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miércoles, 26 de marzo de 2014

"¿A quién le importa que llegue tarde la chica?"

Constantemente tenemos la necesidad de etiquetar todo cuanto hacemos o vemos. Ésto es bonito, aquello es grandioso; ésto es feo, aquello me encanta. Eso ya no me gusta, y lo otro resulta conmovedor. Hoy tienes novio, y mañana será tu esposo. Ayer querías ser feliz, y hoy estar contento. Muchas de éstas palabras no se corresponden con las sensaciones que éstas expresan, y los filósofos constantemente discurrimos y filosofamos sobre el tema. Así, también filosofamos sobre la voluntad, sobre el pensamiento, sobre el bien y el mal, sobre la belleza, sobre la naturaleza, sobre el tiempo; y sobre tantas otras cosas que, a su debido tiempo, obtienen su debida respuesta; siempre susceptible a ser mejorada.
La mente actúa lo mismo como cárcel de ideas, que como fábrica de sueños; y es verdad. Aquel pájaro que nace enjaulado piensa que la locura yace en el poder volar: es una enfermedad que se expande con facilidad. ¿Es verdad el mundo aparte que se crea Kafka? ¿Era necesario aquello de "Platón es mi amigo, pero la verdad es más mi amiga" de Aristóteles frente a Platón, anteponiendo la teoría filosófica a la amistad entre ambos? ¿Es cierto que los grandes pesares son más frecuentes que los grandes placeres, como aseguraba David Hume?
Lo cierto es que todo lo dicho tiene su parte de verdad, pues parece ser que el negar a algo su verdad hace que pierda el sentido, así como también hay verdades que no merecen el exhaustivo análisis de un filósofo.

El protagonista de El Guardián entre el Centeno se sentía arrastrado hacia la búsqueda de una verdad que, por más que perseguía, se le escapaba. Buscaba una esencia, un porqué al que agarrarse, su verdad, y éste mismo se postergaba constantemente: se sentía vacío, no encontraba su lugar, y, esta sensación le hacía andar de acá para allá tomando taxis, buscando su sitio, con la particular inmadurez que le caracterizaba. Es triste darse cuenta de que estás fuera de juego, de que careces de algo y que nadie te alertó de ello: eres tú tu propio árbitro. Lo es triste para Holden, como para cualquiera que en algún momento se ve fuera de sí, desubicado. ¿Qué horizonte hay que seguir ahora? De haber varios en número han pasado a ser ninguno, o éstos se han multiplicado de manera exponencial hasta confundirte. Debes tú dar el paso y enfrentarte a tu sombra, que no deja de perseguirte, acosándote con el mismo rollo de siempre: "hay algo que no encaja", "esa pieza no va ahí", "el de ayer no eras tú, y lo sabes", manifestado en voz de quienes te conocen o en tu propio subconsciente por medio de sueños o sensaciones. Todo ello con un riesgo añadido, como es el de que quien persigue infatigablemente la verdad corre el riesgo de hacerse con ella, descubriendo en ella incalculables placeres, o profundos pesares.
Claro que, es éste el juego: siempre tenemos que andar a la carrera, tras algo, como aquel perro que persigue un coche. Cuando el coche se detiene, el perro lo hace también. Lo persigue sin ninguna razón, pero, al mismo tiempo, tiene todo el sentido. Alberga toda la razón en sí, sin que podamos decir a ciencia cierta el porqué. Algo así nos pasa a nosotros, y pasa que, al intentar comprenderlo de cerca, nos decepciona. Si el capullo de la flor sigue cerrado, más vale abstenerse a abrirlo y esperar.


Aunque no es lo aconsejable, siempre cabe la posibilidad de que una vez atrapada la verdad con ambas manos cual pájaro, y siempre tras haberla contemplado un instante para cerciorarnos de que era aquello que creíamos desde un principio, podemos dejarla volar lejos, con el único fin de que deje de acecharnos. ¿Qué más da que algo sea o no cierto? ¿Qué más da su valor de verdad? Si no nos influye de manera positiva, podemos dejarlo ir. A fin de cuentas, para realizarnos no nos interesa.



"Le dije que no, aunque la verdad es que se había retrasado diez minutos. Pero no me importaba (...). Si la chica era guapa, ¿a quién le importa que llegue tarde? Cuando aparece se le olvida a uno en seguida."

                                                                   
                                                                            -Holden Cautfield (El Guardián entre el Centeno).




domingo, 16 de marzo de 2014

"El incesante choque".



Vivimos de una peculiar forma: tenemos, por un lado, placeres del corazón, que nos mantienen vivos, son auténticos, nos impulsan, nos realizan y nos hacen estar un poco más cerca de ese horizonte que perseguimos, llueva o nieve. Por otro lado, se encuentran los placeres del cuerpo, que son totalmente diferentes, a los que Platón dedicaba sus más despreciables palabras, y, asimismo, a los que Nietzsche por su parte dedicaba toda su admiración y valía.
El griego tachaba los placeres del cuerpo de efímeros, de algo que no tiene valor alguno, que nos causa hasta cierto punto una desgracia. Son algo del mundo sensible, y no provenientes de la perfección e infinitud propias del mundo de las Ideas. No nos realizan en profundidad: no sentimos con ellos el mariposeo del estómago ni nos acercan a la existencia auténtica a la que aspiramos. Son mortales, no nos conducen, por ello, hacia la purificación de nuestro alma tripartita. Por el otro bando, en su completa antípoda, Nietzsche recalcaba la importancia de éstos, su valor, y la consecuente decadencia en la que se encuentran éstos, al otorgar el valor a la moral judeo-cristiana, la cual se encarga de alejarnos progresivamente de todo lo relacionado con éste placer. Lo catalogan como prohibido, cuando, en realidad, a ojos del filósofo de gran bigote, son éstos los que nos conducirán a la felicidad. Y surge inevitablemente la duda: ¿quién lleva razón?

El espectador se siente arrastrado en este espectáculo en el que, a pesar de lo que haga no saldrá vivo, ni podrá cambiar mucho más de lo ya cambiado hasta ahora: morirá preso de la ficción, llegando a confundirse en ciertos momentos en los que ambos ámbitos se solapen y parezcan igualarse en su sentir. Observa con cierta distancia y cautela el escenario, entrando a formar parte al mismo tímidamente siempre que se le invita. Se siente exponente de aquellas pasiones que, lo mismo que animan, amenazan la vida, su vida. Vida en la que cuando encontramos cierta estabilidad sentimos cómo una de las partes se desboca, y nos alerta. No hay nunca nada garantizado, y quizá sea eso por lo que todo es maravilloso. Maravilloso, pero peligroso, claro.
Nuestra mente reflexiona al albor de lo que sucede, nos hace pensar en nada y en todo, en un instante, y en conclusión -con esa mirada impenetrable y fija que clavamos en algún lugar de alguna habitación, mirada de la cual muchos se hacen conscientes- nos damos cuenta de que hay algo que no encaja, naciendo con ésto el filosofar propio del sabio que permanece inquieto, frente a la actitud del idiota que vive relajado.
Podemos cerrar los ojos para no ver, pero no podemos anular nuestro corazón para que deje de latir, de sentir lo que siente, de la manera en que lo hace. ¿O sí? De ninguna forma los placeres del cuerpo pueden igualarse a los del corazón, y, por tanto, éstos no pueden ocupar, ni -por supuesto- rebasar los mismos. Son diferentes ámbitos, claro que, una vez sumergidos en ambos mares de aguas tormentosas surge la duda, si es que cabe siquiera plantearla: ¿cuál es el más peligroso? Me da la impresión de que en uno de ellos es más fácil ahogarse.



Y es curioso, pues de ninguna manera podemos dejar de vivir ese constante choque que se produce entre Platón y Nietzsche. Entre lo que pensamos, y lo que decimos. Entre lo que sentimos, y lo que en consecuencia hacemos: entre lo que queremos, y lo que finalmente tenemos.






domingo, 9 de marzo de 2014

"Comencemos por realizarnos nosotros mismos".


Pocas cosas hay más bellas que un atardecer, que un agua cristalina de una playa de cualquier parte, que unas dunas de arena como las de Tarifa, que un bosque espeso, que una delicada lluvia, o que cualquier construcción antigua que aún se sostiene. Sin embargo, si nos propusieran pedir un deseo, solo uno, pediríamos cualquier otra cosa excepto eso, ¿o me equivoco? Quizá no seamos capaces de ver la verdadera belleza, o quizá sí, y por ello no pedimos eso. Quizá necesitemos mirar otra vez lo ya visto para apreciarlo: no basta un leve vistazo, hay que penetrar en ello. Para entender una obra de arte no basta con saber cuál es: hay que detenerse, reflexionar. Sentir, y después de un exhaustivo análisis, extraer una conclusión siempre susceptible a mejorarse.

Cuando algunas personas se cuestionan el porqué de lo que estudio, de éste camino hacia ninguna parte en el que me hallo a veces, en el que cada respuesta conlleva una nueva pregunta, y a su vez otra, y otra, y cuya respuesta se posterga hacia un infinito que a veces frustra por no llegar, yo me pregunto: ¿y para qué poner límites al camino? El preguntar nos mantiene vivos, nos mantiene tras la eterna búsqueda, nos distrae de lo demás, es un placentero que-hacer éste de pretender racionalizar lo que se mide en suspiros, aun no siendo posible la mayor parte de las veces. Nada se ha construido o pensado sin pensar propiamente, pero cuán difícil es transmitir ésta idea a quienes no tienen pretensión de aprender al tiempo que explico, y, por el contrario, cuánta satisfacción encuentro allí donde alguien pregunta con la impaciencia propia de Fedro frente a Sócrates. Con cierta pretensión, con cierta predisposición, todo sería diferente.

Imagina caminar en vez de correr. Imagina entender que no hay que ir deprisa, sino lento, para que no se escape nada. ¿Eres capaz de pasear si no es hacia un lugar en concreto? Aprende a disfrutar de la fiesta en vez de preguntarte cuánto ha costado. A fin de cuentas, vamos a llegar todos al mismo lugar después cruzar una tras otra cientos de puertas que se cierran a la par que las cruzamos, impidiéndonos ver qué había en las demás, incapacitando y motivando nuestra incertidumbre. Aunque unos lo llamen cielo y otros no crean en ello: todo se acabará, y lo que nos quedará será lo aquí realizado. Es muy insatisfactorio quedarse con lo físico: con gente, con hechos y con alegría. Lo es también reducir nuestras decisiones a lo racional. Lo es para el que lo sabe y para el que se enfrenta a sí mismo. Vayamos un paso, dos, o tres más allá: quedémonos con personas, con recuerdos, con felicidad.

Por ello te propongo algo: comencemos por realizarnos nosotros mismos.







martes, 18 de febrero de 2014

"Filosofamos en mayor medida cuando nuestro mundo se hunde".


Parece ser cierto el hecho. Parece ser cierto que sólo nos lanzamos a filosofar cuando nuestro mundo se hunde, o al menos, así pasa la mayoría de las veces. Es más cómodo vivir en la ignorancia y ni tan siquiera preguntarse el por qué de lo que pasa a nuestro alrededor: por aquellas cosas que muy posiblemente jamás dejen de ser cuestiones incontestables.
Tendemos a preocuparnos por lo que hay tras la muerte cuando vemos ésta de cerca, en nuestra propia persona o en la de alguien cercano. Tendemos a apreciar nuestros sentidos cuando nos hacemos conscientes de que estamos perdiendo alguno de ellos. Queremos crecer, y nos sentimos tan pequeños que nos frustra; queremos decrecer una vez crecimos, pues el crecer gastó por completo las energías, y nos dejó doloridos en cualquier caso. Queremos lo que no tenemos, y lo que tenemos, por el simple hecho de tenerlo, casi lo hemos olvidado. Anhelamos despertar sólo si somos conscientes de que estamos dormidos. Pensamos en mayor medida cuando algo no encaja.

Dos piezas de un puzzle, aun encajando, no tienen por qué corresponder. Quien dice dos dice tres, cuatro, cinco. Situándonos en un puzzle de un paisaje natural, encontramos una pieza de cielo que bien puede unirse a la perfección con una de la montaña, no resultando demasiado desastrosa la anexión, sin levantar quizá sospechas. En cualquier caso errónea conjunción, pues sería clara la diferencia de color, aun no siéndolo la estructura que conforma la unión de las mismas, que encajan. ¿Y si la pieza de cielo que corresponde se halla perdida por alguna parte de la habitación en la que se encuentra el puzzle? Quizá ya no valga la pena remediar el hecho. Quizá la pieza perdida tuvo su momento: aspiró a encajar de manera exacta, pero al estar perdida, al no aparecer en escena cuando tocaba, no pudo tomar parte en el asunto que le correspondía. Aunque no queda tan bien como podría quedar, por azar, suerte, o quién sabe qué; queda conformado el todo de ésta manera: quedan unidas las piezas, zanjados los caminos, formando un paisaje, cuya contemplación posterior resulta del todo frustrante, inequívocamente hablando, pues no alcanza la perfección a la que potencialmente aspira. Somos conscientes de ello, y surge la cuestión reflexiva: ¿será que a cada uno nos corresponde un lugar concreto? Es ardua tarea la de buscarlo, y la de hacernos con él. Quizá un estudiante de ingeniería sea mejor filósofo que yo, como quizá yo sea mejor en otro ámbito, desconociendo dicho talento.
Quizá me iría mejor de tal forma, o de cual forma. Quizá sería más pleno al alcanzar dichos objetivos, o desistiendo los mismos. Pensando más o pensando menos, sobre ésto o aquello: arrojando las piezas del dichoso puzzle a la basura, pasando páginas, rompiendo otras, y escribiendo sobre otras cosas, dedicándoles a éstas mi tiempo. Tan ardua resulta la búsqueda del sentido, de lo que nos corresponde a cada uno exactamente y no aquello con lo que por suerte topamos, que, quizá la contemplación de las piezas equívocamente unidas no resulte demasiado molesta después de todo. Es una solución. Al menos para unos sentidos que sopesan una historia. Que no barajan opción alguna, pues no poco ha llovido desde entonces.
El puzzle queda así estructurado, enmarcado, y unos ojos soñadores lo observan con ansia de cambio. Con un ansia que va desvaneciéndose a la par que dichos ojos van cerrándose, cuando la luz de la habitación se apaga, y al tiempo que la puerta de la habitación vacía se cierra.


No es un yo aislado el que padece, el que disfruta, el que siente sea como sea el todo que sucumbe, el puzzle que observo, la dimensión que obtengo: es un yo acompañado de una multitud de sensaciones, y de una compañía. En ésta lotería de vida tenemos cuanto nos toca, carecemos de cuanto nos dejó de tocar; y aun sin ser libres en casi ningún aspecto, conformamos una personalidad que habituamos a nuestra forma de ser. Preguntarnos por lo que nos preguntamos, entender que nuestro mundo se hunde o permanece a flote; mundo del que estamos seguros, o del que estamos al borde; todo lo entendemos entendiendo nuestra circunstancia.
Porque, si supiera que estoy a salvo, no me cuestionaría ni la mitad de lo que ya me cuestiono.





Aprovecho ésta oportunidad y por ello les agradezco encarecidamente a mis compañeros de residencia el estar ahí, el apoyarme, el animarme a dar rienda suelta a mi propia filosofía a veces, y el mostrar un gran interés por la misma; cosa que, he de reconocer que me hace sentirme más a gusto. Gracias por esas noches (que no son pocas) en las que me pedís que siga contándoos sobre lo que sé, y en las que también acabo irremediablemente pidiendo disculpas por extenderme demasiado, recibiendo en consecuencia una riña por vuestra parte ante mis, a vuestro parecer, "innecesarias disculpas".
Agradezco la atención tan sincera que me prestáis, el cariño, y el ansia por seguir leyendo algunos de vosotros éstas líneas que no reparo en dedicaros siempre. No cabe duda de que, en cualquier caso, de una manera u otra, condicionáis y estructuráis mi circunstancia. Lo hacéis, y estoy satisfecho con ello.


Igualmente les agradezco a mi gente, a mi familia, el esfuerzo realizado, el interés que muestran, las ganas de leerme siempre pese a lo difícil de comprender que me muestro a veces, el apostar por mí y por mis estudios. Pues sin dicha apuesta, sin dicho esfuerzo, y sin dicho interés por vuestra parte, éste blog -al igual que yo- no sería lo mismo. Gracias.
 






martes, 4 de febrero de 2014

"Un cíclico vaivén, puro devenir".


Se acerca la noche, pero a nadie parece importarle, como si supieran que un nuevo día acontecerá ante dicha oscuridad. Azota el viento en las ventanas, el frío cala los huesos, tenemos que rebuscar de entre los armarios la ropa de invierno, y tampoco ésto despierta alarma alguna: somos, en cierta parte, conscientes de que ese estado tiene caducidad, y de que pronto tendrá lugar una época mejor: un cálido verano en éste caso.
Mientras unos caminan hacia la cúspide de la pirámide, del triángulo del que hablaba y describía Kandinsky, para comprender ciertos aspectos y otorgarles importancia, otros la bajan. De un salto, precipitándose, o deslizándose, pero caen hacia abajo. Con armonía, como una música que acaricia y con ello eriza nuestro vello. Ellos ya lo sabían al ascender: ya sabían que era cuestión de tiempo. De igual forma, confían en volver hacia arriba.

Llueve con fuerza, y nadie se lamenta por ello: todos parecen tener certeza de que después brillará el arco-iris, y de que, cuando así sea, de éste podrán sacar provecho, pues, ¿qué mejor forma de celebrar que dejó de llover que observando el mismo?.
Nadie parece alarmarse cuando el otro dice adiós, si esa despedida va precedida por una buena sensación: cuando ese otro que se marcha ha mostrado aprecio por ti con anterioridad. No irá demasiado lejos. Damos por hecho que volverá: su ausencia sólo es algo pasajero, momentáneo, transitorio. Parece que es ese el destino cíclico que, aunque nos conmueve, nada podemos hacer por él. Nos guste o no es así, puro devenir, y quien pretende hacerse con el presente se hace consciente en su intento de que éste apenas es perceptible.

Unos vienen, y otros van. Se aleja la desilusión, nos abraza la ilusión, y ésta vuelve a marcharse, sin dar explicación alguna. Dejando a algunos de manera más emotiva, y a otros más desconsolados. A la apatía la sucede la diversión, y a la tristeza la alegría, e igual pasa con la oportunidad, la decepción, las ganas, el deseo, el desencanto; y todo en un instante: un instante que se extiende con cierta melodía, que se posterga, que dura toda una vida.
Cada día es susceptible de ser diferente al anterior, abriéndose paso como una nueva oportunidad por descubrir, en la que aprender; por sorprendernos, por lograr sentir algo tan especial que nos haga olvidar todo lo anterior, todo aquello que nos atrapaba. O al menos, de no recordarlo de manera tan exacta.

Cierto es que éste rompecabezas de sensaciones, aun sintiendo que se repite de manera sucesiva y cíclica, no carece de significación. Tenemos una infinitud de posibilidades, inmensa variedad de posibles acordes, las cuales aun repitiéndose son impredecibles, y eso le da más sentido. No supone un vacío en ningún caso. Supone algo maravilloso, como ya dije en anteriores entradas. Supone una grandeza, que no siempre estamos dispuestos a observar cual niño su mayor y admirado juguete.

Una vez sopesamos las reglas, las condiciones, hemos de tomar parte en el asunto. Hacer lo que nos corresponde.





"Todo acorde, toda progresión musical es posible.

Pero presiento ya hoy que también aquí existen 
determinadas condiciones 
de las que depende si utilizo ésta o aquella disonancia".

- Arnold Schöberg.







lunes, 20 de enero de 2014

"El reflejo en el agua del lago".


Decía Tomás de Aquino aquello por lo que "nadie está a salvo de la locura". Hay gente dispuesta a aprender al tiempo que avanza, a la par que envejece. Hay gente que prefiere vivir para sí, a vivir por sí. Hay gente que además de gente, son personas. Hay personas que se realizan a su paso, u otras, que permanecen pasivas ante lo que acontece. Realizarse, aspirar a ser plenos, o rendirse ante la mera existencia y sucesión de hechos. ¿Hay orden en la variedad? De todo en todo, sin haber dos robles exactamente iguales, ni dos personas que constituyan lo mismo para una tercera.

A muchas personas ésto les da en qué pensar: hacen pensar de quien lo piensa que está loco, en este mundo de cuerdos y, en el que, ante una perspectiva argumentada y sustentada con argumentos, siendo no más que eso, ven imparcialidad y demagogia. Y así sucede. Como con miedo a elevarse, caminan muchos hacia no sé bien dónde, confundiendo el medio con el fin: aspirando a dinero como bien último, poniéndole un precio e invalidando la felicidad. Olvidando el sentido. Enterrando vivos sus deseos para así contenerse y seguir como hasta ahora, con la cabeza bien alta, en una dinámica que aunque no plena y felizmente positiva, proporciona seguridad. Seguridad ansiada por muchos, atesorada por los que temen el devenir.

No lo vemos todo cuando nos reflejamos en el agua de un lago. Nos engañaríamos si así lo creyéramos. Vemos nuestra apariencia, no nuestro yo. Vemos lo que nos representa de manera corpórea, pero no lo que sentimos. Vemos quién está a nuestra derecha, o a nuestra izquierda, pero en cualquier caso, no vemos quién está a nuestro lado. No puede verlo quien nos mira, ni quien nos ve. Muy posiblemente tampoco pueda verlo quien nos juzga. Quizá esté cerca de apreciarlo quien nos contempla con cautela, quien demuestra aprecio por ello, por mí. Muy posiblemente ese aspecto solo pertenezca al ámbito privado, al de la interioridad. Al del yo y mi sentir, que, aun siendo una sensación del todo consciente, con subsistencia propia, es tachada y arrojada al inconsciente, sin prestarle mayor atención al hecho. ¿Podemos engañar a nuestro sentir, a nosotros mismos? A viva voz grita la conciencia a veces, pero nadie la oye. Dicha voz merece ser oída, escuchada, interpretada. Pero no: la razón nos dicta otra dirección, y damos por hecho que la pasión se equivoca, que el sentido de la orientación lo tiene obsoleto. Como con miedo a ser en plenitud.


 En ti está elegir la comodidad de lo hasta ahora conseguido, o el tender hacia lo mejor que está por ver. ¿Acaso es una locura pensarlo? ¿Es ésta la locura a la que se refería Tomás de Aquino? 

La seguridad, el miedo a lo desconocido y a la incertidumbre, mutila la voluntad.





sábado, 11 de enero de 2014

"Hay cosas que uno sólo puede limitarse a señalar".


Mirar no es lo mismo que ver, ni que contemplar. Podemos ver algo sin mirarlo ni una sola vez, del mismo modo, podemos contemplar algo detenidamente y no llegar a ver nunca nada en ello. Sin embargo, cuando tenemos algo tan cerca y tan lejos al mismo tiempo, cuando no podemos dejar de buscar ese significado que nos hace seguir tras ello, cuando quizá comenzamos a ver algo pero de forma abstracta, lejana, indescifrable, que difícilmente podemos explicar a quien nos pregunta el porqué de nuestra cautela observadora que se reitera en el tiempo, es, en ese momento y no antes, cuando nos damos cuenta de que realmente aquello que intentamos comprender, además de entusiasmarnos, nos gusta.

Perderse no siempre resulta molesto. A veces nos perdemos, y no nos importa estarlo durante un tiempo indefinido, por largo o breve que éste sea. No nos preguntamos eso. Lo que rodea al objeto de atención en cuestión no nos interesa, pues, lo cierto es que éste bloquea lo demás. Esa parte nos detiene, impacta, y como el arco-iris tras la fuerte lluvia, o el amanecer de una larga noche, nos deja ensimismados. Reflexionando sobre cuán maravilloso es el paisaje observado. Disfrutando, nos damos cuenta de que no podemos racionalizarlo en absoluto, y es que, después de todo: es un sin-sentido pretender racionalizar aquello que se mide en suspiros. 


Intentamos hacer acabar ésto que nos posterga, y nos hacemos conscientes de su infinitud. Cada vez es como la primera vez, y en cada instante descubrimos algo nuevo que nos fascina. A medida que lo descubrimos, descubrimos una parte de nosotros hasta el momento desconocida. Maravilloso, hermoso, espectacular. Tan pequeño pero tan inmenso a la vez. Asombroso. Una explosión de sensaciones vívidas que nos hacen cesar nuestra carrera vital para rendirnos por un instante ante ello, un instante que dura segundos, minutos, horas, pero que parecen largos años. Una eternidad resulta demasiado breve. Dicha reflexión no precisa meta alguna, por ello es que ésta tiene más valor: no perseguimos un fin en la contemplación, el objeto al que le dedicamos tal atención, que nos deleita, parece ser el fin en sí mismo.

Hablo de aquello que, de eliminarse, nos modificaría de algún modo, alterando el orden que hasta hoy hemos seguido. No sabemos cómo hemos llegado hasta aquí, "no sé cómo has llegado" nos decimos, pero no nos importa: queremos seguir en éste lugar, en ésta línea que dibujamos a nuestro paso, aun estando perdidos, aun desconociendo las consecuencias. Todo ésto, además de despertar nuestra atención y hacer que nos reconozcamos en él, nos hace conscientes de que lo inagotable está sumamente limitado por el tiempo. Y, si vivir es vencer el tiempo, más vale que procuremos agotar todas las posibilidades: la realidad y nuestra voluntad son infinitas, pero el tiempo es finito, efímero.


Hay cosas que uno sólo puede limitarse a señalar, a admirar, perdiéndonos en las múltiples descripciones que ello suscita, incapaces de decantarnos por sólo una, pero conscientes de que aquello de lo que hablamos nos encanta. Que no pase desapercibido: abre tus ojos.