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lunes, 14 de septiembre de 2015

Discurso adecuado y bello, convencer y retirarse.


Discurso adecuado y bello, convencer y retirarse. Una fórmula muy extendida hoy día y de la cual ya se escribía hace ya demasiado. Pero, ¿a quién le interesa eso? Seamos realistas. La filosofía no es lo único desestimado hoy día. No es difícil dar cuenta de esto mismo: hace más eco los despilfarros en el mundo del deporte que una noticia tan sublime como que un joven español es el mejor orador del mundo… y con solo veinte años. La oratoria, el leer por puro gusto, aprender un poco (si acaso cabe hacerlo) de qué va eso que llaman “arte”, invertir en estudios universitarios de los cuales no se espera un beneficio económico directo, estudiar para aprender, hablar de algo que no sea estrictamente tangible o acerca de un tema que no salga por televisión. Son solo algunos ejemplos. Son solo algunos de los muchos ejemplos que podríamos citar a modo de introducción.

Y contestamos lo de siempre cuando nos preguntan cómo va: “aquí estamos”. En efecto, aquí estamos: en un lugar en el que la mayoría piensa que lo mejor que te puede pasar es que tu hijo decida estudiar algo relacionado con las ciencias, aunque a duras penas sepa ponerlo en práctica el chaval. ¿La razón? Salidas profesionales, y en definitiva: dinero. ¿Qué importa la virtud? ¿Qué importa que sea o no lo que le gusta? Seguimos aquí, en donde lo de menos es la aplicación práctica de aquello que estudia esa persona, el "qué hará el día de mañana", en donde algunos se apresuran en tatuarse en su cuerpo "tempus fugit" o "carpe diem" y no reparan en nada más. En donde en dicha televisión de la que hablo a aquellos que entendemos la diferencia nos pitan los oídos cada vez que oímos eso de “esto es algo muy moral y ético”, y en donde siguen abarrotados los gimnasios y vacías las bibliotecas. Sabios todos ellos.

Sabio quien presume de no haber abierto el libro de la autoescuela y haber aprobado a la primera. Sabio quien se niega a leer y hace eco de su afán. Sabio quien, sin haber estudiado, hoy trabaja y me dice lleno de orgullo y satisfacción (casi tanto como el rey Juan Carlos) que tiene un sueldo mucho más alto del que yo algún día pueda llegar a tener.

¿Qué estamos haciendo mal? O sería quizás más provechoso preguntarse: ¿qué estamos haciendo bien? Necios de nosotros, quienes aún nos resistimos a las garras de la sabiduría. Necios, que seguimos siendo interrumpidos por sabios, los cuales nos impiden seguir exponiendo nuestros problemas. Y así, entretanto, la mayoría parece seguir firmemente una especie de dictamen moral, un dictamen sabio, aunque en el fondo no empleen esas palabras, así como tampoco quieran emplear dicho significado, pienso yo. Emplear esas palabras, a fin de cuentas, hacen a uno parecer necio: emplear esas palabras hace a uno interesarse, en fin, por tonterías y vaciedades que no tienen cabida en este mundo lleno de tecnología y que gira tan rápido como un yoyó en manos de un niño pequeño. ¿O acaso ya no se emplean esos juguetes tan tontos? ¿Para qué un yoyó teniendo juguetes más “inteligentes”? Quizá debiera emplear mis fuerzas en aprender de los políticos, los cuales son los que mejor se integran en el papel de lo que expone Hipias en el fragmento del diálogo platónico que a continuación adjunto. Discurso adecuado y bello, convencer y retirarse.

“Hipias. –Pues, ciertamente, Sócrates, ¿qué crees tú que son todas estas palabras? (…) Lo bello y digno de estimación es ser capaz de ofrecer un discurso adecuado y bello ante un tribunal, o ante el Consejo o cualquier otra magistratura en la que se produzca el debate, convencer y retirarse, llevando no estas nimiedades, sino el mayor premio, la salvación de uno mismo, la de sus propios bienes y la de sus amigos. A esto hay que consagrarse mandando a paseo todas estas insignificancias, a fin de no parecer muy necio, al estar metido, como ahora, en tonterías y vaciedades.


Sócrates. -Querido Hipias, tú eres bienaventurado porque sabes en qué un hombre debe ocuparse y porque lo practicas adecuadamente, según dices. De mí, según parece, se ha apoderado un extraño destino y voy errando siempre en continua incertidumbre y, cuando yo os muestro mi necesidad a vosotros, los sabios, apenas he terminado de hablar, me insultáis con vuestras palabras. Decís lo que tú dices ahora, que me ocupo en cosas inútiles, mínimas y dignas de nada.”



viernes, 7 de agosto de 2015

Caso perdido.


Me preguntaba mi padre ayer que qué estaba haciendo con todo aquello que estaba escribiendo en el último mes, y no supe responder. Así, en unas breves líneas, os voy a contar qué estoy merodeando últimamente.

Lo cierto es que he escrito bastante poco, y lo poco que he escrito lo he escrito en anotaciones al más puro estilo de Kierkegaard. He escrito menos en redes sociales, y os adelanto a los que me leéis por aquí que menos voy a escribir en ellas a partir de ahora. Soy más juglar que filólogo estos días: me repito en voz alta aquello que pienso para no olvidarlo, para guardarlo en mi memoria… y le doy forma. Anoto lo imprescindible (un autor, un verso) donde puedo, para que no huya volando hacia otro aeropuerto. Como quien anota “leche” al final de la lista de la compra, casi fuera del papel: lo mío, mi ingrediente anotado, también es imprescindible para mí. Y precisamente porque lo es no lo hago público, ¿o acaso el mago desvela sus trucos? No hay que precipitarse. Si se quiere, os muestro mi manga: nada por aquí, nada por allá.

Escribir no es sinónimo de pensar, de reflexionar; que nadie se decepcione aún. Desde que volví de Málaga no he parado de darle vueltas a varios temas en concreto. Nada de temas generales, nada de temas más propios del programa "Sálvame", nada de cuestionar por qué a cierto amigo mío le parece que estos son "apuntes de clase": procuro centrarme en lo que me ocupa en éste instante. “Especializarse es saber cada vez más de cada vez menos” decía un profesor mío, y si así fuera podríamos sostener que estoy especializándome. Temas como la hiperrealidad en tanto que categoría estética, lo siniestro, el extrañamiento, la estética en general, el arte; así como a la realidad que circunda todo ese mundo de la estética y el espectador han merodeado mis sobremesas, mis conversaciones con amigos y, por supuesto, mis noches de retiro en la habitación que frecuentamos mis libros y yo. Ellos y yo: Schopenhauer, Diderot, Kierkegaard, Ortega y Nietzsche. Salinger, Hume, Paul Auster y mi profesor Luis Puelles. 

Ellos me miran y yo los interpreto, y en esta faena utópica que supone el leer acabo por “construirme”, siendo esa la meta de todo esto, además de mi hipótesis de trabajo. La meta no son los "likes" en Facebook, ni ver quién es mejor (¿acaso algo mide tal cosa? Tan ambigüo como incoherente e inútil). Ni siquiera apostar por ver quién acaba la carrera antes y con mejor nota. La carrera es un camino, y el camino queda atrás, el camino termina. La nota se deshace en el tiempo, lo mismo que la nota de selectividad: una vez entras en la carrera que deseas, la nota "desaparece". Ya no sirve. Trabajarás, pero en tu currículum no figurará ese detalle. Y es difícil aceptarlo: es difícil hacerse consciente de que todo pasa, de que todo se des-hace, y de que muy poco es aquello que permanece. Sin ir más lejos, eres tú quien permanece. Tú eres la garantía de esa nota en selectividad, el número, la cifra, es lo de menos. Eres tú quien, como dijo otro de mis profesores, has de procurar formarte:"lo que hagas por la carrera es lo que te vas a llevar de ella".

En la medida en que la persona lleva a cabo su hacer, se hace. Construye una figura en mármol y se construye a sí mismo como escultor. Escupe al arte diciendo que es una patraña y se convierte en un crítico nefasto, o adquiere la fama de la manera más burda posible. Interpretar al Joker de Batman y acabar por no soportar la presión del papel hasta la sobredosis que arrebata la vida y le entrega la fama. Todos estos ejemplos, de igual modo, pueden ser contemplados estéticamente. No desvelaré nada más: el conejo permanece en la chistera.

Si añadiré, sin embargo, que mi diagnóstico es similar al que Ortega y Gasset le atribuye a la Estética: una vez termino y cierro penosamente el baúl, apenas lo he cerrado y olvido por completo el porqué de que lo abriera. Solo que, en este ejemplo, lo que se me ha olvidado a mí no es el espectador (a ello se refería Ortega). Y os confieso algo: ojalá por mucho tiempo siga sin desvelar el misterio que me lleva, una y otra vez, a abrir y cerrar el baúl, y con él, el caso. Abro y cierro el caso. Caso perdido.

viernes, 19 de junio de 2015

Aprender, estudiar y/o pensar.


Idas y venidas. Es lo único que se me ocurre. Llevo un buen rato delante del ordenador pensando cierta cosa que he oído, y es lo único que se me ocurre (por ahora). Necias palabras, por cierto. ¿Qué he oído? Fácil. Algo aparentemente insignificante, inocente y, al mismo tiempo mordaz e importante: aprueba quien estudia, no quien piensa. Ya decían en la película Origen que una idea es peor que un virus “resistente, contagiosa”. Lastimosa consideración mía, que ha terminado por darle la razón a semejante opinión necia pero acertada, muy acorde con lo que encontramos en la realidad. Y dándosela, acabo dedicándole más tiempo del que debería a pensar en otras cosas que no son sino ocupaciones estúpidas en momentos como este, en los que debería de seguir dedicándome por entero al estudio. En otras palabras: pensando cuando debería estar estudiando.

Esto, efectivamente, es así. Aprueba quien demuestra que sabe. Sí, digo “demuestra” a conciencia, a cosa hecha: son muy pocos los exámenes de razonar que he tenido hasta ahora, de relacionar tal teoría con tal otra. Prima la memoria, saber decir como un loro la lección. La aprenden muchos con puntos y comas para, al fin, obtener un título que haga justicia a las horas que han pasado repitiéndole a la pared derechos humanos, derechos constitucionales, teorías filosóficas o árboles filogenéticos. Una lástima, repito, y he aquí el porqué de que lo diga: ¿en qué puesto queda relegado el aprender? ¿Qué hay del aprendizaje? “Aprueba quien estudia, no quien piensa”. El aprendizaje se pasa por alto. No le pidas a esa persona que te explique tus derechos, que considere tu carácter epistemológico como ser humano o que te ponga un ejemplo ilustrativo acerca del crecimiento de las plantas. Estudiar no implica aprender necesariamente, y a mi juicio no es necesario cursar dos asignaturas de lógica proposicional para entender esto que refiero. De la misma forma, y sopesando que aun no siendo creyente he de recurrir a la expresión "a dios gracias" para referirme a lo que sigue, diré en honor a la verdad que hay quien aprende sin estudiar, ¡menos mal! (no todo el mundo puede ir a la universidad, no todos van aun pudiendo; pero sí muchos pueden adquirir un libro, siendo al fin y al cabo ese el objetivo: el aprendizaje).

Este tipo de opiniones me da razones para pensar algo que ya llevo madurando un tiempo: estamos más sometidos a los medios, a la opinión general, a la “aldea global” de la que habla Fukuyama, según parece. A diferencia de este autor, yo discrepo, y no creo necesariamente de que se trate de algo que nos proporcione un bien: ya no existe el gusto personal. Hemos entregado nuestros gustos, nuestras razones, para obtener a cambio la satisfacción de saber que los demás aprueban lo que hacemos. ¿Cuánto hace que no lees el prospecto del champú cuando estás sentado en el baño? Seguro que mucho. ¿La razón? Aprovechas el momento para consultar cualquier cosa en el teléfono móvil. Hemos acabado con el aburrimiento, me temo.

Y pensarás que lo que pone en el champú te da igual. Piensa, sin embargo, y medita si realmente te importa lo que vas a encontrarte en ese lugar que consultas cada cinco minutos. Consultado siempre como si fuera la primera vez. En ese lugar en el que posteas a diario que los demás se encuentran enfermizos publicando estados y en el que tú precisamente lo enjuicias del mismo modo.


Pienso en vez de estudiar como descanso. Es este mi descanso. Me reconforta. Y por cierto, creo que lo voy a conseguir: creo que voy a superar la época de exámenes en un tercero de grado sin hacerme una foto en la biblioteca. Creo que es posible, voy a ver hasta donde puedo llegar con mi cometido.




domingo, 7 de junio de 2015

Me alarma depender de palabras.

Apenas termino de escribir el título bajo el que estas palabras adquieren sentido cuando, de manera automática, dirijo mis ojos a la parte inferior izquierda de la pantalla: visualizo como quien apunta desde un ático con un francotirador a su blanco en cuestión el contador de palabras del procesador de textos en el que trabajo. Conforme lo hago, como puedes leer, dejo constancia escrita de ello. Me alarma esta situación: tener que depender de palabras. Tasar lo que valgo al peso: palabras, folios, caracteres. ¿Acaso un escrito vale más cuando tienes más páginas? Quisiera pensar que no, pero algunas ediciones como Alianza editorial en su modalidad “de bolsillo” me hacen creer que sí. Me hacen ver que el valor pesa. Quisiera pensar que no hay manera más burda y banal de limitar a un artista, a un escritor, a alguien que sabe lo que tiene que decir y cómo lo tiene que decir, que esa misma.

¿Pero sabes qué? Que después de todo me siento feliz y contento. Seguramente tanto como aquellos que sintentizan sus ideas y fotografían sus comidas (¿serán ideas realmente o sólo buscarán con ello guiños y felicitaciones de otros de la misma especie?) hasta el extremo de hacerlas contener en un espacio de 140 (míseros) caracteres. Puede que éste escrito que ahora mismo estoy soltando en forma de texto hacia ninguna parte luego adquiera otros tintes y acabe siendo una entrada de mi peculiar habitación en internet, de mi intimidad a ojos de todos, a los que a muchos les gusta acudir a leer un par de cosas o a desmentir un par de frases. ¿Qué más da eso? El primer paso es aceptarlo, el último puede que sea el de responder con desenfado, o sentirse indiferente, o utilizar el martillo Marxiano. Y digo "puede" porque, como es obvio, es pronto aún para saberlo. Es demasiado temprano para obtener una respuesta: ¿seré yo el loco porque escribe o lo serán ellos por arrojar comentarios hacia un televisor que alberga más basura en sí mismo que la freidora de un McDonald's? No tengo la menor idea, pero sin tenerla, ya tengo una.

domingo, 10 de mayo de 2015

"En frente y dentro al mismo tiempo".


"(...) Otra vez delante de la máquina de escribir. Inocente, perezoso, asustado y mortal de nuevo", escribía tosiendo sangre en un papel arrugado, lleno de vino y en una habitación miserable Charles Bukowski, el escritor vagabundo por excelencia, abandonado a su suerte, la cual bien pudo ser buena (triunfó tardíamente, fue considerado un artista de renombre) o mala (el “tardíamente” le costó una úlcera, ver morir a su amada, peleas callejeras y todo tipo de trepidantes aventuras las cuales son gozosas de leer en la comodidad de un mullido sofá burgués pero no de experimentar en tu propio pellejo). ¿Podría decirse, pues, de este personaje que era "pobre"? Habrá quien lo refiera. Habrá quien lo escriba en Facebook desde su iPhone y, sin saberlo, esté midiendo la pobreza sólo y exclusivamente en dinero.

Pregunta cuanto menos subjetiva, pensarán los que piensen. Pensarán los que están leyendo estás líneas: doy por hecho que, quien no tiene intención alguna en pensar, no recurre a estos lares de confusión y cuestionamiento.
Yo, por mi parte, en mi pulcro ordenador, con mi salud de acero y ropa limpia, me siento estúpido comparándome con semejante personaje, diciendo lo que digo, escribiéndolo en un ordenador. Me siento estúpido leyéndole, pues bien sé que su fama no se debe a su carácter poético retractado en sus líneas ensayísticas (de las cuales bastante difícil resulta de por sí seguir al hilo), sino a sus miras de nauseabundo, a su carácter y a sus aires depravados: en una palabra, "moda". Tuvo los cinco minutos de gloria de los que hablaba Andy Warhol, tuvo su momento y se convirtió en un icono, en moda. Y yo, mientras tanto, me siento estúpido teniendo que argumentar de manera constante el por qué digo eso mismo, el por qué prefiero leer a Schopenhauer en vez de a Bukowski (aunque, al final, acabe leyendo a los dos, y de postre las "50 sombras", para, como buen filósofo, criticar con fundamento), el por qué de que no canto al unísono con todos los que están a mi alrededor la misma canción de siempre. Esa que bien pudiera decir así "tasar en dinero mi felicidad, comprar y comprar hasta (pretender) llenar vacíos que nada tienen que ver con objetos, bienes o servicios (puesto que ese interés está abocado al fracaso)". 

¿Qué puedo hacer si, de hecho, siento y encuentro despreciable mi propio caminar, mi manera de acercarme con mis zapatillas Adidas hacia alguien que yace sentado y me mira, sombrío, a expensas de que mi buena voluntad le premie con unos pocos euros con los que comer ese día? Guardo en estima, precisamente, conversar con éste tipo de personas; dedicar alguna que otra mirada y, con ella, algo de agua, comida, y por qué no: dinero. ¡Tendríais que haber visto cómo una hombre cogía con gusto una bolsa de libros que le ofrecía! Pobre de él, que además de ello me tuvo que pedir la bolsa, de manera educada. ¿El por qué?: porque la bolsa que él tenía era para ir a recoger la cena a un comedor social.
Veo tan innecesario tantas cosas de las que tengo que, irremediablemente, digo lo que Tote King, de manera lastimosa y a veces triste: "es difícil estar contento, porque critico pero estoy dentro". 

Y haciéndolo me siento uno más que contribuye: uno más que aporta algo a la nube de estupidez contagiosa que me abruma y me causa estupor y a la que, dicho sea de paso (por si no ha quedado claro a lo largo del escrito) tanto odio. ¿Qué es eso de que una taza para tomar café cueste nada menos que trece euros? Ah, sí, es porque te dice que hoy "puedes hacer lo que te dé la real gana", o porque te dice que "eres la leche" (http://www.mrwonderfulshop.es/es/tazas.html).
Sinceramente, no puedo decir otra cosa que no sea un "eres estúpido si tu autoestima, tu coraje y tus ganas dependen del dictamen de una taza de valor desorbitado"  seguido de un suspiro y una mueca con la cabeza.
¿Qué fue de la creatividad? ¿De verdad necesitan jugar con la inocencia de los niños pequeños que aún creen en la magia para vender plátanos canarios (https://www.youtube.com/watchv=Mf6ur8Dw9jg)? Me parece increíble. No sé qué me sorprende más, si el depender de la permisión de una taza de trece euros o el depender de que unos niños inocentes le pidan a sus padres que, por favor ante todo, compren plátanos para no quedarse sin regalos esa noche.

Y, en lo único que guardo una semejanza es que, al igual que él, al igual que Bukowski, estoy de nuevo "frente a" el ordenador en mi caso. "Frente a" lo que me circunda, o, mejor dicho, en frente y dentro al mismo tiempo. Supongo que el primer caso es reconocerlo: el siguiente, actuar en consecuencia. Más vale una pequeña gota en un océano que ninguna, que ni tan siquiera el plantearlo, el proponértelo.
Sin manchas de vino, sin una pensión de mala muerte y sin apenas cinco dólares en el bolsillo. Tengo algunos más. Y por suerte o desgracia, mi condición me impide vivir en esa línea que otros fijan: en esa dinámica que acaba por vaciar el bolsillo y el alma. En esa asquerosa "razón" inamovible y sentenciada que hace creer que los Macbook tienen una pantalla que daña menos la vista, o que pagar por un ordenador sin puerto USB convencional no suene extraño ni absurdo (http://es.engadget.com/2015/01/06/mas-delgado-sin-usb-estandar-macbook-air-12/).


sábado, 18 de abril de 2015

"Sé que me leen".


Hace algunos días estaba yo pensando, en la quietud de la noche, observando el techo de mi habitación, en silencio. Pensando en Schopenhauer, en lo interesante que me parece lo que estamos viendo de él en clase. Pensando también en lo cansado que estaba hasta el momento, y en lo poco que iban a cambiar las cosas en los días sucesivos, me temía. Pensando en pensar, y en conclusión, haciendo lo que a ojos del resto no debería de hacer, pues a pesar de ser lo más coherente (pensar) denota un claro síntoma de locura. Un claro síntoma de una enfermedad que, en ese específico sentido que le atribuyen, no me importa padecer.
Sigo sin ver la televisión. Sigo al margen de las modas y de entender la riqueza en términos de "peso en oro". Sigo, y siguiendo escribo. Es escribiendo como me salvo de todo lo que encuentro a mi alrededor, y quizás sea esa una de las razones por las que me siento cada vez más fuera de lo que se concibe como "estar dentro".
 
No voy a mentirme, ni a mentiros: no me importa lo más mínimo ser un loco a ojos de la mayoría: ahí fuera hay quien le saca partido a estas palabras que escribo, y me consta. A estos planteamientos que plasmo. A estas estupideces que a veces digo, o a esas iluminaciones que denotan que de aquel estudiante de Filosofía que cursaba primero de carrera pocas cosas ya quedan. 

Ya dijo un profesor mío en una ocasión que la novela perfecta está por escribirse, y que, precisamente en tanto que eso mismo, seguimos escribiendo. Seguimos tomando el timonel, lanzándonos al mar, y convirtiendo a veces la barca con la que navegamos en un submarino con el que sumergirnos. Reflexión, inflexión, todo se reduce en numerosas ocasiones a pensar. En nada, en todo. 
Nunca vamos a ver el noúmeno kantiano, la Voluntad de Schopenhauer, o, en términos para que se me entienda: nunca vamos a saber si esa otra persona ve el color azul tal y como tú lo ves. Nunca voy a saber qué sacaste en claro de mí, de qué te sirvieron estas líneas, estas inquietudes, estos pensamientos: si las leíste o no, pero, al menos, sé que me leen. Para bien o para mal.
Se que sirvo de inspiración, sé que hay quien solo y exclusivamente enciende el ordenador para percatarse de que escribo "solo" sin tilde, para apuntarlo y con ello precisar una crítica más dura, y diré algo: "ya quisieran muchos contar con el público con el que yo cuento". Otros, más personas que gente, sencillamente, se equipan con sus gafas de vista y dedican una mirada a la pantalla para leerme porque simple y llanamente les gusta lo que digo, cómo lo digo, a pesar de desconocer el porqué de que lo diga.

El porqué de escribir la palabra "solo" sin tilde tiene una razón simple: la RAE acepta sus dos posibilidades, con tilde y sin tilde.
El porqué de escribir solo, ajeno a lo demás y sin ánimo de conocer ese "demás" lo más mínimo, es una razón que pospondré hasta que yo mismo lo comprenda. Bien pudiera yo mismo desear que se alargara la espera, pues, según parece, es ese el motor que me hace seguir expresándome en estos términos.

Y mientras exista la demanda, continuaré con la oferta.

lunes, 9 de marzo de 2015

"El que duda y reflexiona".



No es fácil.
Llevo con esas tres palabras delante de mí casi media hora, y no sé seguir. Llevan media hora tecleadas, pero en mi cabeza, bastante más que horas. Ciertamente, a esto que estoy pensando le pasa como a la metafísica de cierto profesor mío: por más que me esfuerzo en convencerme de que es algo concreto, es de lo más abstracto. ¿Quién ha visto alguna vez una metafísica concreta? Y la consecuente negativa a dicha pregunta no deja de ser una razón más que sugiere su abstracción.

Como iba diciendo: no es fácil. No es nada fácil ser reflexivo, pensador, filósofo, como lo quiera uno llamar. No lo fue en la Atenas de Sócrates, Platón y Aristóteles, ni lo va a ser hoy por haber pasado dos mil años desde entonces.
No es nada fácil ser siempre el que trae a colación aquella frase de “el ignorante afirma, el sabio duda y reflexiona” predicando con el ejemplo. No todos lo comprenden. De hecho, casi nadie lo comprende, y mucho menos lo comparte.

No es nada agradable sentir que nadie entiende aquello que expresas. Sentirte incomprendido, distanciado de la opinión general: de esa opinión que, precisamente, poco tiene de opinión a veces (y no hablemos ya de lo crítica). Particularmente, lo que más resuena en mis oídos es una pregunta acerca del tipo de estupefacientes que consumían tales o cuales filósofos, y sorpresa ante mi negación. Y lo curioso es que me sigo sorprendiendo cuando me preguntan, cuando en realidad, bien no debiera ser así: para muchos esa es “la única manera de pensar”.

Se rechaza la actividad reflexiva, el sencillo pensar, darle vueltas al coco. Aluden quienes así lo deciden a la complejidad del asunto. A que “es de locos”. Qué curioso: parece ser de cuerdos no pensar, todo lo contrario según mi manera de entender.
Palabrería abstracta, tonterías, rollazo, … son muchas las expresiones que sin más significan desinterés hacia el saber por saber. Unas con más delicadeza, otras con tintes más peyorativos. Desprecio, en cualquier caso, hacia el afán y hacia quien lo practica.
El desprecio puede ser ignorado, pero confieso que en ocasiones me siento solo. En ocasiones, cuando intento transmitir el porqué de algo que me encanta y no logro más que calentar la cabeza o resoplar de esfuerzo ante la incomprensión del prójimo, de su desinterés, de su desprecio, o, en el mejor de los casos, de su "no entender" no me siento bien precisamente. Dicha incapacidad en el otro. No me realizo, más bien me cuestiono: ¿merece la pena volver a la caverna a revelarle a los que dentro se hallan que aquello que ven son meras sombras, y que, en consecuencia, fuera de esa mentira existe la verdad? Platón llevaba razón: el precio que hay que pagar es alto.
Son todo desilusiones cuando intento expresar una idea y alguien muy cercano no la entiende y, sin más, acaba aburriéndose de tanto escucharme. No reprocho nada, pues es normal. Culpa mía quizá, culpa de mi quehacer filosófico. Culpa de mi manera de ver las cosas: de ser siempre el que duda y reflexiona. ¿Culpa de mi interés? Quizá culpa de mi mala forma de expresarme, de explicarme: quizás no con la claridad que debiera. ¿Culpa de mis ganas? Culpa de la filosofía quizá por mostrarse demasiado atractiva ante mí, quien quizá no es capaz de entender que hay quien no está preparado aún para ella. O vete tú a saber.

Y, desde algún lugar, oigo una voz lejana que me dicta una cuestión: tú decides.
Simple y llanamente: tú decides. Como con muchos párrafos de Ortega y Gasset o de Schopenhauer pasa, esas palabras esconden mucho más de lo que puede parecer a simple vista. El "tú decides" me expone dos vías en esta realidad. Me plantea si seguir pretendiendo aquello que reporte beneficios, dudando y reflexionando, o, por el contrario, hacer aquello que solo reporte riqueza traducida en dinero y afirmar por activa y por pasiva todo aquello que se preste, sin dudar, sin reflexionar; hacerte con lo que haces, o hacer, de manera escueta y simple, sin que dicha acción trascienda.

O lo que es lo mismo: sentirte incomprendido pero lleno por hacer lo que haces y dedicarte a aquello que, de hacerlo, brilla en ti; o sentirte muy integrado pero vacío, sin beneficios pero con riquezas, sumido en la oscuridad que supone la opinión general, lo acrítico, incómodo en la comodidad de lo que todos piensan, aquello que no te atrae pero con lo que sentirás a los demás algo más cerca… quizá. Nadie puede garantizarlo después de todo.



Ante todo, diré a modo de conclusión (y espero que se entienda): me lo pensaré.