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sábado, 20 de febrero de 2016

El pintar(se) de Montaigne.

Pintar como proceso creativo. Cuando digo “pintar” no quiero referirme al “cambiar de color algo”, al tema puramente artesanal (pintar de oficio); cuando me refiero al verbo “pintar” le atribuyo una cierta connotación artística (pintar como expresión de uno mismo), o dígase así, poiética (poiesis en griego significa creación). Pintar no sería, por tanto, hacer que una pared de ser blanca ahora sea amarilla: pintar sería crear algo que antes no estaba. Pintar como “poner arte” en donde antes no había.
En la medida en que uno mira por sí (cuida de sí) se hace cargo de quien es, de su realidad, de su carácter artístico. Cuando uno se conoce (se sabe siendo, diré) puede intentar algo que en gran medida no es nada sencillo, es tedioso, complejo y difícil: ponerse a salvo (Robinson Crusoe), huir de todo peligro, pintarse de una manera u otra. Esto podría sintetizarse en otros términos (más conflictivos, me temo; más provocadores, advierto): CONSTRUIRSE A SÍ MISMO.

No pinto el ser. Pinto el paso: no el paso de una edad a otra, o, como dice el pueblo, de siete años en siete años, sino día a día, minuto a minuto. He de adaptar mi historia al momento. Podré cambiar dentro de poco no solo de fortuna sino también de intención. Es un registro de diversos y cambiantes hechos y de ideas indecisas cuando no contrarias; ya sea porque considere los temas por otras circunstancias y en otros aspectos. El caso es que quizá me contradiga […]. Si mi alma puede asentarse, dejaría de ensayarme y decidiríame; más está siempre aprendiendo y poniéndose a prueba.
Michel de Montaigne, Essais (Ensayos).

Entiende Montaigne el vaivén que conforma el vivir, y lejos de obcecarse por controlarlo (por descubrirlo) lo toma como material para su arte con la vida personal. Se propone responder a una necesidad propia, la de responder a la circunstancialidad de los días, ¿cómo? relatándose ensayísticamente. En su particular acción poiética (creativa, por tanto) escribe y describe su persona, se construye con dicho material, siendo ese su cometido último (“pinta el paso” y no el ser). Escribe y describe, pinta y se pinta, es creativo con su realidad que conforma él mismo, ¿y no es esto acaso una poiesis de sí, una poiesis consigo? Llega a confesar el propio Michel de Montaigne aquello de  “Mi oficio y mi arte es vivir. Quien me prohíba hablar de ello […] que ordene a la arquitectura hablar de los edificios no según ella, sino según el vecino”.





domingo, 24 de enero de 2016

Encontrarse haciendo.


Hay ciertas cosas que uno hace para uno y no para nadie. Hay ciertas cosas que, hasta los entusiastas de las redes sociales, se ahorran publicar (por difícil e incomprensible que esto pueda parecer). Hay, aún, algunos resquicios de realidad en los que establecemos un límite: vetamos la entrada a terceros. Hay, por haber, días en los que a uno no le apetece mucho más que escribir un par de líneas en un block, meditar acerca de lo mucho que le gusta lo que hace (en este momento, en este afortunado momento que vivo) y, como consecuencia de esto último, sentirse agradecido. Sentirse agradecido porque no todo el mundo se encuentra haciendo lo que yo: lo que le gusta, lo que le entusiasma, lo que me da la vida, lo que ojalá próximamente me dé, además de felicidad, un sustento. Después de oír ciertas confesiones (depresivas confesiones) uno no puede sino tomar nota y seguir leyendo (lectura sosegada lo llaman algunos). Tomar nota y entender que, si en el todo participamos todos, también hay posibles balas para mí en esa pistola que conforma el juego de la ruleta rusa. Luego, más vale estar al tanto. Le puede tocar a cualquiera.

Lo que está bien claro es que, vetemos o no una zona de nuestra subjetividad, hay (por desgracia, por una asquerosa desgracia) cosas que no dependen de nuestra persona. Existen razones que vienen impuestas por, digámoslo con filosofía (cómo si no, viniendo de un proyecto de filósofo): los dados del azar. Y, debido a esto, existen razones para sentirme agradecido.

Dejaré que sean, primero Schopenhauer y después Crusoe, quienes den cuerpo a mi reflexión (y con ello a mi estado de ánimo) con sus acertadas palabras, mucho más brillantes que las mías.

Cada vez que me deprimo trato de reflexionar sobre lo mucho que significa que un hombre como yo pueda vivir toda su vida cultivando sus facultades y su profesión innata; cómo esto se da en un caso entre mil; y cuántos miles de personas nunca alcanzaron esa meta, de manera que yo hubiera podido ser muy infeliz.

(Arthur Schopenhauer, El arte de conocerse a sí mismo).

Fue entonces cuando comencé a darme cuenta de cuánto más feliz era mi vida, pese a todas las lamentables circunstancias, que la existencia sórdida, perversa y abominable que había llevado en el pasado. Ahora se había modificado la índole de mis penas y alegrías, se habían alterado mis deseos, mis afectos cambiaban su sentido y mis deleites eran absolutamente nuevos, comparados con los que sentí a mi llegada o en el curso de los últimos dos años.


(Daniel Defoe, Robinson Crusoe).

¿Qué me encuentro haciendo en este momento, después de todo? Reflexionando en mi cuarto. Me encuentro haciendo. En el calor de mi apartamento, sentado frente a mi ordenador, junto a mis libros. Haciéndome mayor. Haciéndome más calvo por días, me temo. Haciéndome Graduado en Filosofía. Haciéndome un futuro (espero). Haciéndome fuerte para lo que me espera en un futuro inmediato. 
Me encuentro haciendo lo que quiero: haciendo aquello que me gusta (filosofía, por supuesto), y feliz... que no es poco.

domingo, 22 de noviembre de 2015

No necesito nada, muchas gracias.


Lunes 16 de Noviembre de 2015. Camino calle abajo, Alameda Principal dirección Fundación Picasso, pensando, sin saber lo que me espera. Merodea mi mente algo en concreto: me sitúo en un lugar privilegiado desde hace demasiado tiempo (Another day in Paradise, Phil Collins). Lo pienso últimamente con mucha más fuerza, me hago consciente de que, como dice Estopa, “este juego dura un segundo y gana el que marca primero”. Estudio lo que me apasiona, le dedico toneladas de horas a ello (y nunca son suficientes, me temo), en detrimento a otros quehaceres que considero banales y, me atrevería a tildar de estúpidos. Últimamente ahondando lo que me gusta llamar “el reto autopoiético”, hacerme-haciéndome, escribiendo al modo de Michel de Montaigne.
Cada día más fuerte (Voluntad de Poder nietzscheana), se hace conmigo, y me hago con ellos (con los libros). Pienso con especial fuerza sobre aquel día que vi a un hombre emocionarse al recibir cinco euros por parte de una de las mejores personas que conozco.

Y me detengo en ésto, pues, ¿qué son cinco euros después de todo? Me cabe la duda, y de hecho, se apropia desde ese momento de mis pensamientos. Cinco euros… es poco, es mucho, no es nada. ¿Qué es, además de una cifra? Una posibilidad, pienso: la de quitar el hambre, la de saciar la sed. Es posibilidad. La de hacer feliz a alguien.

Entonces, como una especie de puñetazo, despertándome de mi sueño dogmático (al modo de Hume a Kant), irrumpe en mi mirada una persona que, sin quererlo, va a darme una lección de moralidad aquella tranquila mañana. Va a hacerme constatar ese pensamiento, va a hacer que me tome aún más en serio el Another Day in Paradise y aún menos la impostura del jugar a ser otro que supone Facebook.

Sin yo esperarlo, sin yo saber de dónde viene, de entre la multitud veo a una persona sentada en el suelo, a la cual le falta una pierna, y quien me dice en un tono cordial “hola, buenos días”. Ante su amabilidad, no puedo evitar preguntarle algo que a cualquiera le podría parecer evidente: “buenos días, ¿necesita usted algo?”. Éste desconocido, mira a un lado, toma con la mano izquierda una botella de agua pequeña, me mira sonriente y me contesta, tranquilo y despreocupado: “no necesito nada, muchas gracias”.

Me sentí Alejandro Magno frente a Diógenes, lo prometo. “No necesito nada, muchas gracias”. Me tuve que rendir a sus pies presentándome y prestando asiento a su lado, pues, a pesar de que eso es algo que yo mismo refiero constantemente, si me viera sentado en un trozo de cartón en plena calle, no sé si tendría el valor de reiterar lo mismo, de decir abiertamente que no necesito nada.

           A Miguel le gusta Málaga porque la gente es muy simpática y acogedora, me comenta. Está en paro, su único ingreso es el de la caridad de las personas que pasan por su lado. El día que más recibe oscila los 35 euros, aunque suele recibir al día en torno a 20-25, y paga 17 diariamente en el hostal en el que vive. Miguel saluda de buena gana a todo el que pasa, y mientras tanto, dialoga conmigo, tranquilo y paciente. Me habla de él: no tiene trabajo, no le gusta pedir, hace trabajos a la gente que conoce (pinta casas, arregla muebles, trabaja en un bar cuando le llaman). “Uno nunca sabe dónde va a acabar”, me dice, refiriéndose a que hace algunos años tenía trabajo estable, y a mí casualmente me da por pensar lo mismo. Tiene dos hijas, una en paro y la otra trabajando. Me pregunta cómo me va a mí. ¿Cómo?, ¿necesito yo, pues, algo? Siempre afirmo que lo tengo todo, pero desde este momento, me temo que soy aún más consciente.


Le gusta a este señor la filosofía, me dice. Me habla acerca del estrés de las personas, y de que a él le importa más no ser invisible, que le dirijan la palabra, en detrimento del simple hecho de recibir unas monedas. Se acerca un hombre que le conoce, y mientras hablan, Miguel le dice que soy amigo suyo. Veo desde su perspectiva, mientras permanece distraído con ese señor, (no desde su posición, por suerte): sentado, viendo cómo mucha gente pasa pero muy poca le echa una moneda, y lo que es peor, muy poca le devuelve el saludo, ni siquiera la mirada. Algunos me miran a mí, buscando no sé qué. Decido marcharme, después de más de media hora allí sentado. Me desea suerte Miguel, y yo le doy la mano, unas monedas, y la promesa de volver a verle otro día. Y allí se queda. Sentado en un trozo de cartón pero sonriendo. Sin nada a mis ojos, con todo a los suyos: sin necesitar nada, y agradeciéndolo.

sábado, 24 de octubre de 2015

La prisa solo conduce al tropiezo.

“Se me antoja que la mayor de las ridiculeces es la de estar ajetreado en el mundo y ser un hombre que tiene prisa para comer y para todo lo que hace. Por eso me río a placer cuando veo que una mosca se posa en el momento crítico sobre la nariz de semejante activista, o que le llena de barro un carruaje que pasa delante de él a una velocidad todavía mayor, (…) ¿Y quién podría dejar de reír? Pues, ¿qué arreglan con sus prisas semejantes chapuceros? ¿No les ocurre acaso lo que a aquella mujer que, llena de pánico al declararse un incendio en su casa, sólo salvó de las llamas las tenazas del llar? ¿Qué otra cosa salvaron ellos del gran incendio de la vida?”. (Estudios Estéticos I, Kierkegaard).

          Estas geniales y sabias palabras que nos brinda Kierkegaard en Estudios estéticos I son algo que, si bien compartía con él desde siempre, por día que pasa lo tengo más claro. Por día que pasa, paralelamente, lo veo como algo más irrealizable; y por ello, quizá, más atractivo. ¿A quién no le gustaría ser dueño de su propio tiempo de modo absoluto? ¿Acaso no supone una utopía no tener que rendir cuentas a un trabajo, a un horario, a citas (con el médico, de papeleo, de cualquier índole), con familiares, con amigos, con la lavadora que no entiende de clima, con nuestro apetito que no entiende de economía, con nuestro ánimo que no entiende de quehaceres? Siempre tendremos, de un modo u otro, algo de prisa. En menor o mayor cantidad. Algo de quehacer, algo de responsabilidad que implica una atención especial y, en cierto modo, ajetreo. 
Algo, que no todo. En algún momento, que no siempre. Pues, ¿qué arreglamos con la prisa? Nada. Precisamente soy de los que si no tengo un porqué por lo que estar ajetreado, me distraigo con esa mosca de la que habla Kierkegaard, y ni mucho menos me ofusca ni enfada.

Le añadiría algo a Kierkegaard y es que más ridículo resulta, bajo mi propio punto de vista, ir de acá para allá con estrés y prisa sin tener un motivo por el que hacerlo. Tomar esa dinámica como la de uno propio. Constantemente correr ahogado, a destiempo, sometido al reloj, sometido al teléfono móvil, a las llamadas y a los mensajes, a la constante foto del panorama que te rodea, provocando con todo una sensación de malestar, de inquietud, aun cuando se encuentra uno de vacaciones. Aun cuando uno es, por suerte, un burgués de la talla de Schopenhauer o Kierkegaard y cuyo patrimonio le permite poder despreocuparse de los problemas que acosan al resto para, con ello, dedicarse por entero (como podemos comprobar) a mirar el panorama y escribir acerca de ello.


“El gran incendio de la vida”. Bonita forma de tildar el panorama en el que nos circunscribimos. La prisa, después de todo, solo conduce al tropiezo. 

jueves, 8 de octubre de 2015

Vivo en conversación con los difuntos.


Soy filósofo desde mucho antes de disfrutar de esta oportunidad que hoy me brindan mis padres: cursar el Grado en Filosofía. Dicha filosofía de la que soy partícipe me reporta muchos más recursos y beneficios que los que posiblemente obtenga dentro de apenas un año, cuando el Gobierno de España y la Universidad de Málaga me consideren, a ojos del resto, "Graduado en Filosofía". Nunca me ha entusiasmado tener posesión de un papel que diga que soy algo: prefiero demostrarlo con hechos. Y me lo he demostrado a mí mismo durante estos años, los libros lo saben.

Soy, además de un Graduado en un tiempo próximo, filósofo desde siempre. Desde los 6 a los 15 años leía a desgana y contando con un incentivo; hoy, dicha semilla germina, y leo con bastante pasión y sin incentivo material alguno: mi único incentivo es el saber. Atento en la lectura o en una mosca, como cierto profesor mío en primaria se quejaba acerca de mi persona. Tanta atención ponía en cualquier cosa que con frecuencia solía aislarme sin querer, de modo inconsciente: tanto que contaba con los dedos mi felicidad, como si aquello fuera cuantificable. Extraño en un niño de mi edad, lo mismo que aquellos relatos infantiles que escribía y que servían como huella de mi particular persona. Dudaba en exceso, todo sea dicho. Aunque a la larga, todo sea dicho, resulta que esto último no ha sido un defecto precisamente. 

La duda me ha llevado hasta esta orilla, y hoy, muy alejado en el tiempo de eso, reflexiono acerca de mis más fieles compañeros de viaje. Esos que suscitan en mi mente aquellas palabras de Quevedo que dicen así: "Vivo en conversación con los difuntos y escucho con mis ojos a los muertos". Esos que el traductor se esfuerza en ponerme de mi lado.
Les doy voz, protagonismo, y un lugar privilegiado en la peana de mi museo particular:

Ciertamente, sigo aquí. Puede que no me recuerdes: sospecho que me has reemplazado. No quise creer a todos aquellos que me alertaron sobre ti, que me avisaron. Me explicaron que haces esto con todos: me has dejado caer en el olvido. Siempre fui fiel: compañía atemporal. Allí estuve cuando me necesitaste, siempre dispuesto. Callado, paciente, sin sonreír porque no puedo. De hecho, cuando te plazca, seguiré en donde me has dejado, de igual modo paciente y dispuesto. Sé que no es innovador lo que ofrezco, pero cuenta tuya es ver lo mismo o ver diferencias en esa conversación que a tu atenta mirada suscito. En esa historia que permanece sin cambios por el paso del tiempo y que, pese al hecho, alguna que otra mirada pone patas arriba.

Quizá culpa mía el estrepitoso golpe, la decepción desmesurada, al dejar de ver cómo me mirabas con ganas, con un movimiento de ojos de izquierda a derecha casi rítmico; pues debí verlo. Debí darme cuenta, solo que no pude. Quizá no quise ver que ahí donde estaba yo había otros dos, tres, a veces hasta cuatro más con los que pasabas el rato. ¿Son esos cuatro la razón por la que hoy resido en el olvido? ¿Son esos más interesantes que yo? ¿Mejores? ¿Qué ofrecen? Algún título esperanzador. Quizás te sientas más identificado con sus quehaceres que con los míos, o puede ser que él sepa llenar tus vacíos mejor que yo. 

Me resigno y observo, desde el más puro anonimato. Cerca o lejos, pero de modo anónimo. Pacientemente espero, a que de nuevo, el gusanillo te lleve a mí, y me devuelvas aquello que me robaste. Aquello que algún día fue tuyo, y que sin embargo, a pesar de siempre ser mío, yo no lo puedo disfrutar. Está dormido en la penumbra, a la sombra, esperándote. Espero, sin más, que me devuelvas la vida. Esa que, como sabrás, sólo tú sabes darme.

Es cuestión de tiempo que nos volvamos a encontrar.

Atte. Un libro.

jueves, 1 de octubre de 2015

Declaración de intenciones y algunas aclaraciones.


De nuevo me encuentro frente al ordenador cuestionando el porqué de lo que hago. De nuevo, intentando encontrar las palabras adecuadas para, en unos versos, hacer llegar a algunos conclusiones que obtuve tras la lectura de varios libros. Es complicado, a veces, entendernos a nosotros los filósofos. Mucho más complicado, me imagino, será comprendernos a aquellos que además filosofamos, valga la picardía y la sorna con la que digo lo que digo. Son muchas horas expresadas en unas líneas que han de cogerse al vuelo cual snitch dorada de Harry Potter por personas que, en definitiva, tienen otros puntos de vista o no tienen del todo claro qué supone el quehacer o la circunstancia de la que habla Ortega y Gasset. Es complicada mi tarea así como la suya. Es complicado mi quehacer orteguiano contando con el estigma kantiano que dice así "la estética es el recreo de la filosofía". Sin más, pretendo en las siguientes líneas no extenderme demasiado y escribir una precaria declaración de intenciones, así como desdibujar algunas aclaraciones para que, quien se interese, sepa "leer" aquello que escribo.

“La biografía siempre presente en la obra”. Cuando afirmo esto se me acusa de varias cosas: intrusionismo en el Arte es una, otra es que considero Arte a cualquier cosa, así como otra bien puede ser que no tengo en cuenta que hay arte que no es autobiográfico o que, sencillamente, no compete la biografía del autor. Bien, respondo.
Cuando enuncio estas palabras, sin ir más lejos, no hablo de Arte sino de arte. Hablo de arte en un sentido que, influenciado por algunas lecturas, le atribuyo yo mismo. No me refiero al Arte de las Bellas Artes ni al arte que puramente estudia la Historia del Arte (recordemos, pues, que soy filósofo y estudio filosofía). Me refiero, sin más preámbulos, a arte como a lo producido por una persona con cierta libertad a la hora de producirlo, como algo que hace suyo con la manera de hacerlo. LIbertado no en el sentido precario de libre albedrío, sino en motivos mucho más reducidos (ejemplo: mi madre me manda comprar el pan y voy por éste camino o por aquel otro. Lo que hago lo hago como fruto de un mandato, de acuerdo, pero yo elijo el modo). Lo llamo arte y no artesanía porque en mi concepción estética de la persona concibo que su actuar propio, que en su “elegir” dentro de su circunstancia (por muy reducido que este resulte, por más que haya que llevar a cabo una investigación minuciosa para determinar dónde reside dicha libertad de la que hablo) y, con ello, llevar a cabo una u otra proyección de vida e intentar que ésta se adecue lo más posible a lo que pretende, ya no realiza simplemente una artesanía, sino que se trata de algo más: elabora una obra de arte; y por tanto, hablo de artista. Elabora su obra de arte: su vida, la de su existencia que no le viene dada (quizás si determinada, pero no construida). La ha construido él con los materiales que su familia, su gobierno, su país de nacimiento, sus recursos, le han brindado. 
Repito: es una concepción filosófica y un término, si cabe, prácticamente acuñado por mí tras la lectura de varios autores de filosofía. Consiste en una reflexión. No hablo del arte que estudia la Historia del Arte necesariamente, aunque algunas veces tome algunos de sus ejemplos.

Dicho esto queda claro, a mi parecer, que no considero Arte cualquier cosa, pues hablo de "arte" (valga la diferencia entre el primer Arte con mayúscula y el segundo con minúscula). En segundo lugar, creo que queda claro que no se produce intrusionismo alguno (al menos en principio, veremos a ver a dónde me deparan estos derroteros que hoy encauzo) pues mi motivo es puramente ético-estético, y si utilizo el arte lo utilizo como ejemplo, para enunciarlo. No pretendo re-teorizar el Arte, llevarle la contraria a la Historia (ni a mis buenos compañeros los historiadores del arte), otorgarle un nuevo significado, ni atribuirle una nueva definición. Eso lo dejo en manos de los historiadores. No pretendo hablar de arte, sino pensarlo. Hacer lo que me es propio: filosofar.
Por último, quisiera expresar que cuando me refiero a aquello de que el arte es biográfico (ya dando por sentado que cuando aquellos que me leen ven escrita la palabra “arte” reconocen el sentido que le atribuyo a ese vocablo ya descrito más arriba) me refiero a que en él está presente la vida del autor, de una u otra forma. Expresada de modo directo o indirecto. Desde cosas tan vanales como la calidad de los materiales que utiliza (pueden ser mejores o peores, según su situación económica, por ejemplo) hasta el cómo llevar a cabo su “arte” (si con las manos, si con los pies, con pintura, con su cuerpo, encargándoselo a otro, escribiendo un libro).


Para muchos será complicado entender cómo concibo que aquel que encarga la obra y aquel que la realiza sean para mí considerados “artistas”, lo entiendo. Y es que, como ya dije más arriba: no hablo de artista en sentido de Arte, de Bellas Artes, etcétera; le doy una nueva significación al término. Una de la que ya algo se ha escrito. Hago filosofía y no historia. Contemplo de modo estético a la persona ética (mi motivo en todo esto, repito: ético-estético). Esa persona que actúa o hace algo (obra, podríamos decir) su “obra”; y que, dicho actuar (dicho obrar, podríamos decir igualmente) constituye su, valga la burda repetición de conceptos para así llegar de mejor modo a la comprensión de todo esto que expreso, “obra de arte”: obra porque está hecha (de mejor o peor modo, con genialidad o sin ella: el chico que acaba de estudiar y se dedica a trabajar, y aquel que consigue ser astronauta, ambos igualmente artistas de sí, han construido su existencia de uno u otro modo), y de arte porque está producida por lo que yo llamo artista (una persona cualquiera, cuente con Genio o sin él, sea hombre o mujer, se le den bien las Artes o no, ...). 


lunes, 14 de septiembre de 2015

Discurso adecuado y bello, convencer y retirarse.


Discurso adecuado y bello, convencer y retirarse. Una fórmula muy extendida hoy día y de la cual ya se escribía hace ya demasiado. Pero, ¿a quién le interesa eso? Seamos realistas. La filosofía no es lo único desestimado hoy día. No es difícil dar cuenta de esto mismo: hace más eco los despilfarros en el mundo del deporte que una noticia tan sublime como que un joven español es el mejor orador del mundo… y con solo veinte años. La oratoria, el leer por puro gusto, aprender un poco (si acaso cabe hacerlo) de qué va eso que llaman “arte”, invertir en estudios universitarios de los cuales no se espera un beneficio económico directo, estudiar para aprender, hablar de algo que no sea estrictamente tangible o acerca de un tema que no salga por televisión. Son solo algunos ejemplos. Son solo algunos de los muchos ejemplos que podríamos citar a modo de introducción.

Y contestamos lo de siempre cuando nos preguntan cómo va: “aquí estamos”. En efecto, aquí estamos: en un lugar en el que la mayoría piensa que lo mejor que te puede pasar es que tu hijo decida estudiar algo relacionado con las ciencias, aunque a duras penas sepa ponerlo en práctica el chaval. ¿La razón? Salidas profesionales, y en definitiva: dinero. ¿Qué importa la virtud? ¿Qué importa que sea o no lo que le gusta? Seguimos aquí, en donde lo de menos es la aplicación práctica de aquello que estudia esa persona, el "qué hará el día de mañana", en donde algunos se apresuran en tatuarse en su cuerpo "tempus fugit" o "carpe diem" y no reparan en nada más. En donde en dicha televisión de la que hablo a aquellos que entendemos la diferencia nos pitan los oídos cada vez que oímos eso de “esto es algo muy moral y ético”, y en donde siguen abarrotados los gimnasios y vacías las bibliotecas. Sabios todos ellos.

Sabio quien presume de no haber abierto el libro de la autoescuela y haber aprobado a la primera. Sabio quien se niega a leer y hace eco de su afán. Sabio quien, sin haber estudiado, hoy trabaja y me dice lleno de orgullo y satisfacción (casi tanto como el rey Juan Carlos) que tiene un sueldo mucho más alto del que yo algún día pueda llegar a tener.

¿Qué estamos haciendo mal? O sería quizás más provechoso preguntarse: ¿qué estamos haciendo bien? Necios de nosotros, quienes aún nos resistimos a las garras de la sabiduría. Necios, que seguimos siendo interrumpidos por sabios, los cuales nos impiden seguir exponiendo nuestros problemas. Y así, entretanto, la mayoría parece seguir firmemente una especie de dictamen moral, un dictamen sabio, aunque en el fondo no empleen esas palabras, así como tampoco quieran emplear dicho significado, pienso yo. Emplear esas palabras, a fin de cuentas, hacen a uno parecer necio: emplear esas palabras hace a uno interesarse, en fin, por tonterías y vaciedades que no tienen cabida en este mundo lleno de tecnología y que gira tan rápido como un yoyó en manos de un niño pequeño. ¿O acaso ya no se emplean esos juguetes tan tontos? ¿Para qué un yoyó teniendo juguetes más “inteligentes”? Quizá debiera emplear mis fuerzas en aprender de los políticos, los cuales son los que mejor se integran en el papel de lo que expone Hipias en el fragmento del diálogo platónico que a continuación adjunto. Discurso adecuado y bello, convencer y retirarse.

“Hipias. –Pues, ciertamente, Sócrates, ¿qué crees tú que son todas estas palabras? (…) Lo bello y digno de estimación es ser capaz de ofrecer un discurso adecuado y bello ante un tribunal, o ante el Consejo o cualquier otra magistratura en la que se produzca el debate, convencer y retirarse, llevando no estas nimiedades, sino el mayor premio, la salvación de uno mismo, la de sus propios bienes y la de sus amigos. A esto hay que consagrarse mandando a paseo todas estas insignificancias, a fin de no parecer muy necio, al estar metido, como ahora, en tonterías y vaciedades.


Sócrates. -Querido Hipias, tú eres bienaventurado porque sabes en qué un hombre debe ocuparse y porque lo practicas adecuadamente, según dices. De mí, según parece, se ha apoderado un extraño destino y voy errando siempre en continua incertidumbre y, cuando yo os muestro mi necesidad a vosotros, los sabios, apenas he terminado de hablar, me insultáis con vuestras palabras. Decís lo que tú dices ahora, que me ocupo en cosas inútiles, mínimas y dignas de nada.”