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viernes, 26 de diciembre de 2014

"Tendencia a deshacerse".


Y no digo al desastre en el título, no. No digo desastre sino a «deshacerse». Es aún peor que el desastre. Se puede amar el desastre, se puede también ser feliz en él. La filosofía creó muchos desastres de los que hoy nos nutrimos  todos. La literatura  también. La religión aún sigue creyendo fielmente en un desastre, en un final trágico, y en una música de redención a lo Wagner que nos salva. Los desastres tienen su gracia, después de todo. Muy diferente a lo que la crisis actual es. No me refiero a semejante desastre. Me refiero a lo puramente artístico, a lo literario.
 
Se deshacen, como decía. A menudo observo (con mayor frecuencia de la que me gustaría) que las personas tienden a desear en exceso. Desear no es malo: es deseable desear, valga la palabrería y la redundancia. Es bueno aspirar, saber qué quiere uno lograr en la vida. Es gozoso tener metas e ir alcanzándolas, poco a poco. O eso, o ir desechándolas a medida que te acercas, pues conforme les arrojas luz entiendes que no tiene ningún sentido seguir caminando hacia ellas.
El problema que aquí vengo a resaltar es otro. Desear, como decía, no es malo. Lo verdaderamente preocupante es lo que se está dando en nuestros días.


Lo que realmente asusta y me da rabia es esa tendencia hacia el querer aquello que uno no tiene con demasiada fuerza, más de la que yo entiendo como deseable. Y no me refiero al ámbito espiritual, de las aspiraciones y de los ánimos y propósitos personales, no. No me refiero en estas líneas al estudiante de medicina que desea ejercer su labor como médico, ni al estudiante de derecho que aspira a ser juez. Ni al periodista que estudia periodismo con miras a ser redactor, ni al filósofo que estudia sin tener claro de qué acabará trabajando pero el cual bien sabe quién es él. Eso me encantaría respirarlo. Por desgracia, lo que respiro está mucho más contaminado.

He aquí el problema, por tanto, sin más preámbulos: lo que me preocupa es que ni ese futuro médico, ni ese futuro juez, piensen tal cosa que refiero. El problema es ese, la tendencia que se inclina hacia los objetos puramente materiales, hacia aquellos que merecen el menosprecio, que nos deshacen como personas, y que, sin embargo (y muy a mi pesar) son recibidos como algo especialmente extraordinario y digno de nuestros sacrificios. Al llegar a amar cosas que se pagan con dinero y dejar de valorar lo demás.

Dicha tendencia de la que hablo se manifiesta con esplendor en navidad. No porque la navidad se reduzca solo a ello, yo no opino eso, cuidado. No es el caso. Es algo bien distinto.
En general, siempre permanece estable dicha tendencia, durante todo el año, en cualquier estación: otoño, invierno, primavera, verano, en todas las épocas hay consumismo. Y no ya consumismo, porque puede consumirse para regalar. Puede existir un consumismo sano, al cual le pertenece su crítica correspondiente, pero sano. Puede consumirse para ser feliz, y para hacer feliz al resto. Criticable, pero respetable. Pero no: hay consumismo para el bien de uno, que lejos de ser tal cosa, hace un mal, te aleja de quien eres. Te hace padecer creyendo que es en eso en lo que todo esto consiste, y no. Pienso que no. En todas las épocas hay personas con el último modelo de móvil en los bolsillos y sin dinero para un café, y como es obvio, sin esa capacidad para ofrecerlo a un amigo. Y mientras tanto, sus bocas, gesticulando la monótona conversación, el tema de siempre (y esta vez no es fútbol, que también): «¿cómo lo pagaré?».


En navidad sucede que los villancicos y los polvorones no dejan espacio para gesticular. No hablan estas personas, no pueden: están ocupadas cantando, sonriendo. Haciendo chistes, leyendo postales de quienes están lejos, con cierta tristeza, y leyendo las ya famosas felicitaciones por mensajes de móvil. Y me alegro, me alegro de corazón: en todo el año no os he visto hacer otra cosa que preocuparos por saber cómo pagar algo que vosotros mismos decidisteis adquirir.

Me causa estupor todo aquello que aleja al hombre de su felicidad. Eso, así como las fotos absurdas que reciben más atención que la muerte de Joe Cocker. ¿Quién es Joe Cocker? ¿A quién le importa leer otra cosa que no sea las malditas «50 sombras»? ¿Para qué leerlas pudiendo opinar sin siquiera ponerse las gafas y contemplarlo bajo la mirada? Hay hasta quien desea que le toque el premio  gordo de la lotería para, con él, literalmente, enterrarse en objetos materiales. Enterrarse en objetos que, con un par de años, no dejarán de ser algo inútil. Más incluso que cuando se adquirieron.

Tienes tanta ropa en tu armario igual que la de tu vecino que muy difícilmente distinguirías el suyo del tuyo. Tienes el mismo móvil que toda la gente de tu círculo. Y si no, deseas tenerlo. Te reconcome no tener ese, el último. 


Las mismas tendencias, la misma ropa. ¿Qué modelo de coche te gusta, pasando por alto el americano ostentoso y el del jugador de fútbol? ¿Vas a los mismos museos? ¿Prefieres realismo o surrealismo? ¿Ficción, drama? ¿Qué lees? El propio Ortega y Gasset decía aquello que «somos hijos de nuestro tiempo» sobreentendiendo que podemos compartir costumbres comunes, hábitos, todo lo que viene a ser nuestra cultura compartida. Según mi punto de vista, lo que hoy se da va más allá: son copias de copias, son todos lo mismo. El mismo jersey, el mismo ordenador, las mismas gafas de sol. A todos les cae en gracia el móvil de la manzanita y nadie es capaz de decir «no lo quiero», nadie es capaz de ponerse a leer durante un partido de fútbol. Y lo que es peor, en muchos casos, la misma circunstancia: insolventes. Las mismas deudas. Las mismas penurias que, si te paras a pensarlo (difícil, ¿verdad?) no son penurias como tal: no son lo que dicen. Y me refiero, como es obvio, a quienes se echaron la soga al cuello y brindaron por ello. Al mileurista que hoy malvive pero recibe las llamadas del banco en su móvil de seiscientos euros.

Tristemente hay cada vez menos gente en los parques, en las librerías, en los museos, en las bibliotecas. Y dejando ya de lado el ámbito que muchos pueden tachar como repipi, repelente y empollón: hay también muy poca gente viajando. Hay también muy poca gente que invierta su dinero en él, y no me refiero a limpiezas de cutis o demás chorradas: me refiero a irse de vacaciones con esos novecientos euros, y no, en consecuencia, invertirlos en un móvil que apenas cabe en el bolsillo. Hay muy poca gente en los bares, y muchos delante de su televisor.

Decía no hace mucho uno de mis profesores que: «necesitamos de vez en cuando un poco de irracionalidad. Como el estudiante que aprueba y quema sus apuntes, a pesar de que admire la materia estudiada». Y lleva razón. Pero, en el caso que traigo a colación, siento decir que se nos ha ido de las manos. ¿Trabajar durante un mes para cobrar mil euros y gastarme novecientos en un teléfono? ¿Estamos locos? Tristemente, la respuesta parece ser bastante obvia. Y no lo estoy respondiendo yo: lo estás pensando tú.


Querer con ese ansia lo de fuera denota que lo de dentro apenas se guarda en estima. 
Y, qué quieres que te diga, a mí me daría pena depender de dinero para ser feliz.

lunes, 22 de diciembre de 2014

"Siempre volvemos a sentirnos arrastrados por la magia".


Corren días de prisa, de desenfreno, de agobio y estrés. No tenemos aquello que necesitamos. Nos falta el pollo, el jamón serrano, los polvorones, las luces del árbol. La paga no da para comprar más decoración. Algunos se aferran a la idea de que, pase lo que pase, tienen lo más importante: los regalos. Tienen regalos. Tienen el regalo del hijo, del primo, del sobrino y del amigo: el trenecito, la bicicleta, la moto y la serpiente de peluche. Este año será Pocoyó, el año pasado fue Bob Esponja.    
Muy a nuestro pesar, por supuesto, invertimos nuestras vacaciones en prisa y ajetreo. Sabemos que esta no es la mejor forma de pasar las vacaciones. No paramos de comentar con nuestros amigos lo angustiados que estamos, el misterioso caso de cómo la paga de diciembre nos da para todo, siempre y cuando paguemos con tarjeta, así como la segunda parte de la historia: la paga de enero viene misteriosamente escasa, nos sabe a demasiado poco, tanto que a mitad de enero desearíamos que ya fuera febrero.       
Lo sabemos todo. Todo y todos lo sabemos, pero casi que preferimos seguir haciéndonos los inconscientes: casi que preferimos seguir mirando hacia otro lado, seguir corriendo a comprar objetos materiales.

Corren días de bondad, de humanidad extrema. Todas las buenas acciones se concentran en apenas dos semanas y pico. La generosidad nos invade. Somos, si cabe pensarlo, excesivamente solidarios. Y me pregunto si cabe pensarlo pues nunca se es demasiado: ¿dónde está el límite? Es en estos días cuando los bancos de alimentos ven crecer en números sus recursos. Donamos juguetes, alimentos, ropa. Muchas de estas pertenencias nuestras llevan todo el año en el mismo rincón de la casa. Si me permiten: no es casualidad que con este frío se nos antoje tener un poco de caridad: es cosa de la navidad. ¿Aún no crees en la magia?

La ilusión pasa desapercibida entre tanto. De esos muchos que se pisan unos a otros las bolsas del Corte Inglés, muy pocos se preguntan. Muy pocos cuestionan: ¿qué es la navidad sin la ilusión? ¿Qué es la ilusión? ¿Y la magia? ¿La navidad son los regalos, la decoración?
La navidad es mucho más que eso, y se presenta de una mejor forma. Ni tan ostentosa como un collar con mucho brillo, ni tan voluminosa como una consola envuelta en papel de regalo. La navidad es, por ejemplo, una postal. La navidad es ver algo que se esconde bajo un papel en el que está escrito tu nombre. No es tanto el que esa persona acierte como el que se haya acordado de ti. La navidad es ver la película de los sábados por la tarde, predecible y entrañable: esta vez no es una mujer que vive en un lago y presencia un crimen, como la de todos los sábados; esta vez, dos enamorados se cruzan en una pista de patinaje. Sabemos cómo va a terminar la historia pero así lo queremos: esperamos ansiosos el final.

Como con la película de Antena 3, con la navidad pasa. Sabemos que es el movimiento cíclico de cada año: una vez pase año nuevo ya nadie nos felicitará ni nos deseará que pasemos un feliz año, una vez que pasen estas fechas los bancos de alimentos seguirán sufriendo carencias. A lo largo de todo el año hay gente necesitada, no solo ahora.             
Cuando pasen estas fechas ya nadie querrá oír hablar del 24, del 31, ni de los regalos: los números hacen estragos a enero.               
Lo sabemos. Sabemos que sobrará comida y que seguiremos comiendo polvorones hasta bien entrado Julio. Sabemos que no era necesario meterse en gastos, que la navidad es otra cosa. Que la navidad bien es poder decorar el árbol, montar el belén o estar en el sofá comentado cualquier otra cosa, disfrutando los días libres… ¿lo sabemos?

Quizás sea cosa de la magia, del márketing, o de nuestro espíritu. Sea lo que sea, siempre se nos vuelve a escapar la cordura: siempre volvemos a sentirnos arrastrados por la magia.

A pesar de todo, hoy es el día que es, bien pudiera ser cualquier otro.


martes, 2 de diciembre de 2014

"El mundo que no compartimos".


Y se habla, cada vez más y más, acerca del mundo que compartimos. Mundo que habitamos. Mundo en el que hay escuelas, casas, contaminación y desastre. Así como también carencia, hambre, bonanza y derroche. Una pluralidad de ideas, de nociones, de conceptos abstractos que, a pesar de parecerlo, no son de ninguna forma nociones: son realidades; hay, también, compromisos y chantajes. Humanidad, verdad y falsedad, amor, amistad, desamores, problemas y soluciones. Hay tantas cosas que me cuesta pensar que todas tienen cabida en este mundo. Egoísmo, altruísmo. Hipocresía y mentiras, algunas más dolorosas que otras. Algunas, después de todo, afortunadas.
Hay demasiados aspectos muy impropios, a decir verdad, de éste mundo que habitamos desde no hace demasiado y que, según parece, existe con bastante anterioridad a nosotros.
De hecho, confesaré algo: pienso que, pese a todo, no todas estas realidades comparten sistema. No todas estas cosas conviven en un mismo mundo. En ese mundo del que discurrimos, filosofamos y discutimos. Muchas de ellas, pertenecen a otro mundo por decirlo de alguna forma: a un mundo que de ninguna manera compartimos.

Un mundo en el que integramos lo que conocemos en este y lo hacemos nuestro. Mundo que da cabida a ilusiones singulares y subjetivas, precisamente en la medida en que configuramos ese mundo: en otro mundo, en el del vecino de al lado, eso que postulamos no tiene sentido.
Cada cual, para sí, lo ve a su modo. Unos lo sustentan mejor y otros peor. Otros no lo sustentan.
Cada uno tiene su propio punto de vista. Para ti es así, para mí es de otra forma; y ninguna de las dos es la correcta. Y él cree que sí, mientras el otro que no: y mientras ellos discuten, otros ríen. Y mientras ellos mienten, otros dicen la verdad: y, mientras unos se percatan, otros afianzan dicha mentira, hasta hacerla suya. Hasta la saciedad pensamos, reflexionamos, nos dejamos ir, volvemos en nosotros mismos. Nos equivocamos y ni siquiera nos damos la razón a nosotros mismos. No entendemos, y ni siquiera entendemos que no podamos entender.
Esto no ocurre en plena calle, entre ese griterío que dejaría sordo a cualquiera. Esto no se da en los programas de televisión, en los que el griterío es, en ocasiones, hasta más que en la propia avenida céntrica. Ni en el colegio, en donde niños juegan en el patio o aprenden a leer en el aula; ni en el trabajo, en donde uno suspira cansado de tanto soportar para mantenerse y mantener a los suyos; ni en el sofá que tanto frecuenta aquel que no tiene trabajo y, por ello, permanece en paro, y parado. Ni en la mesa del estudioso que se pierde entre tanto estudio, tanto pensamiento, que más que concreto, es abstracto. Tampoco en la casa de quien confunde editar un texto con rehacerlo por completo: ocurre, entonces, en sus mentes, en sus mundos particulares. En donde sus yo interior son, y serán, tal cosa: interiores. En ese lugar que no es un lugar, en la medida en que no podemos alcanzarlo. En la medida en que no está en ninguna parte. A pesar de que exista.



Podemos estar muy  cerca y no vernos. Podemos saber algo y, al mismo tiempo, desconocer la parte esencial de lo mismo. Y pueden, dos políticos de distinta ideología, uno sin coleta y otro con ella, estar al alcance de la mano y no verse. Pueden, dos amigos, verse y no verse al mismo tiempo. Pueden, dos desconocidos, poder sin saber que no pueden; y mantenerse así, pudiendo, hasta que llegado el caso se demuestre lo contrario. Y no es nada fácil. En realidad, ¿qué lo es?

Después de todo, y como dice Carlos Ruiz Zafón: “en un universo infinito muchas cosas escapan a la razón humana”. O, retractándonos en las palabras de Thomas Kuhn: “quienes proponen paradigmas rivales viven en mundos diferentes”.


viernes, 17 de octubre de 2014

"Qué barato es estar triste y qué costoso sentirse feliz".


No deja de asombrarme lo equivocados que estamos. Una y otra vez nos precipitamos cometiendo los mismos errores, tropezando con las mismas piedras. Una y otra vez creemos que Diógenes, aquel que rechazó la oferta de Alejandro Magno casi con osadía, prefiriendo seguir tumbado en el suelo sin nada ni nadie que le felicitara por su manera de vivir, estaba loco.
Una y otra vez, crisis tras crisis, creemos que objetos materiales y demás cosas pagadas con dinero van a llenar vacíos creados por personas y, lo que es aún más curioso: que todo ese montón de basura nos va a hacer feliz de algún modo.

No dejamos de buscar la felicidad en algo concreto. No dejamos de intentar limitarla indudablemente. Creemos que es una especie de cosa que, una vez la encontremos nos hará ver todo de otra forma. Pensamos que no tenemos que pensar, y pensándolo, ya pensamos; y concluimos algo: ¡Qué barato es estar triste y qué costoso sentirse feliz!
Seguimos empestillados en que la felicidad permanece oculta en algo y sin saberlo, lo complicamos: la estamos escondiendo nosotros mismos, la alejamos del ámbito en el que nos movemos diariamente. Conforme más la buscamos, más nos alejamos de ella: más nos sentimos muy por debajo de esa aspiración que nosotros mismos fijamos.

¿Por qué no sentirnos felices desde ya? Muchos considerarán que confundo el conformarse con la felicidad, muchos otros entenderán lo que vengo a decir si sienten algo análogo.
Si tenemos que esperar a que nos toque la primitiva para sentirnos de ese modo, felices, muy posiblemente muramos sin llegar a serlo. ¿Por qué esperar a tener coche propio para sentirse así? ¿Por qué esperar a que esa persona se decida por ti? ¿Por qué hacerlo depender a ese estado de ánimo de condiciones inverosímiles cuya responsabilidad no está a nuestro cargo? "Cuando tenga carnet de conducir seré feliz." "Cuando pueda entrar en las discotecas." ¿Necesito que me concedan una matrícula de honor para ser feliz? ¿Por qué limitar ese sentimiento a una serie de objetivos que, desde el momento en que se fijan, ya me parecen completamente lejanos e inalcanzables? ¿Por qué sustentar y hacer depender la felicidad de cosas que se tornan imposibles desde que las desdibujas?
Son muchos los porqués y pocas las respuestas que encuentro. Pocas respuestas, y muchos resignados a la propia resignación, al mirar hacia abajo, a la infelicidad que, por suerte para ellos, no es tal cosa. La felicidad es mucho más que burdos objetos materiales, y un infeliz porque carece de iPhone, no es sino un lego en la asignatura más importante: la de la vida misma.

Siento que la felicidad está al alcance de nuestra mano pero no somos capaces de verla. Nos negamos a verla. Estamos demasiado ocupados en pensar lo desgraciados que somos. Es como quien pretende ver sencillamente o blanco o negro en un completo arco-iris, negándose a entender la grandeza visual del mismo.
Quizá no somos capaces de verla porque pensamos que está en el horizonte, que debe ser algo mucho más grande de lo que tenemos, algo por encima, no simplemente “eso”. Horizonte, claro está, en sentido desesperante y no en un sentido esperanzador y provechoso: horizonte en el sentido por el cual éste se aleja a la par que avanzamos hacia él.

Quizá porque confundimos “felicidad” con “utopía”, con “sueños”, no debiendo de ser así según mi propia óptica. ¿Abarcar lo inabarcable? ¿Copiar estereotipos que son impuestos?: hoy, según observo, la felicidad consiste para muchos en tener capacidad de adquirir, ser, conseguir, lo que se le antoje. Tener poder. Y de esos muchos, gran parte reflexionarán al ver que no por ese poder aumentado su felicidad se ve aumentada.
No deja de ser absurdo: nos hacemos llamar vida inteligente para diferenciarnos de aquellos seres y, en realidad, somos nosotros quienes tenemos las hipotecas. Es el perro del hombre triste el que persigue su propia cola y, después de todo, parece feliz en su tarea. Cambiamos nuestras metas, nuestras aspiraciones, constantemente. Y las volvemos a cambiar. Y seguimos creyendo que nuestra vida necesita un cambio. Y seguimos pendientes del gato que sigue lamiéndose, despreocupado, viéndote a ti mientras le compras la comida.

La solución es bien sencilla: la felicidad hay que simplificarla, no complicarla aún más. Somos complejos y complicados, tenemos pues que facilitar la tarea. Hemos de intentar tenerla bajo control, que no se nos escape. Podemos ser felices con lo que tenemos, y, de hecho, no concibo una felicidad que dependa de cosas que no tenemos, que están por llegar o, ni mucho menos, de cosas que desgraciadamente todo apunta a que no van a llegar nunca, en ningún momento. Las cosas que nos definen, con lo que tenemos. Con un par de hamburguesas, con encontrarte dinero, con escribir, con leer, con ir a clase, con salir de vez en cuando, con reír. Con charlar con tus padres, con tus amigos, con todas esas pequeñas cosas que desprestigiamos pero que, de hecho, son esas las que nos definen, y no esos sueños que penden no de hilos, sino de algo más endeble aún.

La felicidad no es algo concreto, es un estado mental. No es un objeto que precise ser conservado, es una emoción que precisa mantenerse viva. Podemos acercarnos a él, a ese estado mental, si tenemos la predisposición adecuada, si somos capaces de valorar lo que ya tenemos,
Es curioso, pues si lo ves de esta forma se comprende cómo Diógenes pudo rechazar la oferta del gran Alejandro Magno.


Cabe recordar algo, como último apunte: lo barato sale caro.




Dedicado a quienes esperan con ganas que siga escribiendo. A esos que me ayudan a sentirme un poco más feliz.
Dedicado también a mi compañera de hamburguesas (CBO), con la cual charlo a menudo y me inspiro para escribir este tipo de sandeces.




domingo, 24 de agosto de 2014

"Gracias por construir el camino".


En todos los sectores hay personas en la trastienda que, en mayor o menor medida, permiten que todo siga adelante. Sectores laborales o cosas cotidianas de la vida misma, es decir, en todo. Nada es capaz de huir de ésta obviedad que abraza a todo cuanto se presta.

En un supermercado nos quedamos con la imagen de la persona que nos atiende en la caja, la cual quizá sea la misma persona que vimos la semana anterior, y la otra. Muy posiblemente nunca lleguemos a conocer al que ordena con paciencia todas las latas de conserva por orden, por fecha de caducidad, por precio, por marca, cuando aún el supermercado tiene sus puertas cerradas. Muy posiblemente, tampoco tengamos el placer de saber la opinión de éste acerca de su labor, de su trabajo, de su esfuerzo. Así como tampoco la del mecánico del taxi que anoche nos trajo a casa, ni la de la limpiadora del hotel que con gusto ensuciamos. Para que el conjunto funcione como un perfecto engranaje necesita de esos órganos, todo está lleno de pequeñas acciones que, juntas, dan sentido.
Como no podía ser de otro modo, en el caso del leer también pasa.


Es algo común ver cómo redes sociales se encuentran abarrotadas de frases célebres (y no tan célebres) de escritores, literatos, músicos, cantantes, futbolistas, artistas, poetas, y, dicho sea de paso, filósofos. En la época que vivimos, en la que preferimos pagar más por un café y que éste se nos enfríe mientras le hacemos una fotografía para que todos vean lo felices que somos de tomarlo, prima eso: marcar lo que es nuestro con frases, con información, sobre personajes ilustres (y, en ocasiones, no tan ilustres).
Claro que, en lo que nadie remedia en pensar, es en que muchas (la gran mayoría) de éstas personas piensan y hablan en otro idioma que no es el nuestro, así pues, se tornaría bastante difícil nuestra comunicación directa con ellos: se tornaría, probablemente, imposible nuestro entendimiento de los mismos, si no fuera porque hay personas en la trastienda. Si no fuera porque hay unos héroes contemporáneos que actúan ocultando, sin pretenderlo, su identidad, y permiten que todo funcione, y que un mayor público pueda llegar a ello e influenciarse de esos pensares que, por suerte o desgracia, no hablan nuestra lengua materna, ni escriben en ella. ¿Quiénes son éstos? Los traductores.

A mí personalmente me gusta mucho leer. He leído a Diderot recientemente, su obra "Carta sobre los ciegos", he leído a Kandinsky en su "De lo espiritual en el arte", he leído también a Walter Isaacson, la biografía que escribió acerca de Steve Jobs.
Pero, recapacitando sobre lo dicho, realmente no he leído a ninguno de ellos. A ninguno directamente, quiero decir: si los he podido entender, si he podido comprobar lo que éstos querían decir y contrastarlo con mi pensar, ha sido porque ya otros, como son, respectivamente, Julia Escobar, Elisabeth Palma y David González, me lo pusieron en bandeja traduciendo las palabras de cada uno, pensando como ellos, informándose sobre la vida de los mismos y sobre las cualesquiera inquietudes de la época, siendo ésta no una tarea precisamente fácil, y, todo sea dicho, no remunerada como debiera a veces.

50 Sombras de Grey es un éxito, un best seller, y casi ha marcado una época para muchas personas, que de no leer absolutamente nada pasaron a leerse una triología extensa. De todas las personas que conozco, dudo mucho que haya quien se lo lea en inglés. Dudo que hablen inglés. Y si lo leen en la lengua originaria es porque quieren: ya ha trabajado bastante alguien para que no tengamos que hacerlo por necesidad.
Todas éstas, todos aquellos que vibraron leyéndolo y lo recomiendan con énfasis, que sepan que sin el arduo trabajo de Pilar de la Peña y Helena Trías, esas sensaciones que experimentaron al leerlo en español no habrían tenido lugar nunca.
El gran Bukowski seguro que con más de una traducción de sus versos quedaría horrorizado, pero, ¿a qué llamaba éste "versos"? Muchas de sus metáforas pueden malinterpretarse, malentenderse, caer en un vacío en el que no sabemos si quiere que entendamos una cosa u otra, si lo que quiere es expresarse mal o es que no encontró otra manera de hacerlo. Un traductor ha de ahondar el tema, sacar, de entre un mosaico de posibilidades un contraste con el que comparar y ver hasta dónde puede llegar el escritor en su desdicha. Sin conocer al mismo, tiene que pensar como él, tiene que ser su sombra: pues, después de todo, es eso lo que se valora, es eso por lo que el traductor de Google no puede traducir más que palabras sueltas. Umberto Cobo, quien tradujo "Antología de Charles Bukowski" tiene que saber bien de qué hablo.


Por suerte cada vez está mejor reconocida ésta labor. Una labor que incluye investigación, una constante actualización de conocimientos y una mente abierta para interpretar de manera acertada. Por poner un ejemplo, aun siendo ambos filósofos y griegos, Aristóteles y Platón no pensaban igual, luego, hay que remediar eso al traducirlos. Una labor que he observado de cerca, y de la que, veces puntuales, he sido partícipe.
Me alegra saber que algunas editoriales incluyen los nombres de los traductores en la portada de las obras, como, de hecho, debería de ser siempre: no estoy leyendo a J. D. Salinger, sino que estoy leyendo la traducción que hizo del mismo Carmen Criado, la cual permanece paciente escondida entre las primeras páginas. Es una buena iniciativa ésta. Es un aplaudir algo que lo merece, es un agradecimiento a esa persona que, como cualquier héroe del cómic, actúa con el rostro cubierto. Y, como Spiderman, después de haber hecho su quehacer pertinente, permanece oculto a la espera de que los demás vean aquello, sin saber bien a quién agradecérselo: de la misma forma que muchos se preguntaban por la identidad del hombre araña, me surge con frecuencia la pregunta acerca de la identidad del traductor en cuestión cuando leo a cualquier autor extranjero en mi lengua madre y el nombre del mismo no aparece visible en la portada.



No es ésta la única cosa injusta que ocurre en ésta vida. Las injusticias seguirán sucediéndose mientras el mundo sea mundo y mientras lo poblemos quienes lo poblamos. Claro que, no está mal detenerse de vez en cuando, para, en consecuencia, aplaudir y apreciar eso que hasta entonces te parecía desconocido pero con lo que, de no ser así, muchas de las cosas que hoy dices y haces no tendrían sentido.

Gracias, traductores e intérpretes. Sin el camino que estáis construyendo día a día, muy pocas podrían realizarse. Muy pocas personas podrían llegar a lo que son.


jueves, 31 de julio de 2014

"Como con el pensar pasa: leer es hacer leer; escribir es hacer escribir".


Cuando alguien hace algo por gusto, sin esperar nada a cambio, suele decirse que dicha actividad la realiza "por amor al arte", no queriendo decir ésta expresión que el sujeto admira lo artístico, o que lo realiza buscando producir él mismo "arte", ¿verdad? Lo hace porque quiere. Y precisamente por ello, por ese "querer" por encima de lo lucrativo que pueda llegar a ser el hecho o la estima con la que acogerán el asunto los demás, se le llama arte. Es como si el desprenderse de lo demás fuera a su misma vez el acercarse a eso mismo. Hay que obviar y concienciarse uno, de que no busca generar arte, y así, haciéndolo sin éste propósito, quizá lo consiga.
Y ésto mismo pasa con el leer, y con el escribir.

Si un escritor comienza su andadura escribiendo sobre algo que no le gusta a él mismo no podremos hablar de escritor. Será el autor de aquello que escriba, pero eso que ha escrito no lo ha hecho "por amor al arte", ha respondido a otras peticiones: en todo caso lo habrá hecho por amor a otros asuntos, llámense los mismos "dinero", "fama", y demás anzuelos que muchos se lanzan a morder, y con ellos, precipitan y caen.

Claro que podría llamarse escritor, y estoy seguro de que será éste el renombre que adquirirá en cuanto su obra cobre fama -siempre que la cobre, claro-. Pero, para el público perspicaz que no solo ve sino observa, esa persona, en sentido estricto y tal y como yo lo entiendo (que, evidentemente, puede no ser como lo entiendas tú, no estando ni mejor ni peor tu objeción) no será más que un artilugio de la editorial, o de cualquier otro. No decide quien escribe en ese caso: decide otro; y el que escribe, abre, pero no su mente, ni su audacia, ni su inspiración para esforzarse en creer que se puede alcanzar la obra cúspide de la literatura, no: abre su mano, y la extiende, con ánimos de recibir después de dar tan poco de sí.

Escribir, pues, sería algo así como intentar expresar lo que uno siente de la mejor forma posible (a lo filósofo del siglo XVIII: a lo Denis Diderot). O no: también pudiera ser intentar decir lo que uno no es, y construir con ello una narrativa que alimente el ansia de misterio y ficción de más de uno -y de más de dos- lectores (como Carlos Ruiz Zafón, por ejemplo). También podría ser el reflexionar hasta perderse y transmitir dicha pérdida de sí (a lo Nietzsche); como también podría ser el reflejar lo ordinario y los excesos que aguardan en la mente de un salvaje con el que, a pesar de a veces sentirnos aludidos, a pesar de uno esperarlo y sentirnos como tal en ocasiones; el vérselo a otro escrito nos pudiera causar pudor, revuelven a uno (siendo ésta la manera en la que escribiría Bukowski, por ejemplo).
De una u otra, o ninguna de ellas, o todas ellas; qué más da: eso es escribir. Actuando en todo caso libremente, sin responder a lo que se pide. Sin incluir una historia típica ni una atípica. Sin incluir un pensamiento político u otro. Sin oír la opinión general, particular; la de la televisión o la de la minoría selecta. Eso es, y será, a mi parecer y al de muchos, escribir. Siendo leer más de lo mismo.

Se me quedó grabada una clase -la última que dimos, por cierto- con el profesor de Estética de la Universidad de Málaga en la que éste hombre hizo gala de saber lo que es leer y escribir en toda la profundidad y hondura del asunto: nadie aquel día llevaba un libro en la mochila que no fuera académico, nadie llevaba otro que no fuera el de Elio Franzini (el que correspondía a su asignatura: Historia de la Estética). Todos nos quedamos perplejos. Después de su incisiva recomendación a que nos encaminásemos en la lectura, no sé si a todos, pero a mí me quedó claro: al igual que "pensar es hacer pensar", "leer es hacer leer". Es recoger de la mejor manera posible aquel significado que un texto que proporciona. Es la faena utópica de la que habla Ortega y Gasset en su ensayo "Qué es leer". Es hacerlo sin esperar nada, para, con ello, recibirlo todo, -como quien dice-.
Leer es más de lo que parece, ¿o acaso tenemos otra forma mejor para, no ya dialogar, sino escuchar a esos grandes autores, grandes mentes, ilustres personajes que por éstos lares han pasado? Si pudiésemos dialogar probablemente la conversación iría por otro lado, por un lado menos provechoso, por ello el poder escuchar lo que éstos piensan es un gran filón.
Leer es entender de mejor o peor forma lo que unas páginas dicen, sin importar ésto demasiado, pues el leer mismo radica en que -al igual que pasa con el escribir- aquel que permanece delante oyéndote no abandone el lugar entero, sino fragmentado: con partes por ahí sueltas, con nuevas ideas, con ganas de creer lo que tú o de refutarte. Con más interés o con menos, pero con parte de él.


Y así, puede que la próxima vez que os crucéis sea en la biblioteca, con un libro en vuestras manos, o en vuestra mochila. No teniendo por qué ser éstos "Orgullo y prejuicio" o "Mirar al que mira".



martes, 22 de julio de 2014

"¿Qué es escribir, qué es leer?"


Cualquiera hoy escribe un libro, piensan muchos. ¿Pero es realmente así? ¿Es tan sencillo como lo pintan? Realmente en cuanto al sentido de escribir pienso que se da una paradoja, una confusión, la cual induce a que se piense que es sencilla dicha labor. ¿Qué entienden éstos que afirman tal cosa que es escribir? Escribir como tal, como acto, como ese carácter del lenguaje que permite expresar ideas pensadas o recogidas de alguna parte de manera correcta conforme a la gramática en uso, de forma escrita; realizar eso y publicar su conjunto, más o menos ordenado, o desordenado, está al alcance de casi todos. Ideas en el mejor de los casos, y eso de correctamente, se presupone, a veces cayendo en un grave error. A veces confiando cuando no se debiera, pues Shed Simove no escribió ni una sola palabra, su libro "Lo que los hombres piensan además del sexo" es en su conjunto una idea. Y eso es a lo que me vengo a referir, éste es un buen ejemplo: eso no es ser un escritor, y eso no es un libro.

Corran mejor o peor suerte, muchos niños van al colegio a aprender -entre otras cosas- a leer y escribir. La escolarización es algo que, por ley, se impone en nuestro país, y como en el nuestro en tantos otros de nuestro mismo estatus. Sin entrar en cómo se enseña ésto, en si pudiera mejorarse o no, en si estamos totalmente de acuerdo o en si es la educación y en incentivo a la lectura en nuestro país un completo desastre; me referiré a algo en concreto: ¿qué significa ser escritor, ser lector, un libro, ... en esencia, de suyo, en el sentido profundo del término y no en el vacío que oscila hacia lo absurdo y regresa hacia lo intelectual como un puro vaivén desordenado?

Pienso que se da una paradoja, pues hay escritores que no son tal cosa. Y pensaréis: ¡qué disparate!, pero que no se precipite nadie. Quizá estés más cerca de entenderlo comprendiendo ésto: ¿dirías que el hijo de Isabel Pantoja hace música, se iguala a su madre, de alguna manera puede llamarse a eso un músico con todas sus letras? Porque él dice que sí, y muchos que lo escuchan también.
¿Dirías de esos futbolistas que sólo duran unas temporadas porque son fruto de la moda pasajera y sujetos de márketing que son tal cosa?
¿Y de los periodistas del corazón que más que hablar berrean, se lanzan cosas y demás cosas por el estilo, apenas gesticulan y acaban por abandonar el programa con insultos y abucheos, que lo son?
¿Y de los políticos? Hay tantas cosas que no son lo que son que, puestos a pensar, a uno le da estrés.

Es decir, y después de éste necesario rodeo: ¿escribir un libro -por decir algo, porque como hemos visto los hay que ni los escriben- te hace escritor, en el sentido esencial y profundo del término? ¿Dejar un pensamiento, una historia que te ha ocurrido o una ficticia, algo que se te ha pasado por la cabeza en un momento y piensas que puede tener cierto interés -o no lo piensas, pero esperas sacar partido de ello y eso te gusta- por escrito y hablar con una editorial para que te lo publique previo pago, cuanto antes, porque te corre prisa tener algo escrito en el mercado o, al menos, en papel, en formato físico, para que los demás te agradezcan que les des un ejemplar, es ser escritor? A mi juicio no, rotundamente. Me niego a pensar que eso sea escribir, como me niego a pensar que el figura de Kiko Rivera sea músico, DJ, o lo que se le ocurra ser ahora. Mucho está tardando en lanzarse al mundo editorial éste hombre.
A mi parecer eso es cualquier cosa menos eso, ¿o es deportista el que desde los cuatro años lo único que quiere es ganar dinero del deporte y por eso entrena duro todos los días aun sin gustarle? ¿Es escritora E. L. James por escribir tan sólo una historia que responde a lo que el público pide y ahí terminar su andadura? Es como si le diéramos la vuelta a la tortilla para ponerla frente a lo de siempre: el dinero, ese entrometido asunto que funciona como fiel compañero de viaje.

Me parece un total disparate, y de hecho tomo el asunto como el acuñar el término lector a quien hace uso de su aprendizaje del lenguaje y usa el mismo para descifrar lo que dice un panel en la carretera, un diccionario de consulta, la letra pequeña de un testamento o el cartón de leche. Eso no es leer en el sentido al que me refiero, eso es desenvolverse. Eso sería un desenvolverse día a día en un mundo que está escrito, donde no hay más remedio que leer, lejos del tener un hábito de lectura.
Así, tampoco sería escribir el redactar una biografía que no ha sido pensada, simplemente expuesta, sin arte alguno, a desgana, como ocupación profesional, sin pasión. Pudiéndose comparar a una lista de la compra. O el publicar un libro en blanco.

Ni uno ni otro son lo que sus términos por escrito u oralmente dicen ser. No responden a la esencia.
Habrá que buscar una respuesta que más o menos responda al asunto.