiado pronto. O cómo otras lucharon hasta el final, pero igualmente, se esfumaron. Quedan algunas sobre la mesa, a las cuales tratamos con más delicadeza, y con una sonrisa.
Las posibilidades, al igual que las piezas, al igual que la vida misma, son únicas. Como cada momento. Nadie piensa algo de forma espontánea: todo viene anidado a su contexto, a las ideas que lo pueblan, a lo que vive en esa inmediatez de tiempo. Y no hay ni siquiera un movimiento que no implique cambio, ni tan siquiera un instante que carezca de sentido, vacío: bastaría uno para que determinaras la partida. Para perder o ganar. Bastaría también uno, sólo uno, un movimiento para dar un basto giro al todo. Claro que, quizá la pieza que necesitas para vencer la hayas perdido en otro momento, no pudiendo efectuar dicha acción, pesando tu historia. Quizá el río siga fluyendo con independencia a lo que piensas, a lo que pensamos. A lo que piensan. Quizá la partida acabara hace demasiado tiempo, y quizá esos dos adversarios aún sigan mirándose.
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