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sábado, 28 de junio de 2014

"Un segundo y además memorable paseo".


Por más que lo pretenda William Blake el tiempo no se detiene en un preciso instante. Nietzsche consigue hacernos ver que es todo un ciclo, pero de hecho, un ciclo que como la propia palabra indica de manera implícita, no cesa. Heráclito lo apreciaba, yo mismo también, y tantos otros que me leen -o que no- y que ni tan siquiera sepan de quiénes hablo al referirme a ésto. A ésto o lo otro. A éstos unos o a éstos otros. Lo que digo hoy no lo dije ayer, y lo que diré mañana quizás resulte extraño, radical y falto de razones al yo de ahora, al que aquí sentado escribe, el que aún reflexiona acerca de lo ocurrido durante éste curso.



Un curso, valga la estúpida observación, diferente al anterior completamente: con nuevo piso, nuevos amigos, nueva gente por la residencia, nuevas asignaturas, nuevas experiencias, y en donde hasta yo venía renovado en cierta parte. Curso que yo prácticamente empezaba con esa cara que veis en la primera foto.
Y digo que es estúpida mi observación porque es lógico: al no haber dos cosas iguales, no hay pues dos cursos iguales. En caso de haberlos, comenzaría a sospechar si en realidad pudiera darse la opción de que estoy soñando dormido, y no soñando despierto, como lo estoy haciendo ahora, en éste preciso momento. Si se sucedieran los años de manera exacta estaríamos cerca de la locura, y muy posiblemente, ahogados en una inconsciencia.

Cuando todo va bien, cuando no hay problemas, ni exámenes, ni malos entendidos, y los que hay se solventan con una sonrisa, todos somos amigos. Los nuevos se adaptaron de manera maravillosa. Conocimos a muchos novatos, y todos ellos acudían a nuestro patio a pasar el rato: a charlar, a exponer sus cosas, o simplemente a sentir que hay más gente con la que hablar además de con los tuyos por teléfono. Todos podemos contar con todos, y podemos arreglarlo con tumbarnos en el sofá a hablar sobre cualquier cosa cuando todo va bien y no hay más preocupaciones. Todo se disipa y se solventa sin más. Claro que, es esa una falsa apreciación de la realidad, una realidad sencilla, una sombra de sombra de la cual es mucho más cruda, enrevesada y difícil cuando se complica. ¿Quién estuvo ahí cuando necesité apoyo con lógica? ¿Quién me dio ánimos cuando no tenía ya apenas fuerzas para seguir estudiando? ¿Quién bajó el volumen o me preguntó por qué seguía encerrado en el cuarto un viernes? ¿Quién me aconsejó durante esos fríos días en los que llegaba de clase y no tenía apenas ganas de hablar? ¿Quién respetó mis decisiones y me aconsejó? Tuve suerte, tuve mucha suerte, pues conté con ese apoyo y lo agradezco. Y se lo agradezco a todos los que salen en las fotos, y a quienes no, también. A todos a los que yo en algún momento signifiqué algo para ellos, y actuaron en consecuencia. Aunque con el tiempo algunos de esos apoyos desaparecieran. Aunque algunas cosas cambiaran.


Me distendí con frecuencia en conversaciones que puntualizaba con frases del tipo "cuando os canséis me lo decís, que no quiero ponerme pesado", y hasta me hacían sentirme cómodo, como si tuviesen todos ganas de oírme. Si era o no verdad no me interesa, pues es lo de menos: a veces a mí tampoco me interesan cosas y hago como si así fuera, pues en el tema de la amistad, en ocasiones el estar ahí para el otro es imprescindible. Para ese otro que es tu amigo y te necesita. Y el caso es que estuvieron, como también lo estuve yo cierta vez que Ángel necesitó mi ayuda una mañana, una mañana épica: la de un cierto jueves.





Como cuando fui con mi por aquel entonces recién amigo César a Sevilla. De lo cual no me arrepiento en absoluto, pues el haber ido, aunque parezca una estupidez, nos unió y bastante. No fue poco lo que hablamos en el viaje. Compartimos ideas, debatimos mucho, nos fuimos conociendo y llegué a la conclusión de que iba a tener una cierta historia con ese chaval. Ese chaval que ahora vive en el que el año pasado fue mi piso es un gran chaval, y un gran amigo mío. Fue un gran aporte por parte de Ian.



Las veces en que María (Vasi) me ha aconsejado sobre tal o cual asunto han sido tantas que apenas podría enumerarlas. Gabri siempre ha tenido el apunte oportuno en el momento exacto, y lo cierto es que no siempre estaban los dos, ella y él, de acuerdo en lo que decían. No ha sido precisamente poco lo que he aprendido con ésta pareja a la que he visto de mil y una maneras: peleándose, discutiendo, abrazándose, cansados o con ganas de fiesta. Os tengo mucho aprecio, lo sabéis. A María en concreto he de agradecerle que me hiciera de comer varias veces, que mostrara atención por mi blog (siempre fiel) y, en definitiva, que se haya portado así de bien conmigo. Me has demostrado que eres una gran persona, y mi amiga.



Cuando Enrique nos planteó acabar su carrera prematuramente, para cambiar de objetivo, de metas, dejando todo lo conseguido hasta el momento, yo sólo pude desearle lo mejor, al igual que a Ian, quién ya se había ido desde el principio, y seguir dándole el sermón con que estudiara. Al final no te partí la cara por no aprobar, no creas que lo he olvidado. De hecho, no habría sido capaz de hacerlo.
De Ian no puedo decir nada sin evitar sonreír. Recuerdo con nostalgia aquellas conversaciones en torno a Mr. Wonderfull y lo que nos irritaba a ambos. Recuerdo también aquella bronca que le echó el conserje y el susto que nos dimos por ello. Recuerdo, y con muchas ganas, aquellas peripecias que hacíamos entre todos para no tener que pagar por jugar al futbolín. ¿Es que ya nadie recuerda eso?
Que hablemos poco no quiere decir que te olvide, amigo. Te tengo muy presente.

A éstos dos payasos les tengo mucho aprecio, y aunque no los tenga tan cerca como a Ismael y a Gabri, los tengo muy en cuenta. Siempre conmigo.




Recuerdo que María Ferrer y César en la fiesta de la primavera, allá por Abril, estuvieron hablando conmigo y me acabaron convenciendo de que, en cada momento, tenía que actuar según mis ganas, según lo que me apeteciera, y no según lo que en ese instante me pareciera correcto o no. Me alegro de aquello también. Como de las noches en el Alquimia con ellos dos, que marcaron un antes y un después.
Muchas de las cosas que en algún momento hice me han llevado a estar donde estoy, y eso, lo tengo en cuenta también.




El caso es que sentí ese calor cuando hacía frío. El caso es que me reí muchas noches y me lo pasé bastante bien, ya fuera celebrando un cumpleaños de otro, mi propio cumpleaños, o nada en especial, allí sentado en mi sofá con María y Gabri, o en el del piso contiguo hablando con Josega e Ismael. O con María en mi cuarto haciéndome una entrevista, una charla masisa en el Cuartel General que tantas veces sirvió como punto de encuentro. O en el 85, en donde disfruté mucho. O en el 82 con María Ferrer y Neiva, y a veces contando con la visita de algunos más.



A Ismael y a Gabri los he tenido más cerca que al resto, por ello los dejo para el final. Los platos a rebosando en el fregadero era un clásico en nuestro anterior piso, el 12, y como no podía ser de otro modo, así ha sido en el 29. Sinceramente, parte de mi bienestar este año ha sido condicionado por éstos dos personajes, de los cuales me siento muy orgulloso y me alegro mucho de que sean mis amigos. Me han apoyado, me han ayudado, y me han quitado la razón a veces, cosa que hay que agradecer por cierto, pues así funcionan las verdaderas amistades. Me he molestado con ellos, y ellos conmigo.Nos lo hemos pasado bien, y también hemos vivido momentos agrios en el piso, allí, entre cuatro paredes.
Hemos hecho tantas cosas que difícilmente llevo la cuenta. Con lo que me quedo, si tuviera que ser con una sola cosa: con las risas, con esas risas entre nosotros tres, con esos domingos que se repetían, como el año pasado. Como cuando Gabri ya vivía con nosotros aun sin compartir los gastos de luz y agua: de cuando dormía en el sofá y no en la habitación individual.



A Jessi la conocí tarde en comparación con el resto, pero reconozco que también me ha ayudado bastante. Ayudar no siempre consiste en tener una respuesta oportuna para algo que se torna impreciso: ayudar es, a veces, saber qué decir, saber tener una sonrisa cuando en mi rostro no la había, o simplemente, reír sobre un macuto que estaba más tiempo en el suelo del salón que en la espalda del dueño. Son solo algunas tonterías las que recuerdo haber comentado contigo, pero es mucho lo que saco en claro. Este último mes has sido prácticamente como de mi familia, y he hablado más contigo que con muchos de mis amigos. Me has aportado mucho tú también, y te echo mucho de menos. Espero que el curso próximo vengas a visitarnos mucho a Eva y a mí, pues, al menos nosotros, no te vamos a olvidar.



He salido de fiesta tanto o más que el año pasado, he gastado mucho dinero y muchas ganas en eso, hasta hartarme de hecho. Así como también he gastado esfuerzos en estudiar y obtener de nuevo mi beca. Ha sido un curso que, como el anterior, deja huella. 
Sin embargo, aun pasándomelo bien y disfrutando, no fue hasta llegado un preciso momento cuando comencé a sentirme realmente cómodo: realmente yo. Y, aun reconociendo que el anterior marcó un antes y un después en mí, éste lo hace de manera aún más fuerte.



Recibimos la visita de algunos amigos, me robaron la bici, recogimos un sofá de la calle que nos ha hecho compañía durante todo el curso. Tuvimos algunos pleitos con el conserje, con la administración de la residencia, a Ismael se le perdió la cartera y fue a buscarla a no sé dónde.
Lo de comer en cafetería hasta agotar los bonos lo hacemos cada mes, y, con ello, siempre la misma historia: siempre acabamos discutiendo con Tamara o Chiqui sobre si nos puede cambiar el postre.
¿Alguien se acuerda de aquella vez en la que mi colega Fernando invitó a una ronda de chupitos en Alquimia? ¿Y las noches en las que venía Jose para salir con nosotros? ¿Y lo que nos reíamos con Jose Gabriel? Estas fotos encierran mucho más que eso.

Esta foto en la barra de nuestro mítico bar, de algo que encierra una religión que comparto con mis hermanos Enrique y César, nos la hizo el que trabaja allí.



No han sido pocas las veces en las que hemos ido a jugar al futbolín a Plutarco. Cada vez que veo la foto de la cerveza y del corte de manga se me vienen a la cabeza las cajas de cerveza que hay en mi patio, y el cómo acabamos optando por llevarlas desde allí hasta la residencia sigue siendo un misterio. Será cosa de la cerveza, o de las ganas de reírnos.



Nos tuvimos que ayudar los unos a los otros, y hasta guardarnos las espaldas en ocasiones, cosa que seguimos haciendo pase lo que pase. ¿Qué no hemos hecho en realidad? Esa sería una mejor forma de plantear el asunto, pues esas son sólo algunas anécdotas de éste curso. Son sólo algunos apuntes que a bote-pronto extraigo, para dejar constancia de que las fotos de Álvaro en Atlantis, Gold y demás, bailando con la copa apoyada entre el hombro y la oreja hacen referencia a algo más que a un grupo de estudiantes desastrosos y sus colegas.


De manera progresiva fui abandonando ciertos hábitos para adquirir otros en consecuencia. Cada vez, me vi más en las palabras de Tote King: "(...) estoy solo pero lleno, como el cenicero del estudio". Me comprendía en mi incomprensión, y leer me aportó lo que no me aportó salir. J.D. Salinger, Kafka, Michael Ende, Freud, Hume, Descartes, el propio Platón, Aristóteles, etc. Libros sobre estética apilados en mi mesa, de mi profesor Luis y otros como el de Franzini o Jauss, también Diderot, y hasta poesía: Salinas, por ejemplo. Mucha lectura, muchos papeles con anotaciones mías escritas, quizá para ocupar aquellos vacíos que asignaturas de relleno y ciertas desventuras con profesores y demás personas estaban produciéndome en el primer semestre; y mucha música, de la mano de Coldplay, Dire Straits, la banda sonora de Forrest Gump, de Spiderman, Hans Zimmer, Bob Dylan, Gary Moore, el nuevo disco de Eminem, entre tantos.
Conversaba con quienes se prestaban, pero con frecuencia las conversaciones no llegaban a buen puerto: acababa cansando al personal, o acababan por mostrarme su disgusto. Mucha lectura que, casi por casualidad, me hicieron conocer un buen día a quien hoy me complementa en gran medida. Mucha música que, finalmente, logré compartir con quien tenía para mí guardadas ganas y buenos deseos.

 Y quizá sea por ello por lo que más me ha marcado: porque extraigo de él mucho más que fotos y recuerdos. Tengo conmigo, además de mis siempre amigos, a algo que además de debatir conmigo sobre Diderot, de mostrar su insatisfacción con respecto a la definición platónica de una línea recta, de acabar por entender a un autor como es Hohfeld de tanto ayudarme a aprender el famoso cuadro del derecho, y de traerme como un loco detrás de conchas y de cangrejos por la playa de en frente de mi casa; me invitó en su momento, desde un principio, a la dichosa hamburguesa que yo no paraba de mencionar, sorprendiéndome, dejándome boquiabierto, pues pocas veces tienen a uno tanto en cuenta. Pocas veces la fortuna le sonríe a uno de ésta manera. Pocas veces uno tiene la opción de aferrarse al verde, de perderse en esos ojos.



No creo en casualidades, creo en una causalidad que se muestra oculta y que aparece ante nosotros con el paso del tiempo. Creo en la voluntad de las personas, y no creo en la incapacidad de ningún tipo. No creo que la vida se equipare a mera existencia. No creo tantas cosas que ya no sé ni qué creo. Creí de manera falsa, creí hasta más no poder, y precisamente, manifestando mi creencia, con un libro por delante, como es el de Mirar al que mira, y admirando la mentira que me abrazaba; me di con la realidad en los morros: me di con la esperanza, con el verde, con la verdad que estaba ahí, oyéndome, observándome, cada noche, y yo no era ni tan siquiera capaz de alcanzarla. Quizás fuera falta de valor, no de ganas, pero no era capaz de creer que era eso y no otra cosa lo que había que hacer. Si de algo me alegro es de eso: de ir una madrugada a ver las estrellas y traerme una conmigo. Y con ella, mi deseo.
Ya no me molesto en describir la felicidad en términos abstractos, ilusorios ni utópicos. Solo tengo que extender mi mano para que tomes mi dedo meñique.
Es mucho más divertido llevarlo a la práctica.



Es mucho más divertido disfrutar del curso, de las asignaturas que verdaderamente merecen atención, esfuerzos y constancia, (a pesar de los disgustos que me han traído algunas de éstas), en buena compañía. Así como de aquellas asignaturas que yo mismo me establezco, pues sin necesidad de estudiar Historia del Arte, lo hago; sin tener que estudiar libros de Literatura Universal, lo hago; y, me gusta hacerlo. Debatiendo y comentando lo aprendido, con quien ante todo guarda una actitud crítica que me hace avanzar, es como mejor se aprende. Como mejor aprendemos los dos.

¿Quién me iba a decir a mí esto? La verdad que así da gusto que sorprendan a uno.


Aunque en éstos últimos meses no haya salido de fiesta, y lo más que haya hecho haya sido estudiar con Eva en la sala de estudio, me he sentido pleno. Genial. Feliz. Es por lo que creo, muy consciente, que tengo mucho que agradecerte, cosa de la que me encargo siempre con gusto como sabes. He de agradecerte a ti, así como también a quienes me leen, a mis padres y a mi familia, los cuales me quieren, apoyan y pagan lo que consumo.



Somos lo que nos pasa, ya lo decía yo no hace demasiado. Somos lo que leemos, lo que escuchamos, los amigos que tenemos y los que no tenemos. Lo que algún día fuimos hoy da igual. Todo ésto es un viaje, a la deriva, y parece que nada nos detiene. ¿Qué más da eso? Lo que decidimos ser, tampoco viene al caso. Hoy soy el tema de Going Home de Dire Straits. Hoy me propongo ser yo mismo, o mejor dicho, seguir siéndolo. Seguir estudiando, viviendo de la forma en que lo hago, con mis hábitos, con mis costumbres, de ésta forma: estudiando y apreciando lo que muchas personas que me condicionan hacen por mí. Viendo el valor inherente en ellos. Sin tener en cuenta las opiniones que nada aportan. Aprendiendo a aprehender, que es como mejor se vive.
Hoy, en estos días, por fin, estoy de vuelta. Doy por finalizado éste segundo paseo, éste segundo viaje, en el que además de experimentar, sentir y pensar, también he aprendido. Estoy en casa.

Si algo he aprendido es que hay que tener siempre cuidado con las puertas, pues algunas chirrían, y lo que es peor: quedan entre-abiertas. Si algo he aprendido, de la misma forma, es a desprenderme de aquello que ya no es necesario.
Para terminar: si algo he aprendido es que, con independencia a si es un año más diferente o más semejante al anterior, los hay más decisivos, así como los hay también que pasan casi sin que nos demos cuenta. He de decir que éste ha sido uno de los decisivos. Uno de los que uno no olvida con facilidad, y de los que arrastra siempre un buen recuerdo. Uno de los que, como pasa con la estética, después de haberlo estado observando durante horas, uno se vuelve a detener para echar un último vistazo, incapaz de dejar de tenerlo en cuenta. Incapaz de ser sin eso: entendiendo que la suma de uno más uno es indudablemente uno, pero un uno más viejo y más consecuente que el primero. Un Uno con mayúsculas, que asimila lo aprendido por las dos partes.
Un segundo, y además, memorable paseo.






Gracias a todos los mencionados, y a los que no menciono pero salen en las fotos. Así como a los que no menciono pero han ocupado parte en mí. Así como a todos a los que durante éste año les he dirigido la mirada, y con ella, mi vida.
Gracias a todos.






lunes, 2 de junio de 2014

"Y mientras tanto, nuestro rey abdica".


Mientras vamos desarrollando nuestras plenas capacidades, o, en su defecto, pensando que podemos hacerlo, vamos entendiendo un poco mejor de qué va todo ésto. Conforme vamos viendo cómo algunas personas que prometieron venir para quedarse se van, comprendemos que la muerte no existe en contraposición a la vida, sino que forma parte de ella. Cuando perdemos el contacto con unos y otros, y recobramos algunas de las amistades que parecían estar sepultadas bajo una capa de cualesquiera razones, entendemos que hay realmente llamas que son eternas. Todo ésto, la suma de las partes que genera una causa última, además forma en su conjunto una parte esencial: solo está vivo aquello que alguna vez nació, y como tal, en algún momento ha de morir. De no ser así, no viviríamos, con todo lo que eso conlleva. Con todo lo bueno, con todo lo malo.

Y es curioso, pues el fin es para todos el mismo, por extraño que pueda parecer a simple vista. El fin biológico, la muerte; el fin como meta, el llegar a ser feliz. ¿No estás de acuerdo?
Todos soñamos con lo mismo, solo que, le damos una forma distinta, a mi parecer. Al mío y al de muchos más filósofos, y no tan filósofos. Gente de a pie también lo piensa. Gente que no distingue la filosofía de la simple retórica, el entender del comprender, o el aprender del aprehender.
Se torna sencillo: no hay que ser Aristóteles para abstraer dicha idea. De la misma forma en que no es preciso ser Julio Cortázar para saber que los relojes de mecanismo clásico se atrasan.
Cada cual la suya: cada uno entiende la felicidad de una manera, la experimenta de una forma, se experimenta en ella, y disfruta en ilusionar la misma: hay quien la encuentra ensimismándose (como los filósofos), y quien la encuentra regocijándose en su soledad y su nostalgia (más propio de los poetas). Se la puede ver, pero no con los ojos. En una mirada que carece de expresión, pues en la medida en que miramos, desaparece. Ansiamos echarle el guante a ésta liebre, pues, después de todo, sabemos que de ilusiones no se vive: con ilusiones soñamos, pero vivir, lo que es vivir, no se vive. Sea en forma de casa en la playa, con un gato, con una familia o sin ella, con un coche o con una bicicleta y un jardín. Con una chica, o con un chico. Con muchos niños, o con sólo uno. Con libros por todas partes o con televisores en donde ver vete tú a saber qué. Con mil y una cosas o sin ninguna de ellas: en un barril como Diógenes Laercio, o con un imperio inmenso y poderoso como el de Alejandro. Con altavoces con música clásica, con música de cualquier tipo, o con esa que provoca dolores de cabeza tormentosos. ¿Costa o paisaje de interior? Varían los medios, no los fines.

De hecho, ¿acaso no es cierto que vamos siendo y des-siendo en el transcurso? Dice Diderot en cuanto al genio: "el hombre que lo quiere definir lo siente mejor que lo conoce". Lo sentimos, pero no lo sabemos, por decirlo de alguna forma. Vamos avanzando, y en el avance, vamos dejando de ser lo que en algún momento fuimos. O volviendo a serlo. En nuestro fin está nuestro principio, pero esto se halla a la completa deriva. Siendo y des-siendo. Pero cuidado: solo progresa quien no está vinculado exclusivamente a lo que ayer era, preso para siempre en ese ser que ya es. Se progresa viviendo con cosas que adquirimos con suma delicadeza, y también, desechando muchas de las mismas, arrojándolas al cajón de la indiferencia. Otras se pierden en el olvido, (y digo perderse y no eliminarse, pues en algún momento son susceptibles a ser recuperadas) queramos o no.
Unas veces volvemos a rehacer el camino en busca de algo concreto, otras muchas acabamos por olvidar por entero las causas que nos llevaron hasta éste lugar, al modo de Cobb en Origen cuando termina por olvidar quién es él, en el limbo. Una sucesión de causas explicaría el porqué de que hoy hagas ésto y no lo otro, de que estés aquí y no en cualquier otra parte. Muchas de esas causas son condicionadas, y no son elecciones propias. Pues, realmente, ni el pasado es por entero tal cosa, ni el presente es completamente un ahora inamovible.

Siempre existe un pero, la condición cortapisa: la circunstancia que colorea o provoca la ausencia de color en la obra de arte. La que libera o encierra. La que desata o atrapa. La que actúa como presa y la que nos convierte a nosotros en su presa.
El pincel o la brocha con la que pintar con mayor o menor sutileza ese cuadro. Cuadro en el que algunos pintarán un bosque, y otros un mar. En el que algunos transmitirán tristeza, y otros alegría. Y el que, llegado el caso, unos venderán para pagar el alquiler y llegar a final de mes, y otros, después de adquirirlo, colgarán encima de su sofá para admirarlo de cerca.


Mientras tanto, mientras seguimos cuestionando qué hace el gobierno por nosotros y el por qué no está más de uno ya entre rejas; mientras seguimos desconociendo la situación de nuestra democracia, mientras seguimos sin tener claro cuánto nos resta Hacienda si ganamos el bote de Pasapalabra, la razón de ésto, y el lugar en donde se dedican dichos fondos. Mientras todo eso, nuestro rey abdica. Y nos preguntamos entonces, ¿para bien o para mal? ¿Será significativo el cambio o será insignificante?











miércoles, 14 de mayo de 2014

"¿Para celebrar el qué?"


"Las cosas de las que más hablan los hombres son, normalmente, las que menos conocen, y que tal es, entre muchas otras, la naturaleza de lo bello". - Denis Diderot.

No se equivocaba Diderot el pronunciar estas palabras en su magistral Escritos sobre arte, (el cual, so pena, ya no editan).
Solemos hablar más sobre aquello que desconocemos, y no debería resultar demasiado extraño el hecho. Es, después de todo, algo usual: bastante normal. Lo anormal, el problema preocupante, aparece más tarde, una vez ya hemos comenzado a discutir el hecho. Una vez ambos contrincantes permanecen mirándose, cuando nace de ellos la desgana, se hace patente la pérdida de aliciente, y, como consecuencia: abandonan la contienda, para ocuparse de otros quehaceres más acordes con la actualidad boba en la que nos distendimos. Bombardeo de estereotipos constante. Estereotipos que se imponen casi como la religión de nuestra época, promovidos por programas en los que se comete un abuso del lenguaje al referirse a cierta gente llamándolos "Mujeres y Hombres", ¿acaso son tal cosa?, ¿acaso sabían éstos qué significaba "viceversa" antes de sentarse en esas sillas a decir tonterías de manera remunerada? Considero el hecho, pero me cuesta creerlo.
Todo va de hábitos que confunden, o en palabras de Nietzsche, transvaloración de los valores, que logran que hasta un pulpo que juega a someter el azar a fin de determinar el resultado de un partido de fútbol logre mayor audiencia que un telediario. Videojuegos que absorben, educación que maleduca, y hechos sorprendentes, como el de que miles de periodistas estén en paro y, mientras tanto, cierta mujer ex-esposa de un torero meriende en el plató de televisión alegando a berridos que sabe de lo que habla. ¿Sabe acaso ésta señora leer aquello que ha escrito? Aquello que en pocos días ya era best-seller, por cierto.

Qué poco gusta la reflexión, sustentar la misma. Cuánto encanta el desorden, el desapego a la literatura, al arte de leer en general, al del entendimiento, y permanecer al margen de lo que suponga elaborar una opinión concisa, clara, argumentada, desarrollada.

"¿Es bello porque gusta, o gusta porque es bello?" se pregunta el autor de Escritos sobre Arte, glosando a San Agustín. Curiosa pregunta cuando menos. Difícil respuesta. Es decir, Diderot plantea la belleza bien con existencia independiente a nuestro conocimiento de ella, o como algo que necesariamente conocemos y que, además, nos produce un sentimiento de placer hacia la misma. Habrá quien piense que es necesario saber que existe, y una vez sea ésto, establecer un juicio sobre el mismo, de agrado o desagrado, para, en el mejor de los casos, (en el que nos parece bello efectivamente), concluir con un "nos gusta". Habrá, por su parte, quien afirme que con independencia de nuestro conocer sobre ello, ya es bello por sí: no es necesario que lo conozcamos, lo es per sé. Y, lamentablemente, habrá quien ante la difícil cuestión no menos precisa, sonreirá y concluirá con una aseveración típica. Una conclusión muy por debajo de lo esperado. Y, entre tanto, sigue pasando el tiempo.
Sucede con ésto, como con tantas otras cuestiones de la misma índole -no teniendo por qué ser cuestiones filosóficas y abstractas todas ellas- que el hombre lo siente mejor que lo conoce, y no lo expresa tan bien como lo piensa. En efecto, me refiero a quienes piensan, a quienes se detienen conmigo, y no a quienes nada más abrir esta página la cerraron al ver demasiadas letras. Si has llegado hasta aquí leyendo, te enorgullece.
¿Hay por ello que acusar a la filosofía de algo en concreto? ¿Hay que, como propone el gobierno, erradicarla del sistema? Muy al contrario: hay que fomentar lo que mi profesor de Estética dijo una vez: pensar es hacer pensar.

Quizá suceda que se esté perdiendo el sentimiento de sutileza, el arraigo a la literatura, el llegar a creer que pueden peinarse las nubes y colorear el cielo. Así como un pensamiento llena una inmensidad, también es para William Blake posible ver el infinito en la palma de la mano, y la eternidad en tan sólo una hora. Una hora llena de aquellos pequeños pedacitos de tiempo a los que aludía El Principito. El corazón de Du Bos que se agita, lo hace al ver algo de efectuado por Picasso, Kandinsky o Pollock,  y no por garabatos que hacen niños pequeños, como creen muchos adultos.
Arte no es cualquier cosa, pues, muy al contrario, pocos saben transmitir lo que Goya representando a Saturno devorando a uno de sus hijos, o lo que Warhol con su estilo. O lo que García Márquez recibiendo el Nobel. 

Arrastramos lo que otros en su momento fueron, hicieron, o quisieron ser. Ya decía Ortega en Historia como sistema que "el hombre es lo que le ha pasado, lo que ha hecho", y añade a ésto muy ciertamente: "sólo progresa quien no está vinculado a lo que ayer era, preso para siempre en ese ser que ya es". ¿En algún momento dejaremos de lado toda ésta absurdez, toda ésta manera de ser virulenta que corrompe la existencia y nos despoja de toda aspiración más allá de la televisión, de la literatura para imbéciles, y del desfase?
A veces, cuando gente cercana a mí organiza fiestas, me pregunto: ¿para celebrar el qué?


sábado, 3 de mayo de 2014

"Y una vez llegue el ocaso, aferrarse al verde".


No podemos detener el tiempo por más que le quitemos las pilas al reloj, por más que aguantemos las manecillas. Acabará por desesperarnos el hecho. Sí que creemos poder detenernos nosotros en él, no siendo ésto cierto. ¿Somos realmente capaces de detener nuestro movimiento? Nadamos en el incesante mar del devenir, de un vaivén que jamás se detiene, por más que de manera física nos quedemos completamente estáticos. Lejos de poder decidir nosotros por él, nos arrastra, bien hacia la orilla, bien hacia alta mar. Dormidos o despiertos, soñamos. Tumbados o en pie, reflexionamos. Y, cuando nos venimos a dar cuenta, el resultado es de fortuna o desgracia.

Nuestra vida se sustenta en una serie de creencias, según Ortega y Gasset. Dentro de éstas creencias, creamos nuestras propias ideas, las construimos con unos más o menos sólidos cimientos, siendo éstas sobre las que discutimos, pensamos, reflexionamos, y las que cuestionamos cuando algunas cosas no van del todo bien, o, al menos, no como nos gustaría. Cuando la inercia nos ha llevado al final de la cuesta. Las ideas las tenemos, mientras que las creencias, las somos. Mientras que el lenguaje es el vehículo del pensamiento, las creencias son el papel en el que escribir nuestra vida, por decirlo de alguna forma.

Ahora bien, ¿qué pasa cuando las ideas reveladas hasta el momento no parecen ser lo que esperábamos?  ¿Qué pasa cuando, muy al contrario de como se pensaba, ambos placeres son capaces de solaparse y llenarnos del todo? Podemos seguir aferrándonos al destino, confiar que en algún momento y por arte de magia, todo cambiará para mejor. Podemos también mantener conversaciones con un ser supremo, o con un secretario del mismo, y contarle lo que nos pasa a fin de que nos ayude. Podemos tumbarnos en la cama a quejarnos de la política sin siquiera conocer qué plan tiene ésta.
Podemos hacer tantas cosas que no conducirán a ninguna parte que, si se me permite, abandonaré el discurso en ese sentido. Bien, sin embargo, podemos tomar las riendas y tomar con fuerza lo que sí está en nuestras posibilidades: podemos luchar por lo que tenemos delante. Podemos arriesgar. Ante la peculiar disyuntiva surge la reflexión. Creo que, en mi caso, aun sin dejar de meditar, ya he tomado una decisión.

Sin ir más lejos, esa vacuna que nos salva contiene parte del virus, como pasa en el amor.
Hemos de dar para recibir. Hay que arriesgar para ganar. Podemos tomar el carpe diem como lo que significaba para los romanos, y no como lo que hoy se interpreta por quien lo promulga: como un atrapa el día, logrando algo de provecho del mismo; y no como un atrapa el exceso que de razones para echarse a la mala vida, sujeto de falsas opiniones, muchas drogas, y mala vida. Mera existencia vacía, lejos de una existencia auténtica.

Somos recipientes que se nutren de lo que nos pasa. Lo que nos pasa está muy ligado a las creencias que somos, a las ideas que reproducimos. A quienes nos acompañan en éste u otro viaje. A lo que llevamos consigo, a lo que dejamos atrás. A lo que valoramos. Y es que, a veces, el problema está en cierta incapacidad de valorar lo que realmente merece valor, aprecio, estima. La claridad es la cortesía del filósofo, y hoy, preciso ser lo más cortés posible con quienes me importan.
Hay que hacerse con un microscopio para ver los microorganismos, hay que graduarse la visión para poder ver correctamente. Tenemos que caminar mucho para, una vez el ocaso recaiga sobre nosotros y nos observe, y nosotros le observemos a él, podamos decidir: podamos aferrarnos a la esperanza, reflejada en unos ojos. Podamos ver en un color, en el verde, una total e ilógica sensación, que lejos de desesperar, ampara. Hay que abandonar ciertas ideas para ver, para darnos cuenta, de que realmente algo que hasta el momento pasaba desapercibido, merece la pena.


Puedo prometer y prometo, decía Adolfo Suarez. Puedo prometer, y pretendo cumplir, digo yo. Prometer es sencillo: la dificultad de las mismas es el llevarlas a la práctica. Situémonos por encima de cualquier promesa.



jueves, 24 de abril de 2014

"El sueño de cualquier niño, la desgracia de cualquier adulto".


Lo usual que hace alguien al salir del cine tras ver una película del superhéroe que a mí desde pequeño consiguió que me brillaran los ojos e hiciera gestos extraños con las manos apuntando a cosas para ser como él, es pensar que ese protagonista, ese adolescente, es todo un afortunado. ¿Qué más se puede pedir siendo Spiderman? ¿Quién no querría ser como él? Es el sueño de cualquier niño, niño con el que, todo sea dicho, me identifico. Él lanza telas de araña, tiene una fuerza sobre humana, trepa paredes, es admirado por todos, y no hablemos de su espectacular traje.

Todo lo anterior es relevante, pero hay algo que cuando uno es pequeño (y a veces no tan pequeño) se le escapa. Algo que no somos capaces de atrapar, como le pasó al propio Spiderman con una de las telas de araña que lanzó en el final de la última película de la saga Amazing, y es que: tras ese traje, hay una persona con sentimientos, quehaceres, y en general, con una vida por realizar. Vida que de hecho se le escapa más que a todos nosotros. Con responsabilidades, con inquietudes añadidas de manera injusta: el hecho de ser quien es le lleva a sacrificar parte de su vida personal en detrimento del cargo que le toca ocupar, que le viene impuesto casi por un fatal destino: debe servir a la sociedad de manera altruista, sin ánimo de lucro, pues, un gran poder conlleva una gran responsabilidad. Con ésto completo algo dicho anteriormente, y es que: es el sueño de cualquier niño, y la desgracia de cualquier adulto. Pues, ¿hasta qué punto merece la pena?

Éste superhéroe se ha criado huérfano. Ha visto morir a su tío, que era como su padre. Y no son éstas únicas muertes que presencia. Ha perdido a muchas de sus amistades, ha tenido que luchar contra su propio interés, ha tenido que dejar pasar todo cuanto quería por mantenerse firme en su cargo como defensor del bien. No puede llevar una vida normal, constantemente está pendiente del crimen, azotado. Tiene tres momentos de alegría por cada diez de delitos que ha de socorrer y los cuales ponen en juego su vida, y la de los suyos, que continuamente se ven infectados por ese pacto de responsabilidad con la sociedad que, a pesar de que no aparezca firmado en ninguna parte, está, y se sostiene por sí solo. ¿Acaso tú no esperarías que Spiderman te salvara? ¿Acaso no se lo echarías en cara si no lo hiciera? Él ha de hacerlo, dándonos igual su vida, por egoísta que pueda parecer. Se lo exigimos, porque es un superhéroe.


La realidad, ésta en la que nos encontramos, es bien distinta a la ficción, a la que, sin duda, supera. Es de ésta realidad que ante nosotros tenemos de la que se alimenta nuestro subconsciente, las películas, la literatura, y de la que se nutren nuestros sueños. Es en ésta realidad donde se encuentran los héroes de los adultos, los verdaderos héroes, aquellos que actúan a rostro descubierto, exponiéndose ante el peligro, y sin sentido arácnido que les alerte. Ésta y no otra es la que hace realidad el sueño de esos niños, y se inventa a una persona capaz de combatir el mal con estilo, lanzándose desde las alturas.
Anhelamos un mundo en el que todo resulta perfecto, ideal, porque, de alguna manera, viviendo en ésta realidad imperfecta sentimos que algo nos falta. Nos faltan superhéroes, así como supervillanos. Nos faltan alegrías, nos faltan penas. Siempre nos falta algo. Siempre. Ese algo que nos falta da sentido al caminar: de tenerlo todo, ¿en qué pensaríamos si no? ¿A quién admiraría un niño si ya tuviera los poderes de Spiderman? ¿Contra quién lucharía nuestro héroe si no tuviera contrincantes? ¿Para qué ver el fútbol si nuestro equipo gana siempre? ¿Qué sentido tiene que pretendamos algo y lo consigamos sin esfuerzos, sin pasos previos, sin tener que ansiarlo día tras día, anhelándolo, sintiendo que es nuestro, cada vez con más fuerza, tomando su mano y dejándola ir, cada vez con más arraigo, cada vez más seguros de nosotros mismos, sintiendo que es ese abrazo y no otro el que aspira a ser el último, seguros de que es eso lo que queremos y no otra cosa?
La vida es un constante perseguir, bien sea aquello que se escapa, o aquello que se deja atrapar. Los dioses para castigarnos nos conceden nuestros más ambiciosos deseos, privándonos de aspirar a ese algo más que constantemente se escapa y nos invita a seguir soñando. A seguir ansiando lograr nuestras metas.
Deseos que acaban desgraciándonos, como a Peter Parker, por fantástica que sea su vida a ojos de la inocencia de un niño, de un niño que no aprecia el peligro, ni el precio que ha de pagar aquel que se viste de rojo y azul y da saltos por ahí. Deseos que nos ahogan, como esas viviendas que muchos hoy no pueden costear con unos míseros sueldos. Deseos que, de cualquier forma, nos mantienen vivos.


Sin liebres que perseguir, no digo ya la vida, sino que: nada tendría sentido.






domingo, 13 de abril de 2014

"Y por más que unamos las manos, se nos escapa".


Siempre nadamos en un mar de dudas en el que nos resulta bastante fácil ahogarnos. La mayoría de las veces, al llegar al cruce de caminos, decidimos que otros tomen las decisiones por nosotros: es más sencillo culpar a otro que cargar uno mismo con el peso del resentimiento, del haberse resignado, del "pude y no quise" que tanto avasalla a veces y tantas contracturas nos suponen. Veces en las que, cuando lo hace, nos daña, nos hace caer y temblar. Una rendición que no resulta nada dulce. Un dolor que, al ser excesivo, se aleja de toda sensación placentera. Nos devuelve a la vida, dejando bien lejos el arrebato.
Cuando todo sucede de ésta forma, y cuando más cerca vemos esa luz que nos indica el final del trayecto, es, precisamente, cuando todo empieza.

Resulta hermoso lanzarse a alcanzar lo inalcanzable. Aquel fin del que pocas palabras están cerca de dar constancia de lo que es, y de la que ninguna dirá lo que es de manera exacta, jamás. ¿Acaso es algo tangible, determinado y exacto? Qué va. Aquello que, por más que juntamos las manos para que sobre nosotros recaiga, se nos escapa, sin ser capaces de mantenerlo ni un segundo: se escurre, discurre, como la arena propia de las playas de Cádiz, arena fina y clara que no se deja querer. Como una rana, como un saltamontes, que escapa. Resulta, pues, encantador el pretender hacernos con él, aun sin éxito. No nos desanima, en absoluto: precisamos de ello. Surge la risa. Sentimos que de ninguna manera consiste ese postergar en un final, ni mucho menos: es un nuevo comienzo. Un eterno volver a empezar con ánimo, que trasciende, que otorga significado a nuestro camino más o menos pedregoso en algunos momentos. Es una luz que nos guiará a casa, al modo de Coldplay en Fix You.

Esa emoción que nos da garantías de que andamos tras lo correcto se le reclama con frecuencia a los artistas. Y digo ésto aun sabiendo que, la mayoría de las veces, se realiza de manera inconsciente. Escuchamos música, leemos una novela, damos al play a una película, esperando de todo ello lo mismo: que nuestro pecho se aflija, trayendo tras de sí una profunda sensación. Esa sensación que equivale a luz, a la luz infinita y siempre lejana que por más que parece acercarse, se aleja. Una emoción que, ciertamente, no sabríamos decir si es hermosa o estremecedora; no sabemos si la odiamos, o si la queremos con fuerza. No sabemos nada, y lo sabemos todo: por nada del mundo queremos dejar de sentirlo, pero el sentirlo, nos avasalla, nos asusta. Estamos necesitados de emociones de ese tipo, y ellas de nosotros para existir: sin retos como ese una existencia vacía nos posee.

Claro que, corremos un riesgo común, y ya lo advertía Kandinsky: "no hay peor mal que la comprensión del arte". El placer de sentir sin consecuencias acaba por llegar a su fin. Acaba por cegarte la luz, comprendiendo el arte, despertándote del sueño, cayéndote del árbol, entendiendo las dudas, completando el puzzle. Acabamos por entender el todo, o parte de él, lo suficiente para verle sentido; y con el sentido, se deshace el velo de la inconsciencia, el de la ignorancia que nos hacía continuar: el misterio que convertía lo común en delicioso, de disipa. Se disuelve la magia.

Ya lo dije en otras ocasiones: quien persigue la verdad corre el riesgo de hacerse con ella. Es entonces cuando, de entre la maleza, aparece un cierto brillo, color esperanza.

martes, 1 de abril de 2014

"¿Huelga o juerga de estudiantes?"

El término "huelga" viene definido por la Real Academia Española como una "interrupción colectiva de la actividad laboral por parte de los trabajadores con el fin de reivindicar ciertas condiciones o manifestar una protesta". Pero, estoy prácticamente seguro de que si pregunto a varios de los que apoyaron la huelga sobre qué es lo que se reivindicaba exactamente, me contestarán cosas dispares o que no coincidan. ¿Por qué interrumpen la actividad educativa los profesores cuando la huelga está convocada por estudiantes? ¿Por qué se convoca la huelga los días miércoles y jueves, en vez de otros que perjudicarían menos? Los propios medios de comunicación no se aclaran sobre la causa exacta, y no hacen más que especular razones que giran en torno a la LOMCE, pero sin consenso entre ellos:

http://www.libertaddigital.com/espana/2014-03-24/indiferencia-ante-la-nueva-huelga-del-sindicato-de-estudiantes-1276513997/

http://www.rtve.es/noticias/20140212/sindicato-estudiantes-convoca-nueva-huelga-para-26-27-marzo/877320.shtml


http://www.sindicatodeestudiantes.net/index.php/documentos/analisis/articulos-de-analisis/1711-volvemos-a-las-calles-huelga-general-de-estudiantes-el-26-y-27-de-marzo

¿Gratuidad de las matrículas, libros de texto, transporte, ... ? Hasta a mí, que también padezco la reforma, me parecen unas exigencias cuando menos estúpidas. Prácticamente tan estúpidas como la LOMCE en sí, como toda la reforma. Y, ¿cómo se pide ésto? Pienso que quemar y destrozar el mobiliario público no es la mejor forma. El periódico 20 minutos aseguró que la jornada acabó con pocos incidentes. ¿Acaso tenía que haberlos necesariamente? Aun así, 50 detenidos en la Complutense me parece un número excesivo, y más teniendo en cuenta que la reivindicación es para mejorar la educación. Con actos como éste queda al descubierto la poca que tienen algunos, y la desfachatez con la que exigen que ésta misma se actualice cuando, en realidad, no piensan tomar parte en ella. ¿O acaso estáis dispuestos, vosotros que destrozáis las calles, a permanecer sentados frente a un profesor para seguir recibiendo clases de filosofía?

http://www.20minutos.es/noticia/2095537/0/huelga/educativa/recortes-alumnos/

Dijo cierto personaje, cuyo rostro siempre va oculto tras unas gafas de sol oscuras, unas sabias palabras en la conclusión de su libro más vendido: según él, molestar vende. Esto es algo que ya saben muchos, algo que saben tanto los propios políticos como los empresarios, y como cualquiera de a pie que se preste a atender a la situación. Por ello, no me extrañan nada gestos tan solidarios y bonachones como éste:

"El incidente, que no ha dejado ni heridos ni contusionados, ha durado "unos 30 segundos" y se han producido empujones y agresiones con palos de banderas, hasta que trabajadores de Coca-Cola y Telemadrid, junto con algunos de los estudiantes presentes, les han echado por su "actitud lamentable". Los alborotadores han increpado a los estudiantes y medios de comunicación al grito de: "Sois unos manipuladores, traidores y vendidos".

http://www.20minutos.es/noticia/2095537/0/huelga/educativa/recortes-alumnos/#xtor=AD-15&xts=467263


Respeto la posición de quienes quieran arremeter contra el mobiliario público, de quienes quieran tomar la huelga contra la reforma educativa como un medio para publicitar sus propias inquietudes e intereses aprovechando el gentío (a grito de abajo el régimen, ondeando banderas republicanas, recogiendo firmas para una asociación en defensa de animales, ...), o de quienes se limiten a entender la huelga como juerga, como día festivo, día propicio para organizar barbacoas si el tiempo acompaña o para no madrugar (ambos ejemplos me constan); pero, dentro de éste respetar, y sólo al despejar la ecuación, me da error: ¿por qué si yo respeto vuestro derecho a juerga no se respeta el derecho al resto de abstenerse? Es decir, se exige con fuerza el derecho a manifestarse, al apoyo por la causa, pero, por otra parte, se molestan estos rebeldes en escribir a los profesores para que no den clase a quienes sí que quieren asistir, cancelando las mismas. Si algún compañero quiere ir a clase, sea por la causa que sea -cosa que, al ser la huelga un acto voluntario, no debería de justificarse siquiera el porqué de querer asistir- ¿por qué no puede optar por ejercer su derecho? Lo más interesante de todo ésto (y lo que más me gusta, todo sea dicho) es lo solidario que son siempre éstos en contra de la reforma: allá que van "piquetes informativos" portando palos, gritando, con actitud agresiva y desafiante, para informarte -¿informarte?- sobre el asunto, por si te pasó desapercibido, simple y llanamente para que reconsideres tu actitud y entiendas que has de animarte y volver a casa a esperar hasta la hora de la manifestación, (si es que se te ocurre ir). Si en la Revolución Francesa los Sans Culottes vestían culotes, los revolucionarios de ahora visten pijama y babuchas de andar por casa.

"La primera de las dos jornadas de huelga ha arrancado con piquetes informativos para animar a los jóvenes a secundar la protesta, pero también se han producido altercados en la Universidad Complutense de Madrid, con quema de contenedores y barricadas."

http://www.20minutos.es/noticia/2095537/0/huelga/educativa/recortes-alumnos/#xtor=AD-15&xts=467263 


Algunos caraduras además aseguran que la huelga contó con casi un ciento por ciento de apoyo estudiantil, cuando eso es totalmente falso: sé de personas, de estudiantes de Universidad y de Secundaria, que quisieron ir a clase ambos días y no pudieron porque éstas estaban suspendidas. ¿Apoyaban la huelga? De ninguna manera. Solo que, el no asistir cuenta como "apoyo"; y así, teniendo en cuenta eso y añadiendo la solidaridad de los queridos "piquetes informativos" que no permitían el acceso a las mismas por las buenas, se alcanza dicha cifra de "apoyo".


Entre tanto, surge otra cuestión: ¿las fechas de la huelga son estipuladas al azar? ¡Dichoso azar! La pasada huelga de Noviembre, cuya temática coincidía con la presente LOMCE, también tuvo lugar de miércoles a jueves. Pese a ser muchos conscientes de que dichas fechas fueron aprovechadas por una espectacular mayoría para tomarlo como puente e ir a sus hogares de visita a modo de mini-vacaciones, no se ha reparado el hecho. ¿Qué pasa? Independiente a si abandonan la ciudad o no, independiente a si acuden estos oportunistas a las manifestaciones o no, el no asistir a clase cuenta como apoyo, por tanto, ¿qué más da lo que hagan? Ambas partes salen ganando: quienes defienden la causa alegan el porcentaje de apoyo estudiantil, y quienes directamente prefieren no asistir a clase o visitar sus hogares, eso hacen, y justifican el acto alegando acusaciones hacia la educación, acogiéndose a su derecho a juerga.
No se remedia en ésto, por tanto, pues les da igual: podrían celebrarse las manifestaciones un sábado. Podrían convocarse las huelgas de lunes a martes, o un sólo día, y en cualquier caso, no rompiendo la semana; pero, ¿qué más da? No interesa. Así mejor, y todos contentos. Todos, excepto quienes sí quieren ir a clase y salen perjudicados. Todos, excepto quienes han de reparar los daños en zonas comunes.



Estamos todos de acuerdo con que la reforma de la LOMCE es una auténtica basura, (¿para qué emplear eufemismos, palabras menos peyorativas, cuando la realidad es bien clara y precisa?) yo mismo lo afirmo. Estoy de acuerdo con casi todos los motivos de la huelga, con lo que discrepo es con la concepción y con el uso de la misma. Hay que evitar caer en la opinión general, en lo que dicen los medios que todo tergiversan, y en tantas otras cosas que amenazan la conciencia de aquel que ya de por sí tiene en sí una fuerza reivindicativa que le lleva a gritar cualquier cosa que se le preste.
A mi parecer hay formas y formas de llevar a cabo una mejora. Pienso que no estamos haciendo lo suficiente. Pienso, y por pensar corro el riesgo de ser objeto de críticas y de acusaciones, que los nuevos Sans Culottes deberían de quitarse el pijama, las lagañas, e ir a clase el viernes, que para reivindicarse ya tuvieron dos días.