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miércoles, 14 de mayo de 2014

"¿Para celebrar el qué?"


"Las cosas de las que más hablan los hombres son, normalmente, las que menos conocen, y que tal es, entre muchas otras, la naturaleza de lo bello". - Denis Diderot.

No se equivocaba Diderot el pronunciar estas palabras en su magistral Escritos sobre arte, (el cual, so pena, ya no editan).
Solemos hablar más sobre aquello que desconocemos, y no debería resultar demasiado extraño el hecho. Es, después de todo, algo usual: bastante normal. Lo anormal, el problema preocupante, aparece más tarde, una vez ya hemos comenzado a discutir el hecho. Una vez ambos contrincantes permanecen mirándose, cuando nace de ellos la desgana, se hace patente la pérdida de aliciente, y, como consecuencia: abandonan la contienda, para ocuparse de otros quehaceres más acordes con la actualidad boba en la que nos distendimos. Bombardeo de estereotipos constante. Estereotipos que se imponen casi como la religión de nuestra época, promovidos por programas en los que se comete un abuso del lenguaje al referirse a cierta gente llamándolos "Mujeres y Hombres", ¿acaso son tal cosa?, ¿acaso sabían éstos qué significaba "viceversa" antes de sentarse en esas sillas a decir tonterías de manera remunerada? Considero el hecho, pero me cuesta creerlo.
Todo va de hábitos que confunden, o en palabras de Nietzsche, transvaloración de los valores, que logran que hasta un pulpo que juega a someter el azar a fin de determinar el resultado de un partido de fútbol logre mayor audiencia que un telediario. Videojuegos que absorben, educación que maleduca, y hechos sorprendentes, como el de que miles de periodistas estén en paro y, mientras tanto, cierta mujer ex-esposa de un torero meriende en el plató de televisión alegando a berridos que sabe de lo que habla. ¿Sabe acaso ésta señora leer aquello que ha escrito? Aquello que en pocos días ya era best-seller, por cierto.

Qué poco gusta la reflexión, sustentar la misma. Cuánto encanta el desorden, el desapego a la literatura, al arte de leer en general, al del entendimiento, y permanecer al margen de lo que suponga elaborar una opinión concisa, clara, argumentada, desarrollada.

"¿Es bello porque gusta, o gusta porque es bello?" se pregunta el autor de Escritos sobre Arte, glosando a San Agustín. Curiosa pregunta cuando menos. Difícil respuesta. Es decir, Diderot plantea la belleza bien con existencia independiente a nuestro conocimiento de ella, o como algo que necesariamente conocemos y que, además, nos produce un sentimiento de placer hacia la misma. Habrá quien piense que es necesario saber que existe, y una vez sea ésto, establecer un juicio sobre el mismo, de agrado o desagrado, para, en el mejor de los casos, (en el que nos parece bello efectivamente), concluir con un "nos gusta". Habrá, por su parte, quien afirme que con independencia de nuestro conocer sobre ello, ya es bello por sí: no es necesario que lo conozcamos, lo es per sé. Y, lamentablemente, habrá quien ante la difícil cuestión no menos precisa, sonreirá y concluirá con una aseveración típica. Una conclusión muy por debajo de lo esperado. Y, entre tanto, sigue pasando el tiempo.
Sucede con ésto, como con tantas otras cuestiones de la misma índole -no teniendo por qué ser cuestiones filosóficas y abstractas todas ellas- que el hombre lo siente mejor que lo conoce, y no lo expresa tan bien como lo piensa. En efecto, me refiero a quienes piensan, a quienes se detienen conmigo, y no a quienes nada más abrir esta página la cerraron al ver demasiadas letras. Si has llegado hasta aquí leyendo, te enorgullece.
¿Hay por ello que acusar a la filosofía de algo en concreto? ¿Hay que, como propone el gobierno, erradicarla del sistema? Muy al contrario: hay que fomentar lo que mi profesor de Estética dijo una vez: pensar es hacer pensar.

Quizá suceda que se esté perdiendo el sentimiento de sutileza, el arraigo a la literatura, el llegar a creer que pueden peinarse las nubes y colorear el cielo. Así como un pensamiento llena una inmensidad, también es para William Blake posible ver el infinito en la palma de la mano, y la eternidad en tan sólo una hora. Una hora llena de aquellos pequeños pedacitos de tiempo a los que aludía El Principito. El corazón de Du Bos que se agita, lo hace al ver algo de efectuado por Picasso, Kandinsky o Pollock,  y no por garabatos que hacen niños pequeños, como creen muchos adultos.
Arte no es cualquier cosa, pues, muy al contrario, pocos saben transmitir lo que Goya representando a Saturno devorando a uno de sus hijos, o lo que Warhol con su estilo. O lo que García Márquez recibiendo el Nobel. 

Arrastramos lo que otros en su momento fueron, hicieron, o quisieron ser. Ya decía Ortega en Historia como sistema que "el hombre es lo que le ha pasado, lo que ha hecho", y añade a ésto muy ciertamente: "sólo progresa quien no está vinculado a lo que ayer era, preso para siempre en ese ser que ya es". ¿En algún momento dejaremos de lado toda ésta absurdez, toda ésta manera de ser virulenta que corrompe la existencia y nos despoja de toda aspiración más allá de la televisión, de la literatura para imbéciles, y del desfase?
A veces, cuando gente cercana a mí organiza fiestas, me pregunto: ¿para celebrar el qué?


sábado, 3 de mayo de 2014

"Y una vez llegue el ocaso, aferrarse al verde".


No podemos detener el tiempo por más que le quitemos las pilas al reloj, por más que aguantemos las manecillas. Acabará por desesperarnos el hecho. Sí que creemos poder detenernos nosotros en él, no siendo ésto cierto. ¿Somos realmente capaces de detener nuestro movimiento? Nadamos en el incesante mar del devenir, de un vaivén que jamás se detiene, por más que de manera física nos quedemos completamente estáticos. Lejos de poder decidir nosotros por él, nos arrastra, bien hacia la orilla, bien hacia alta mar. Dormidos o despiertos, soñamos. Tumbados o en pie, reflexionamos. Y, cuando nos venimos a dar cuenta, el resultado es de fortuna o desgracia.

Nuestra vida se sustenta en una serie de creencias, según Ortega y Gasset. Dentro de éstas creencias, creamos nuestras propias ideas, las construimos con unos más o menos sólidos cimientos, siendo éstas sobre las que discutimos, pensamos, reflexionamos, y las que cuestionamos cuando algunas cosas no van del todo bien, o, al menos, no como nos gustaría. Cuando la inercia nos ha llevado al final de la cuesta. Las ideas las tenemos, mientras que las creencias, las somos. Mientras que el lenguaje es el vehículo del pensamiento, las creencias son el papel en el que escribir nuestra vida, por decirlo de alguna forma.

Ahora bien, ¿qué pasa cuando las ideas reveladas hasta el momento no parecen ser lo que esperábamos?  ¿Qué pasa cuando, muy al contrario de como se pensaba, ambos placeres son capaces de solaparse y llenarnos del todo? Podemos seguir aferrándonos al destino, confiar que en algún momento y por arte de magia, todo cambiará para mejor. Podemos también mantener conversaciones con un ser supremo, o con un secretario del mismo, y contarle lo que nos pasa a fin de que nos ayude. Podemos tumbarnos en la cama a quejarnos de la política sin siquiera conocer qué plan tiene ésta.
Podemos hacer tantas cosas que no conducirán a ninguna parte que, si se me permite, abandonaré el discurso en ese sentido. Bien, sin embargo, podemos tomar las riendas y tomar con fuerza lo que sí está en nuestras posibilidades: podemos luchar por lo que tenemos delante. Podemos arriesgar. Ante la peculiar disyuntiva surge la reflexión. Creo que, en mi caso, aun sin dejar de meditar, ya he tomado una decisión.

Sin ir más lejos, esa vacuna que nos salva contiene parte del virus, como pasa en el amor.
Hemos de dar para recibir. Hay que arriesgar para ganar. Podemos tomar el carpe diem como lo que significaba para los romanos, y no como lo que hoy se interpreta por quien lo promulga: como un atrapa el día, logrando algo de provecho del mismo; y no como un atrapa el exceso que de razones para echarse a la mala vida, sujeto de falsas opiniones, muchas drogas, y mala vida. Mera existencia vacía, lejos de una existencia auténtica.

Somos recipientes que se nutren de lo que nos pasa. Lo que nos pasa está muy ligado a las creencias que somos, a las ideas que reproducimos. A quienes nos acompañan en éste u otro viaje. A lo que llevamos consigo, a lo que dejamos atrás. A lo que valoramos. Y es que, a veces, el problema está en cierta incapacidad de valorar lo que realmente merece valor, aprecio, estima. La claridad es la cortesía del filósofo, y hoy, preciso ser lo más cortés posible con quienes me importan.
Hay que hacerse con un microscopio para ver los microorganismos, hay que graduarse la visión para poder ver correctamente. Tenemos que caminar mucho para, una vez el ocaso recaiga sobre nosotros y nos observe, y nosotros le observemos a él, podamos decidir: podamos aferrarnos a la esperanza, reflejada en unos ojos. Podamos ver en un color, en el verde, una total e ilógica sensación, que lejos de desesperar, ampara. Hay que abandonar ciertas ideas para ver, para darnos cuenta, de que realmente algo que hasta el momento pasaba desapercibido, merece la pena.


Puedo prometer y prometo, decía Adolfo Suarez. Puedo prometer, y pretendo cumplir, digo yo. Prometer es sencillo: la dificultad de las mismas es el llevarlas a la práctica. Situémonos por encima de cualquier promesa.



jueves, 24 de abril de 2014

"El sueño de cualquier niño, la desgracia de cualquier adulto".


Lo usual que hace alguien al salir del cine tras ver una película del superhéroe que a mí desde pequeño consiguió que me brillaran los ojos e hiciera gestos extraños con las manos apuntando a cosas para ser como él, es pensar que ese protagonista, ese adolescente, es todo un afortunado. ¿Qué más se puede pedir siendo Spiderman? ¿Quién no querría ser como él? Es el sueño de cualquier niño, niño con el que, todo sea dicho, me identifico. Él lanza telas de araña, tiene una fuerza sobre humana, trepa paredes, es admirado por todos, y no hablemos de su espectacular traje.

Todo lo anterior es relevante, pero hay algo que cuando uno es pequeño (y a veces no tan pequeño) se le escapa. Algo que no somos capaces de atrapar, como le pasó al propio Spiderman con una de las telas de araña que lanzó en el final de la última película de la saga Amazing, y es que: tras ese traje, hay una persona con sentimientos, quehaceres, y en general, con una vida por realizar. Vida que de hecho se le escapa más que a todos nosotros. Con responsabilidades, con inquietudes añadidas de manera injusta: el hecho de ser quien es le lleva a sacrificar parte de su vida personal en detrimento del cargo que le toca ocupar, que le viene impuesto casi por un fatal destino: debe servir a la sociedad de manera altruista, sin ánimo de lucro, pues, un gran poder conlleva una gran responsabilidad. Con ésto completo algo dicho anteriormente, y es que: es el sueño de cualquier niño, y la desgracia de cualquier adulto. Pues, ¿hasta qué punto merece la pena?

Éste superhéroe se ha criado huérfano. Ha visto morir a su tío, que era como su padre. Y no son éstas únicas muertes que presencia. Ha perdido a muchas de sus amistades, ha tenido que luchar contra su propio interés, ha tenido que dejar pasar todo cuanto quería por mantenerse firme en su cargo como defensor del bien. No puede llevar una vida normal, constantemente está pendiente del crimen, azotado. Tiene tres momentos de alegría por cada diez de delitos que ha de socorrer y los cuales ponen en juego su vida, y la de los suyos, que continuamente se ven infectados por ese pacto de responsabilidad con la sociedad que, a pesar de que no aparezca firmado en ninguna parte, está, y se sostiene por sí solo. ¿Acaso tú no esperarías que Spiderman te salvara? ¿Acaso no se lo echarías en cara si no lo hiciera? Él ha de hacerlo, dándonos igual su vida, por egoísta que pueda parecer. Se lo exigimos, porque es un superhéroe.


La realidad, ésta en la que nos encontramos, es bien distinta a la ficción, a la que, sin duda, supera. Es de ésta realidad que ante nosotros tenemos de la que se alimenta nuestro subconsciente, las películas, la literatura, y de la que se nutren nuestros sueños. Es en ésta realidad donde se encuentran los héroes de los adultos, los verdaderos héroes, aquellos que actúan a rostro descubierto, exponiéndose ante el peligro, y sin sentido arácnido que les alerte. Ésta y no otra es la que hace realidad el sueño de esos niños, y se inventa a una persona capaz de combatir el mal con estilo, lanzándose desde las alturas.
Anhelamos un mundo en el que todo resulta perfecto, ideal, porque, de alguna manera, viviendo en ésta realidad imperfecta sentimos que algo nos falta. Nos faltan superhéroes, así como supervillanos. Nos faltan alegrías, nos faltan penas. Siempre nos falta algo. Siempre. Ese algo que nos falta da sentido al caminar: de tenerlo todo, ¿en qué pensaríamos si no? ¿A quién admiraría un niño si ya tuviera los poderes de Spiderman? ¿Contra quién lucharía nuestro héroe si no tuviera contrincantes? ¿Para qué ver el fútbol si nuestro equipo gana siempre? ¿Qué sentido tiene que pretendamos algo y lo consigamos sin esfuerzos, sin pasos previos, sin tener que ansiarlo día tras día, anhelándolo, sintiendo que es nuestro, cada vez con más fuerza, tomando su mano y dejándola ir, cada vez con más arraigo, cada vez más seguros de nosotros mismos, sintiendo que es ese abrazo y no otro el que aspira a ser el último, seguros de que es eso lo que queremos y no otra cosa?
La vida es un constante perseguir, bien sea aquello que se escapa, o aquello que se deja atrapar. Los dioses para castigarnos nos conceden nuestros más ambiciosos deseos, privándonos de aspirar a ese algo más que constantemente se escapa y nos invita a seguir soñando. A seguir ansiando lograr nuestras metas.
Deseos que acaban desgraciándonos, como a Peter Parker, por fantástica que sea su vida a ojos de la inocencia de un niño, de un niño que no aprecia el peligro, ni el precio que ha de pagar aquel que se viste de rojo y azul y da saltos por ahí. Deseos que nos ahogan, como esas viviendas que muchos hoy no pueden costear con unos míseros sueldos. Deseos que, de cualquier forma, nos mantienen vivos.


Sin liebres que perseguir, no digo ya la vida, sino que: nada tendría sentido.






domingo, 13 de abril de 2014

"Y por más que unamos las manos, se nos escapa".


Siempre nadamos en un mar de dudas en el que nos resulta bastante fácil ahogarnos. La mayoría de las veces, al llegar al cruce de caminos, decidimos que otros tomen las decisiones por nosotros: es más sencillo culpar a otro que cargar uno mismo con el peso del resentimiento, del haberse resignado, del "pude y no quise" que tanto avasalla a veces y tantas contracturas nos suponen. Veces en las que, cuando lo hace, nos daña, nos hace caer y temblar. Una rendición que no resulta nada dulce. Un dolor que, al ser excesivo, se aleja de toda sensación placentera. Nos devuelve a la vida, dejando bien lejos el arrebato.
Cuando todo sucede de ésta forma, y cuando más cerca vemos esa luz que nos indica el final del trayecto, es, precisamente, cuando todo empieza.

Resulta hermoso lanzarse a alcanzar lo inalcanzable. Aquel fin del que pocas palabras están cerca de dar constancia de lo que es, y de la que ninguna dirá lo que es de manera exacta, jamás. ¿Acaso es algo tangible, determinado y exacto? Qué va. Aquello que, por más que juntamos las manos para que sobre nosotros recaiga, se nos escapa, sin ser capaces de mantenerlo ni un segundo: se escurre, discurre, como la arena propia de las playas de Cádiz, arena fina y clara que no se deja querer. Como una rana, como un saltamontes, que escapa. Resulta, pues, encantador el pretender hacernos con él, aun sin éxito. No nos desanima, en absoluto: precisamos de ello. Surge la risa. Sentimos que de ninguna manera consiste ese postergar en un final, ni mucho menos: es un nuevo comienzo. Un eterno volver a empezar con ánimo, que trasciende, que otorga significado a nuestro camino más o menos pedregoso en algunos momentos. Es una luz que nos guiará a casa, al modo de Coldplay en Fix You.

Esa emoción que nos da garantías de que andamos tras lo correcto se le reclama con frecuencia a los artistas. Y digo ésto aun sabiendo que, la mayoría de las veces, se realiza de manera inconsciente. Escuchamos música, leemos una novela, damos al play a una película, esperando de todo ello lo mismo: que nuestro pecho se aflija, trayendo tras de sí una profunda sensación. Esa sensación que equivale a luz, a la luz infinita y siempre lejana que por más que parece acercarse, se aleja. Una emoción que, ciertamente, no sabríamos decir si es hermosa o estremecedora; no sabemos si la odiamos, o si la queremos con fuerza. No sabemos nada, y lo sabemos todo: por nada del mundo queremos dejar de sentirlo, pero el sentirlo, nos avasalla, nos asusta. Estamos necesitados de emociones de ese tipo, y ellas de nosotros para existir: sin retos como ese una existencia vacía nos posee.

Claro que, corremos un riesgo común, y ya lo advertía Kandinsky: "no hay peor mal que la comprensión del arte". El placer de sentir sin consecuencias acaba por llegar a su fin. Acaba por cegarte la luz, comprendiendo el arte, despertándote del sueño, cayéndote del árbol, entendiendo las dudas, completando el puzzle. Acabamos por entender el todo, o parte de él, lo suficiente para verle sentido; y con el sentido, se deshace el velo de la inconsciencia, el de la ignorancia que nos hacía continuar: el misterio que convertía lo común en delicioso, de disipa. Se disuelve la magia.

Ya lo dije en otras ocasiones: quien persigue la verdad corre el riesgo de hacerse con ella. Es entonces cuando, de entre la maleza, aparece un cierto brillo, color esperanza.

martes, 1 de abril de 2014

"¿Huelga o juerga de estudiantes?"

El término "huelga" viene definido por la Real Academia Española como una "interrupción colectiva de la actividad laboral por parte de los trabajadores con el fin de reivindicar ciertas condiciones o manifestar una protesta". Pero, estoy prácticamente seguro de que si pregunto a varios de los que apoyaron la huelga sobre qué es lo que se reivindicaba exactamente, me contestarán cosas dispares o que no coincidan. ¿Por qué interrumpen la actividad educativa los profesores cuando la huelga está convocada por estudiantes? ¿Por qué se convoca la huelga los días miércoles y jueves, en vez de otros que perjudicarían menos? Los propios medios de comunicación no se aclaran sobre la causa exacta, y no hacen más que especular razones que giran en torno a la LOMCE, pero sin consenso entre ellos:

http://www.libertaddigital.com/espana/2014-03-24/indiferencia-ante-la-nueva-huelga-del-sindicato-de-estudiantes-1276513997/

http://www.rtve.es/noticias/20140212/sindicato-estudiantes-convoca-nueva-huelga-para-26-27-marzo/877320.shtml


http://www.sindicatodeestudiantes.net/index.php/documentos/analisis/articulos-de-analisis/1711-volvemos-a-las-calles-huelga-general-de-estudiantes-el-26-y-27-de-marzo

¿Gratuidad de las matrículas, libros de texto, transporte, ... ? Hasta a mí, que también padezco la reforma, me parecen unas exigencias cuando menos estúpidas. Prácticamente tan estúpidas como la LOMCE en sí, como toda la reforma. Y, ¿cómo se pide ésto? Pienso que quemar y destrozar el mobiliario público no es la mejor forma. El periódico 20 minutos aseguró que la jornada acabó con pocos incidentes. ¿Acaso tenía que haberlos necesariamente? Aun así, 50 detenidos en la Complutense me parece un número excesivo, y más teniendo en cuenta que la reivindicación es para mejorar la educación. Con actos como éste queda al descubierto la poca que tienen algunos, y la desfachatez con la que exigen que ésta misma se actualice cuando, en realidad, no piensan tomar parte en ella. ¿O acaso estáis dispuestos, vosotros que destrozáis las calles, a permanecer sentados frente a un profesor para seguir recibiendo clases de filosofía?

http://www.20minutos.es/noticia/2095537/0/huelga/educativa/recortes-alumnos/

Dijo cierto personaje, cuyo rostro siempre va oculto tras unas gafas de sol oscuras, unas sabias palabras en la conclusión de su libro más vendido: según él, molestar vende. Esto es algo que ya saben muchos, algo que saben tanto los propios políticos como los empresarios, y como cualquiera de a pie que se preste a atender a la situación. Por ello, no me extrañan nada gestos tan solidarios y bonachones como éste:

"El incidente, que no ha dejado ni heridos ni contusionados, ha durado "unos 30 segundos" y se han producido empujones y agresiones con palos de banderas, hasta que trabajadores de Coca-Cola y Telemadrid, junto con algunos de los estudiantes presentes, les han echado por su "actitud lamentable". Los alborotadores han increpado a los estudiantes y medios de comunicación al grito de: "Sois unos manipuladores, traidores y vendidos".

http://www.20minutos.es/noticia/2095537/0/huelga/educativa/recortes-alumnos/#xtor=AD-15&xts=467263


Respeto la posición de quienes quieran arremeter contra el mobiliario público, de quienes quieran tomar la huelga contra la reforma educativa como un medio para publicitar sus propias inquietudes e intereses aprovechando el gentío (a grito de abajo el régimen, ondeando banderas republicanas, recogiendo firmas para una asociación en defensa de animales, ...), o de quienes se limiten a entender la huelga como juerga, como día festivo, día propicio para organizar barbacoas si el tiempo acompaña o para no madrugar (ambos ejemplos me constan); pero, dentro de éste respetar, y sólo al despejar la ecuación, me da error: ¿por qué si yo respeto vuestro derecho a juerga no se respeta el derecho al resto de abstenerse? Es decir, se exige con fuerza el derecho a manifestarse, al apoyo por la causa, pero, por otra parte, se molestan estos rebeldes en escribir a los profesores para que no den clase a quienes sí que quieren asistir, cancelando las mismas. Si algún compañero quiere ir a clase, sea por la causa que sea -cosa que, al ser la huelga un acto voluntario, no debería de justificarse siquiera el porqué de querer asistir- ¿por qué no puede optar por ejercer su derecho? Lo más interesante de todo ésto (y lo que más me gusta, todo sea dicho) es lo solidario que son siempre éstos en contra de la reforma: allá que van "piquetes informativos" portando palos, gritando, con actitud agresiva y desafiante, para informarte -¿informarte?- sobre el asunto, por si te pasó desapercibido, simple y llanamente para que reconsideres tu actitud y entiendas que has de animarte y volver a casa a esperar hasta la hora de la manifestación, (si es que se te ocurre ir). Si en la Revolución Francesa los Sans Culottes vestían culotes, los revolucionarios de ahora visten pijama y babuchas de andar por casa.

"La primera de las dos jornadas de huelga ha arrancado con piquetes informativos para animar a los jóvenes a secundar la protesta, pero también se han producido altercados en la Universidad Complutense de Madrid, con quema de contenedores y barricadas."

http://www.20minutos.es/noticia/2095537/0/huelga/educativa/recortes-alumnos/#xtor=AD-15&xts=467263 


Algunos caraduras además aseguran que la huelga contó con casi un ciento por ciento de apoyo estudiantil, cuando eso es totalmente falso: sé de personas, de estudiantes de Universidad y de Secundaria, que quisieron ir a clase ambos días y no pudieron porque éstas estaban suspendidas. ¿Apoyaban la huelga? De ninguna manera. Solo que, el no asistir cuenta como "apoyo"; y así, teniendo en cuenta eso y añadiendo la solidaridad de los queridos "piquetes informativos" que no permitían el acceso a las mismas por las buenas, se alcanza dicha cifra de "apoyo".


Entre tanto, surge otra cuestión: ¿las fechas de la huelga son estipuladas al azar? ¡Dichoso azar! La pasada huelga de Noviembre, cuya temática coincidía con la presente LOMCE, también tuvo lugar de miércoles a jueves. Pese a ser muchos conscientes de que dichas fechas fueron aprovechadas por una espectacular mayoría para tomarlo como puente e ir a sus hogares de visita a modo de mini-vacaciones, no se ha reparado el hecho. ¿Qué pasa? Independiente a si abandonan la ciudad o no, independiente a si acuden estos oportunistas a las manifestaciones o no, el no asistir a clase cuenta como apoyo, por tanto, ¿qué más da lo que hagan? Ambas partes salen ganando: quienes defienden la causa alegan el porcentaje de apoyo estudiantil, y quienes directamente prefieren no asistir a clase o visitar sus hogares, eso hacen, y justifican el acto alegando acusaciones hacia la educación, acogiéndose a su derecho a juerga.
No se remedia en ésto, por tanto, pues les da igual: podrían celebrarse las manifestaciones un sábado. Podrían convocarse las huelgas de lunes a martes, o un sólo día, y en cualquier caso, no rompiendo la semana; pero, ¿qué más da? No interesa. Así mejor, y todos contentos. Todos, excepto quienes sí quieren ir a clase y salen perjudicados. Todos, excepto quienes han de reparar los daños en zonas comunes.



Estamos todos de acuerdo con que la reforma de la LOMCE es una auténtica basura, (¿para qué emplear eufemismos, palabras menos peyorativas, cuando la realidad es bien clara y precisa?) yo mismo lo afirmo. Estoy de acuerdo con casi todos los motivos de la huelga, con lo que discrepo es con la concepción y con el uso de la misma. Hay que evitar caer en la opinión general, en lo que dicen los medios que todo tergiversan, y en tantas otras cosas que amenazan la conciencia de aquel que ya de por sí tiene en sí una fuerza reivindicativa que le lleva a gritar cualquier cosa que se le preste.
A mi parecer hay formas y formas de llevar a cabo una mejora. Pienso que no estamos haciendo lo suficiente. Pienso, y por pensar corro el riesgo de ser objeto de críticas y de acusaciones, que los nuevos Sans Culottes deberían de quitarse el pijama, las lagañas, e ir a clase el viernes, que para reivindicarse ya tuvieron dos días. 



miércoles, 26 de marzo de 2014

"¿A quién le importa que llegue tarde la chica?"

Constantemente tenemos la necesidad de etiquetar todo cuanto hacemos o vemos. Ésto es bonito, aquello es grandioso; ésto es feo, aquello me encanta. Eso ya no me gusta, y lo otro resulta conmovedor. Hoy tienes novio, y mañana será tu esposo. Ayer querías ser feliz, y hoy estar contento. Muchas de éstas palabras no se corresponden con las sensaciones que éstas expresan, y los filósofos constantemente discurrimos y filosofamos sobre el tema. Así, también filosofamos sobre la voluntad, sobre el pensamiento, sobre el bien y el mal, sobre la belleza, sobre la naturaleza, sobre el tiempo; y sobre tantas otras cosas que, a su debido tiempo, obtienen su debida respuesta; siempre susceptible a ser mejorada.
La mente actúa lo mismo como cárcel de ideas, que como fábrica de sueños; y es verdad. Aquel pájaro que nace enjaulado piensa que la locura yace en el poder volar: es una enfermedad que se expande con facilidad. ¿Es verdad el mundo aparte que se crea Kafka? ¿Era necesario aquello de "Platón es mi amigo, pero la verdad es más mi amiga" de Aristóteles frente a Platón, anteponiendo la teoría filosófica a la amistad entre ambos? ¿Es cierto que los grandes pesares son más frecuentes que los grandes placeres, como aseguraba David Hume?
Lo cierto es que todo lo dicho tiene su parte de verdad, pues parece ser que el negar a algo su verdad hace que pierda el sentido, así como también hay verdades que no merecen el exhaustivo análisis de un filósofo.

El protagonista de El Guardián entre el Centeno se sentía arrastrado hacia la búsqueda de una verdad que, por más que perseguía, se le escapaba. Buscaba una esencia, un porqué al que agarrarse, su verdad, y éste mismo se postergaba constantemente: se sentía vacío, no encontraba su lugar, y, esta sensación le hacía andar de acá para allá tomando taxis, buscando su sitio, con la particular inmadurez que le caracterizaba. Es triste darse cuenta de que estás fuera de juego, de que careces de algo y que nadie te alertó de ello: eres tú tu propio árbitro. Lo es triste para Holden, como para cualquiera que en algún momento se ve fuera de sí, desubicado. ¿Qué horizonte hay que seguir ahora? De haber varios en número han pasado a ser ninguno, o éstos se han multiplicado de manera exponencial hasta confundirte. Debes tú dar el paso y enfrentarte a tu sombra, que no deja de perseguirte, acosándote con el mismo rollo de siempre: "hay algo que no encaja", "esa pieza no va ahí", "el de ayer no eras tú, y lo sabes", manifestado en voz de quienes te conocen o en tu propio subconsciente por medio de sueños o sensaciones. Todo ello con un riesgo añadido, como es el de que quien persigue infatigablemente la verdad corre el riesgo de hacerse con ella, descubriendo en ella incalculables placeres, o profundos pesares.
Claro que, es éste el juego: siempre tenemos que andar a la carrera, tras algo, como aquel perro que persigue un coche. Cuando el coche se detiene, el perro lo hace también. Lo persigue sin ninguna razón, pero, al mismo tiempo, tiene todo el sentido. Alberga toda la razón en sí, sin que podamos decir a ciencia cierta el porqué. Algo así nos pasa a nosotros, y pasa que, al intentar comprenderlo de cerca, nos decepciona. Si el capullo de la flor sigue cerrado, más vale abstenerse a abrirlo y esperar.


Aunque no es lo aconsejable, siempre cabe la posibilidad de que una vez atrapada la verdad con ambas manos cual pájaro, y siempre tras haberla contemplado un instante para cerciorarnos de que era aquello que creíamos desde un principio, podemos dejarla volar lejos, con el único fin de que deje de acecharnos. ¿Qué más da que algo sea o no cierto? ¿Qué más da su valor de verdad? Si no nos influye de manera positiva, podemos dejarlo ir. A fin de cuentas, para realizarnos no nos interesa.



"Le dije que no, aunque la verdad es que se había retrasado diez minutos. Pero no me importaba (...). Si la chica era guapa, ¿a quién le importa que llegue tarde? Cuando aparece se le olvida a uno en seguida."

                                                                   
                                                                            -Holden Cautfield (El Guardián entre el Centeno).




domingo, 16 de marzo de 2014

"El incesante choque".



Vivimos de una peculiar forma: tenemos, por un lado, placeres del corazón, que nos mantienen vivos, son auténticos, nos impulsan, nos realizan y nos hacen estar un poco más cerca de ese horizonte que perseguimos, llueva o nieve. Por otro lado, se encuentran los placeres del cuerpo, que son totalmente diferentes, a los que Platón dedicaba sus más despreciables palabras, y, asimismo, a los que Nietzsche por su parte dedicaba toda su admiración y valía.
El griego tachaba los placeres del cuerpo de efímeros, de algo que no tiene valor alguno, que nos causa hasta cierto punto una desgracia. Son algo del mundo sensible, y no provenientes de la perfección e infinitud propias del mundo de las Ideas. No nos realizan en profundidad: no sentimos con ellos el mariposeo del estómago ni nos acercan a la existencia auténtica a la que aspiramos. Son mortales, no nos conducen, por ello, hacia la purificación de nuestro alma tripartita. Por el otro bando, en su completa antípoda, Nietzsche recalcaba la importancia de éstos, su valor, y la consecuente decadencia en la que se encuentran éstos, al otorgar el valor a la moral judeo-cristiana, la cual se encarga de alejarnos progresivamente de todo lo relacionado con éste placer. Lo catalogan como prohibido, cuando, en realidad, a ojos del filósofo de gran bigote, son éstos los que nos conducirán a la felicidad. Y surge inevitablemente la duda: ¿quién lleva razón?

El espectador se siente arrastrado en este espectáculo en el que, a pesar de lo que haga no saldrá vivo, ni podrá cambiar mucho más de lo ya cambiado hasta ahora: morirá preso de la ficción, llegando a confundirse en ciertos momentos en los que ambos ámbitos se solapen y parezcan igualarse en su sentir. Observa con cierta distancia y cautela el escenario, entrando a formar parte al mismo tímidamente siempre que se le invita. Se siente exponente de aquellas pasiones que, lo mismo que animan, amenazan la vida, su vida. Vida en la que cuando encontramos cierta estabilidad sentimos cómo una de las partes se desboca, y nos alerta. No hay nunca nada garantizado, y quizá sea eso por lo que todo es maravilloso. Maravilloso, pero peligroso, claro.
Nuestra mente reflexiona al albor de lo que sucede, nos hace pensar en nada y en todo, en un instante, y en conclusión -con esa mirada impenetrable y fija que clavamos en algún lugar de alguna habitación, mirada de la cual muchos se hacen conscientes- nos damos cuenta de que hay algo que no encaja, naciendo con ésto el filosofar propio del sabio que permanece inquieto, frente a la actitud del idiota que vive relajado.
Podemos cerrar los ojos para no ver, pero no podemos anular nuestro corazón para que deje de latir, de sentir lo que siente, de la manera en que lo hace. ¿O sí? De ninguna forma los placeres del cuerpo pueden igualarse a los del corazón, y, por tanto, éstos no pueden ocupar, ni -por supuesto- rebasar los mismos. Son diferentes ámbitos, claro que, una vez sumergidos en ambos mares de aguas tormentosas surge la duda, si es que cabe siquiera plantearla: ¿cuál es el más peligroso? Me da la impresión de que en uno de ellos es más fácil ahogarse.



Y es curioso, pues de ninguna manera podemos dejar de vivir ese constante choque que se produce entre Platón y Nietzsche. Entre lo que pensamos, y lo que decimos. Entre lo que sentimos, y lo que en consecuencia hacemos: entre lo que queremos, y lo que finalmente tenemos.